El bosque de jaulas no se parecía a nada que Fausta hubiera imaginado mientras caminaba hacia él. No era un bosque de árboles con jaulas colgadas, como había supuesto: era un bosque hecho enteramente de jaulas, unas encima de otras, unas dentro de otras, formando troncos y ramas de barrotes oxidados que se entrelazaban hacia arriba hasta perderse en una niebla que aquí, más que en ningún otro sitio de la feria, parecía respirar.
No todas las jaulas, sin embargo, estaban tan altas ni eran tan difíciles de examinar como aquella hacia la que se dirigían. En el camino, Fausta se detuvo varias veces, sin poder evitarlo, frente a jaulas más bajas, a la altura de sus propios ojos, que contenían cosas que reconoció con un escalofrío de familiaridad.
En una, diminuta y con barrotes finos como agujas, había una risa completa, entera, que Fausta identificó de inmediato: era la risa verdadera del viejo Balbuena, guardada ahí desde hacía cuarenta y tres años, esperando pacientemente a un dueño que ya casi no la recordaba. En otra, un poco más allá, encontró algo que no era exactamente un sonido sino una expresión: la sonrisa de su propia abuela, la de verdad, la que fruncía la boca en una línea fina antes de decir algo que nadie quería escuchar, sustituida en el mundo real por esa otra sonrisa calcada del Feriante que Fausta había visto en el retrato de la sala idéntica.
—Se llevan la cara entera a veces, cuando el trato es antiguo y nadie lo reclama a tiempo —explicó Mudo, sin necesidad de que ella preguntara, con una tristeza profesional que a esas alturas Fausta empezaba a reconocerle—. Tu abuela hizo un trato ella también, ¿sabes? Antes de que nacieras. Pidió no tener que sonreírle nunca más a un hombre que la trataba mal en su juventud. La feria cumplió, como siempre cumple, con una precisión que a nadie le convino del todo: le quitó la sonrisa entera, no solo la que ella no quería regalarle a ese hombre. Se pasó el resto de su vida con la cara seria que tú conociste, sin saber que en algún lugar de este bosque, colgada de una rama, su sonrisa verdadera seguía esperando que alguien viniera a pedirla de vuelta.
Fausta se quedó mirando esa jaula durante un rato largo, preguntándose si debía abrirla también, si con eso alcanzaría de algún modo, aunque fuera tarde, a la abuela que ya no podía usarla. Pero Mudo negó con la cabeza, suavemente, adivinándole el pensamiento.
—No funciona así. Solo el dueño, o alguien que venga en su nombre exacto y sepa pedirlo bien, puede reclamarla. Y tu abuela ya no está para pedir nada. Lo siento. Algunas jaulas se quedan así para siempre, no porque nadie quiera abrirlas, sino porque ya no hay nadie del lado de afuera esperando lo que hay dentro.
Fausta anotó mentalmente, con una punzada de tristeza que no esperaba sentir por una abuela de sonrisa fruncida, que algún día contaría esta historia completa, la de la sonrisa perdida, aunque fuera solo para que alguien más supiera que había existido. Siguieron caminando.
Casi todas las demás jaulas, en cambio, estaban vacías. Eso fue lo primero que Fausta notó, y lo que más la desconcertó: esperaba encontrar cosas dentro, voces atrapadas, risas prisioneras, y en cambio la mayoría de las jaulas, al asomarse, no contenían más que un poco de polvo fino y, a veces, una pluma diminuta, gris, con forma casi de ala de polilla.
—La mayoría de lo que la gente pierde no dura mucho tiempo guardado —explicó Mudo, caminando entre las jaulas con la familiaridad de quien conoce cada rincón de su propia habitación—. Se evapora. Por eso las colecciono rápido, en cuanto puedo, antes de que se conviertan en esto —señaló el polvo con un gesto casi tierno, casi de disculpa—. Pero algunas cosas duran más. Las voces de los niños, sobre todo, duran mucho más que las de los adultos. No sé por qué. Tengo una teoría, pero es solo una teoría.
—¿Cuál?
—Que los niños todavía no han aprendido a no necesitarlas del todo.
Caminaron durante lo que a Fausta le pareció mucho más tiempo del razonable, subiendo por una espiral de jaulas que crujían bajo sus pies como ramas secas, hasta que Mudo se detuvo frente a una jaula pequeña, más pequeña que las demás, colgada a la altura exacta de los ojos de Tobías, como si hubiera estado esperando precisamente esa estatura.
Dentro, hecha un ovillo diminuto de luz gris y tibia, había una voz.
Fausta lo supo antes de que Mudo dijera nada, porque en cuanto se acercó lo suficiente, escuchó —bajito, apenas un susurro, pero inconfundible— la risa de su hermano. No cualquier risa: esa risa concreta, particular, la que soltaba siempre justo antes de anunciarle un nombre nuevo cada noche, la que Fausta llevaba días echando de menos sin haberse permitido reconocerlo del todo.
—Ahí está —dijo Mudo, con una suavidad que le sentaba mal a su ropa remendada y a su sonrisa torcida—. La voz de tu hermano, exactamente como el Feriante la compró: entera, sin usar, esperando. No se ha estropeado nada. Podrías abrir esa jaula ahora mismo y devolvérsela.
Fausta extendió la mano hacia el cerrojo, temblando, y Mudo la detuvo con un gesto suave, casi disculpándose de antemano por lo que iba a decir.
—Espera. Antes de que la abras, tienes que saber una cosa, porque si no te la digo yo, te la va a decir el Feriante de un modo mucho menos amable, y prefiero que te la lleves de mí.
—¿Qué cosa?
—Esta jaula está aquí, en mi colección, porque yo la encontré y la guardé. Eso significa que técnicamente me pertenece a mí, no al Feriante, lo cual es una diferencia pequeña pero importante. Si la abres tú misma, sin más, se romperá el trato pequeño que yo tengo con él sobre lo que es mío y lo que es suyo, y él se va a enfadar conmigo, aunque probablemente no me haga nada demasiado grave. Pero si quieres hacerlo bien, si quieres que de verdad cuente, tienes que ir hasta él, contarle exactamente lo que encontraste, y pedírselo de frente. Y él, siendo quien es, te va a proponer un trato distinto a cambio.