El sendero terminó en una feria que no debería haber cabido en el espacio que ocupaba.
Fausta lo pensó exactamente así, con esas palabras, mientras la niebla se abría como una cortina para mostrarle carpas a rayas, cuyo color no lograba decidir si era rojo o marrón oscuro dependiendo de cómo les diera la luz de las antorchas; un carrusel detenido cuyos caballos de madera tenían los ojos pintados de un modo que los seguían a todas partes; puestos de juegos sin nadie atendiéndolos, con premios colgados que parecían demasiado bonitos, demasiado exactos, como si hubieran sido hechos a medida para alguien en particular. Todo eso encajaba, imposible pero de algún modo ordenado, en el espacio de un simple sendero de bosque que un momento antes no tenía ni diez metros de ancho.
Caminaron un trecho entre los puestos antes de que nadie se dirigiera a ellos, y ese trecho, corto en pasos pero larguísimo en todo lo demás, fue suficiente para que Fausta empezara a hacer un inventario mental de lo que veía, del mismo modo desesperado en que contaba escalones cuando el mundo dejaba de tener sentido. Contó siete puestos de juegos de puntería, todos con premios distintos y ninguno con nadie detrás del mostrador. Contó tres carpas cerradas con cortinas gruesas, de las que salía, de vez en cuando, una risa o un sollozo que no lograba decidir a cuál de los dos se parecía más. Contó, sobre todo, el silencio: no había música salvo la del carrusel desafinándose a lo lejos, no había voces de feriantes anunciando sus atracciones a gritos, como Fausta imaginaba que debían anunciarlas las ferias de verdad, las de la gente viva. Solo un silencio espeso, atento, como si el lugar entero estuviera escuchando cada uno de sus pasos con más interés del que a ella le habría gustado despertar.
Un puesto en particular la hizo detenerse un instante: una caseta pintada con estrellas desconchadas, sobre la que un cartel anunciaba ADIVINE EL PESO DE SU PROPIA PENA, y debajo, más pequeño, en una letra que parecía escrita después, con prisa: HOY SIN COLA. Fausta no se acercó a comprobarlo. Algo le dijo, con la misma certeza silenciosa con la que sabía que una fruta estaba mala por el color, que era mejor no hacer cola para nada de lo que se ofreciera ahí dentro.
—Bienvenidos —dijo una voz a su espalda, y Fausta se giró tan rápido que estuvo a punto de caerse—, los dos son, con diferencia, la visita más puntual que he tenido en años. La mayoría tarda semanas en decidirse a cruzar. Ustedes ni siquiera se quedaron a pensarlo. Eso me gusta. Me ahorra tiempo, y el tiempo, entre usted y yo, señorita, es lo único que de verdad no puedo regalar.
El hombre —porque tenía forma de hombre, un traje a rayas del mismo color indeciso que las carpas, un sombrero alto que no terminaba de quedarse quieto sobre su cabeza, como si flotara un centímetro por encima de ella— sonreía. Y seguía sonriendo. Y en algún momento entre la primera frase y la segunda, Fausta se dio cuenta, con una incomodidad que le subió despacio por la nuca, de que no lo había visto parpadear ni una sola vez, y de que su sonrisa no cambiaba nunca de forma, sin importar lo que dijera, como si tuviera puesta, en efecto, la misma sonrisa exacta desde hacía quién sabe cuánto tiempo, y estuviera esperando la ocasión perfecta para cambiarla por otra.
—¿Quién es usted? —preguntó Fausta, sujetando con más fuerza la mano de Tobías.
—Puede llamarme como quiera —dijo el hombre, abriendo los brazos con un gesto tan cálido que resultaba, precisamente por eso, un poco insoportable—. Es una cortesía que ofrezco siempre a mis visitantes más jóvenes: el nombre me da exactamente igual, señorita, siempre y cuando usted elija uno y se quede con él. Facilita las cuentas.
Fausta pensó, brevemente, en Tobías y en su costumbre de nombrarla cada noche, y sintió una punzada de algo parecido a la rabia mezclada con el miedo.
—El Feriante —dijo, porque no se le ocurrió nada mejor y porque le pareció, de algún modo, que darle un nombre aburrido era la única forma pequeña de resistirse que tenía a mano.
—El Feriante —repitió él, probándoselo como quien se prueba un abrigo nuevo, y pareció gustarle—. Perfecto. Directo. Sin adornos. Me gustan los clientes que van al grano, aunque sospecho, por cómo sujeta usted la mano de su hermano, que no ha venido exactamente como clienta.
—Vengo a que le devuelva la voz.
El Feriante ladeó la cabeza, y por primera vez su sonrisa pareció, apenas, temblar en los bordes, como si algo debajo de ella se estuviera reacomodando.
—Ah —dijo—. Con que fue usted.
No era una pregunta. Fausta sintió que el estómago se le encogía de un modo que no tenía nada que ver con el hambre.
—Yo no quise... —empezó, y se detuvo, porque no sabía cómo terminar esa frase sin admitir, en voz alta, delante de un desconocido con sonrisa fija, la frase exacta que sí había querido decir, aunque no del modo en que había terminado sucediendo.
—Nadie quiere nunca lo que dice, señorita —contestó el Feriante, con una amabilidad que sonaba, de algún modo, más peligrosa que cualquier amenaza—, y sin embargo, aquí estamos, con las consecuencias exactas de lo que dijeron. Es una de las grandes injusticias del lenguaje humano, si me permite la opinión: ustedes hablan con la boca, pero pagan con todo lo demás.
Detrás de él, en la distancia, un carrusel empezó a girar solo, sin nadie montado, con una música de caja de música que sonaba correcta durante los primeros compases y luego, poco a poco, se iba desafinando, como si alguien fuera aflojando un tornillo en algún punto de la melodía.