El agua que quema + ia

Capítulo 6: Volver

Para cuando llegó la tarde, Braulio no podía más. El día entero había sido una persecución interminable. Martín quería entrar a cada comercio. Probar cosas que ninguno pensaba comprar.

—Estamos bien, gracias —repitieron más de una vez a los vendedores.

Las miradas de reprobación no les hicieron nada. Todo era un chiste que solo ellos entendían.

—Son solo cosas. No puedes probarte la ciudad completa —dijo Braulio, sentándose en un banco—. Necesito descansar. Podrías haberme advertido que sería así. Mira si hubiera sufrido de asma.

—Si te decía, ¿no habrías venido? —Martín sonrió—. Además, este lugar es muy grande. Si queremos verlo todo, tendremos que venir más veces.

Braulio negó y le indicó acercarse. Martín se agachó. Braulio le puso la mano en el hombro.

—¿Venir otras veces? Primero vamos a sentarnos. Si sobrevivo, después hablamos.

Braulio giró el cuello al límite. Los crujidos hablaron por él.

—Qué blandito —bromeó Martín—. Te comiste tres hamburguesas. Se supone que la comida da energía.

—Mi madre estaba insoportable. No había comido nada hasta esa mesa —explicó Braulio, sobándose el cuello.

—Podríamos hacer una última parada. La costa no está lejos. Vi un folleto. Hay un muro de contención. El aire fresco nos vendría bien.

Braulio lo miró con desconfianza.

—¿Seguro que no está muy lejos?

Martín señaló un cartel. "La costa se encuentra a 1 km →".

Braulio asintió. Se preparó para levantarse. Martín se adelantó caminando en dirección contraria.

—Pensé que íbamos a la costa.

—Y allí iremos. Solo te doy unos minutos extra. Voy a buscar bebidas.

Braulio negó con una sonrisa. Se recostó en el banco. Cerró los ojos.

«¿En qué me metí?», pensó.

Cuando Martín volvió, la tarde amenazaba con terminar. Apuraron el paso.

En la costa, otros habían tenido el mismo plan. Martín buscó hasta encontrar un lugar libre. Miró a Braulio. Un golpe de hombros. Un pequeño esfuerzo más.

Martín se sentó primero. Puso la bolsa a su derecha. Braulio se sentó a su izquierda. Martín sacó una lata. Se la ofreció. Tomó otra para él. Braulio la abrió con fuerza.

—Ten cuidado. Aquí multan por tirar basura.

—¿Solo aquí? —preguntó Braulio con burla.

—Eso es común para ustedes. Normas que aprenden antes que a caminar.

Braulio rio. Miró la lata. El pulgar se deslizó sobre el nombre.

—No me molesta parecerme a ella. Mi molestia es que mi foco está mal.

—¿Parecerte a tu madre? ¿Estamos hablando de eso?

Braulio suspiró. Dejó la lata. Movió los hombros. Miró el mar.

—¿Y de quién más? Tú dijiste que me parezco a ella. ¿No te das cuenta de lo peligroso que es decirme algo que me deje pensando?

—Cuando dije que se parecían, no fue pa...

Braulio negó. No necesitaba la disculpa. Martín guardó silencio.

—¿Puedes creer que tenga dieciocho años y no sepa qué carrera seguir? ¿Y si solo puedo controlar cosas pequeñas? Nada de lo que importa. En mi mundo eso se llama ser un fraude, Martín.

Martín rio nervioso. Braulio lo miró. Un interrogatorio silencioso.

—Perdón. No estoy acostumbrado a que el problema sea el exceso de oportunidades.

Braulio sonrió. Volvió al frente. Tomó otro sorbo.

—Debo parecerte un estúpido por tener miedo de un mundo que se supone a mis pies. Qué blandito soy, ¿cierto?

Martín negó.

—Serías blandito si estuvieras desconectado. Hasta la partícula más diminuta te podría disolver si alcanza la velocidad suficiente. Yo creo que eres más valioso y fuerte de lo que crees.

Braulio le sonrió. Sincero.

—Gracias.

Martín intentó empujarlo con el hombro. Braulio lo esquivó. Le pasó el brazo por detrás. Un medio abrazo.

—No diría que tienes la mejor manera de decir las cosas, pero te entiendo.

Martín le apoyó la mano en el pecho. Empujó. Se libró. Braulio rio.

—¿Y qué hay de ti? ¿Cómo es tu mundo en realidad?

Martín dudó. Las palabras no salían. La manzana de Adán delató el trago de saliva. Se levantó la playera del lado izquierdo. Un segundo. Una cicatriz sobre las costillas. Volvió a beber.

—¿Qué te gustaría saber? ¿Cómo en mi mundo cualquier esquina te demuestra que la propiedad privada es abstracta? ¿Que nunca sabrás las verdaderas intenciones si algo sale mal mientras te despojan?

Braulio apoyó las manos en el borde de las piedras. El agua oscura. La mente mostró salidas. Ninguna servía.

—Perdón —dijo Braulio.

Martín lo observó. Sonrió. Braulio no pudo aceptarlo.

—¿Por qué? Nada de eso es tu culpa. El mundo es mundo porque puede pasar todo y nada a la vez.

—Debo haberte parecido un imbécil.

—Puede que sí, puede que no. ¿Me dices de qué hablas antes de que decida lo que me pareces?

Braulio tragó saliva.

—En la playa. Te cuestioné por no quitarte la playera.

—Ah, eso. Esa es una inseguridad mía. Justo eso hace que no sea tu culpa.

Braulio no supo qué decir.

—¿No tienes novia? Quizás eso te ayude con la tensión.

Martín rio cuando Braulio lo empujó. Entendió más que bien lo que había oído.

—No lo he considerado. Crecí cerca de Renata. Sería cruel exponer a otra persona. Dudo que alguien sea suficiente para mi madre.

—¿Y si esa persona solo debiera ser suficiente para ti?

—Es fácil decirlo desde afuera. Tú la has visto un par de veces.

Martín asintió. Dejó el tema.

—¿Y tú? ¿Dejaste algún corazón roto?

Martín escapó. La mirada al descenso. Los dedos se tocaron.

Braulio no insistió. El mar le reclamó la mirada. Un momento después, Martín imitó su postura. Las manos de ambos en el borde de la piedra. A un centímetro. No se tocaban. Pero reconocían el calor ajeno.

Así permanecieron. Un minuto interminable. Solo los dos frente al mar oscuro. El reflejo de la luna en el agua.

Braulio intentó evitarlo. La cercanía lo obligó a mirar. Esa distancia ínfima podría romperse con el mínimo esfuerzo. Paralizó su mano. Su brazo. Su lengua. Martín lo vio con disimulo. Se quejó. Estiró los brazos.




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