Antes de que existiera Puente Gris, antes de que nadie le pusiera ese nombre al puñado de casas apiladas junto al río, ya existía la niebla. Y donde hay niebla que dura más de una noche, tarde o temprano, alguien llega a venderla.
Se dice —y en los pueblos pequeños "se dice" es la única historia que hace falta— que la feria apareció por primera vez el año en que dos hermanas se pelearon por una manzana. La menor, cansada de compartir, deseó en voz alta que su hermana "desapareciera un rato, solo un rato, para no tener que verla la cara". A la mañana siguiente su hermana seguía ahí, sentada a la mesa, sonriendo igual que siempre. Solo que ya no era exactamente ella. Faltaba algo pequeño detrás de sus ojos, algo que nadie supo nombrar hasta que, semanas después, encontraron cosida en el dobladillo de su vestido una polilla de tela gris, tan bien hecha que parecía a punto de volar.
Nadie recuerda quién cobró ese trato. Nadie recuerda haberlo pedido tampoco, no en realidad, no con esas palabras exactas. Esa es la primera regla de la feria, aunque nadie la escribió en ningún cartel: no hace falta querer el trato. Solo hace falta decir la frase, una vez, con el peso suficiente detrás.
Desde entonces, cada año, la noche en que el día y la noche pesan exactamente lo mismo, la niebla baja del monte más espesa de lo normal y se queda apoyada sobre el pueblo como quien espera a que alguien cometa un error. Algunos años nadie lo comete. Otros años, sí.
Esta es la historia de un año en que sí.