El Feriante De Otoño

CAPÍTULO OCHO: El carrusel que no se detiene

No tenía, por supuesto, ningún ojo de cristal en los bolsillos, pero sí tenía su libreta azul, y en la contraportada, sujeto con un trozo de hilo por una vieja costumbre suya de guardar cosas pequeñas que le parecían importantes, llevaba un botón redondo y transparente que se le había caído a su madre de un vestido de fiesta hacía dos años y que Fausta nunca había tenido el valor de admitir que tenía.

—No es un ojo —dijo, mostrándoselo al cuervo—, pero es redondo y de cristal, y es lo único que tengo.

El cuervo lo examinó con su único ojo bueno durante un largo rato, ladeando la cabeza con un escepticismo casi ofensivo, y finalmente suspiró como solo puede suspirar un pájaro disecado que lleva catorce años sin nada mejor que hacer.

—Servirá —dijo—. No va a quedar bonito, pero servirá. Ponlo en la cuenca vacía, con cuidado, y por el amor de lo que sea que todavía te importe, no me lo dejes caer dentro del cráneo. Ya me pasó una vez y tardé tres años en poder ver por ese lado otra vez.

Fausta lo hizo, con dedos temblorosos, y en cuanto el botón encajó en su sitio, el cuervo parpadeó —los dos ojos a la vez, uno de verdad y uno de cristal transparente que giraba con un desfase levemente cómico— y se sacudió entero, como un perro mojado, esparciendo un polvillo fino que olía a años cerrados en un cajón.

—Mucho mejor —dijo—. Me llamo Cuervo. Sé que no es un nombre muy original, pero cuando uno lleva catorce años sin poder decir nada, deja de importarle sonar original y empieza a importarle sonar, sin más. Y ahora, jovencita, escúchame con atención, porque solo te lo voy a explicar una vez y probablemente el Feriante ya se está preguntando por qué tardamos tanto.

El cuervo saltó del estante a su hombro, con un peso que le pareció a Fausta sorprendentemente ligero, casi como si estuviera hecho de aire seco y no de plumas, y desde ahí, mientras la guiaba hacia una puerta que no había estado ahí un momento antes, le explicó lo que sabía.

—Esta feria no roba, exactamente. Compra. Y lo que compra, señorita, no son las cosas grandes que uno cree que va a echar de menos: no compra brazos ni piernas ni corazones, que sería demasiado obvio y además a nadie le interesa cargar con corazones ajenos, créeme. Compra las cosas pequeñas que uno cree, equivocadamente, que puede vivir sin ellas. Una voz. Una risa concreta. El nombre de una canción que uno tarareaba sin pensar. Y a cambio deja, siempre, algo que se le parece muchísimo por fuera y que por dentro está completamente vacío.

—¿Como el reloj sin ruido?

—Exacto. O como tu abuela sonriendo de un modo que tu abuela nunca sonrió. La feria no miente, entiéndeme bien, eso es lo más peligroso de todo esto: nunca miente. Simplemente te da lo que pediste, con una precisión tan exacta que se te olvida preguntarte si era eso lo que de verdad querías.

Salieron de la sala idéntica a través de una puerta que daba, sin ninguna transición que a Fausta le pareciera razonable, directamente a un campo abierto donde un carrusel de caballos de madera giraba solo, sin nadie montado, con esa música desafinada de caja de música que Fausta ya había escuchado antes, cada vez un poco más lenta, un poco más rota.

Solo que ahora, mirando con atención, Fausta vio que no estaba del todo vacío. Había gente montada en los caballos —adultos, hombres y mujeres de todas las edades, vestidos con ropas de otra época, otras décadas, algunos con la ropa tan gastada que apenas se sostenía— y todos, absolutamente todos, sonreían con la misma expresión perdida y feliz de quien acaba de recibir exactamente lo que pidió.

—Un segundo más —murmuraba una mujer mayor, con las manos aferradas a las riendas de madera de su caballo, sin dirigirse a nadie en particular—. Solo un segundo más, por favor, un segundo más antes de que se acabe.

—Llevan así —dijo Cuervo, en voz baja, con un respeto que Fausta no le había escuchado hasta entonces— más tiempo del que ninguno de los dos podríamos contar. Todos pidieron lo mismo, en algún momento de sus vidas, de mil maneras distintas: un segundo más con algo que estaban a punto de perder. Y aquí lo tienen. Un segundo, exactamente el mismo, repetido para siempre. El problema, señorita, es que un segundo repetido para siempre deja de ser, en algún punto, un regalo.

Fausta miró a Tobías, que observaba el carrusel con esa curiosidad tranquila y sin miedo que a ella cada vez le resultaba más insoportable, y sintió, por primera vez desde que había cruzado la niebla, un miedo distinto al miedo por su hermano: el miedo, mucho más pequeño y mucho más vergonzoso, de que si se quedaba demasiado tiempo mirando ese carrusel, ella también empezara a entender el atractivo de pedir, aunque fuera solo una vez, un segundo más.




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