El viejo Balbuena vivía solo, al final de la calle, en una casa tan encogida sobre sí misma que parecía haberse quedado más pequeña con cada invierno, y los niños de Puente Gris —Fausta incluida, hasta esa semana— lo habían evitado toda la vida sin saber muy bien por qué, con esa desconfianza instintiva que los niños les reservan a los adultos que no sonríen nunca del todo.
Fausta fue a buscarlo el domingo, con la excusa de llevarle unos huevos de parte de la señora Ordaz, que en realidad no se los había mandado, y con la intención real de preguntarle, a él, que llevaba más años en el pueblo que nadie, si sabía algo de la niebla que nadie quería nombrar.
La casa de Balbuena olía a tabaco viejo y a leña húmeda, y él la recibió sentado junto a la ventana, con una sombrilla diminuta —del tamaño de un dedal, ridícula, perfectamente inofensiva— guardada en un estuche de cristal sobre la repisa, como quien guarda una reliquia.
—Los huevos no me los manda la Ordaz —dijo, sin levantar la vista, en cuanto Fausta entró—. La Ordaz no me habla desde hace quince años. ¿Qué quieres, niña?
Fausta, sorprendida por la franqueza, decidió corresponderla con la misma moneda.
—Quiero saber qué le pasa a mi hermano. Y quiero saber qué es esa sombrilla.
Algo cambió en la cara del viejo al escuchar la palabra "sombrilla", un temblor pequeño, casi imperceptible, como el de alguien a quien le tocan sin querer una herida vieja que creía ya cerrada.
—Esa sombrilla —dijo, después de un silencio largo— es lo único que me queda de una promesa que hice hace cuarenta y tres años, cuando tenía más o menos tu edad y era, según cuentan, mucho más simpático de lo que soy ahora. Pedí algo tonto, una tarde de lluvia, cansado de que se me rompieran siempre las sombrillas con el viento. Y la niebla, que ya bajaba entonces igual que baja ahora, me tomó la palabra.
—¿Y qué se llevó a cambio?
Balbuena sonrió, una sonrisa corta y amarga que no le llegó a los ojos.
—Mi risa. No toda, entiéndeme: todavía puedo sonreír, todavía puedo alegrarme de las cosas por dentro. Pero la risa de verdad, la que sale sola cuando algo te hace verdadera gracia sin que tengas que decidirlo, esa se quedó allá, en la feria, el mismo año en que me casé con la mujer más divertida de todo el valle, que se pasó el resto de su vida contándome chistes que yo entendía perfectamente y que ya nunca pude celebrar como ella merecía. Ella murió pensando que yo simplemente era un hombre serio. Nunca le dije la verdad, porque no había forma de decirla sin sonar loco, y porque, para cuando reuní el valor de intentarlo, ya no estaba segura de si era verdad o si me lo había inventado yo solo, de tanto pensarlo, para no tener que aceptar que simplemente era un hombre triste.
Fausta se quedó en silencio un momento, digiriendo la historia, antes de atreverse a la pregunta que de verdad la había llevado hasta ahí.
—¿Se puede deshacer? ¿El trato?
—Nunca lo intenté —admitió Balbuena—. Tenía miedo de perder algo peor a cambio de intentarlo, y con el tiempo el miedo se volvió más cómodo que la esperanza. Pero si tu hermano perdió la voz de verdad, niña, y no un resfriado como dice el médico, que en paz descanse su diagnóstico, entonces tienes que ir antes de que se cumpla la semana. La feria no espera para siempre a que alguien la busque. Si nadie va a reclamar lo que le quitaron antes del próximo cambio de luna, lo que se llevó se vuelve suyo para siempre, sin discusión posible.
—¿Cómo se entra?
Balbuena la miró entonces con una atención distinta, más seria, casi paternal, del modo en que Fausta imaginaba que debía haber mirado a sus propios nietos, si es que alguna vez los tuvo.
—Por el puente, cuando baja la niebla hasta el cauce seco. Pero escúchame bien, porque esto es lo único que de verdad importa de todo lo que te voy a decir hoy: lleva contigo algo tuyo, algo de verdad tuyo, no una excusa ni una mentira a medias. La feria huele las mentiras de lejos, y perdona que te asuste diciéndolo así, pero prefiero asustarte yo ahora que dejar que te asuste ella después, cuando ya sea tarde para dar media vuelta.
Fausta le devolvió, al salir, la excusa de los huevos —"quédeselos de todos modos, ya que vine hasta aquí"— y caminó de regreso a casa con la cabeza llena de una determinación fría y clara que no había sentido en toda la semana. Esa noche, mientras Tobías dormía sin nombre que ponerle a nada, sacó su libreta azul y escribió, debajo de "polillado", una frase que no era una palabra suelta sino una decisión completa: "Voy a ir a buscarlo antes de que se cumpla la semana."
No sabía todavía que la ocasión se le presentaría antes de lo que esperaba, ni que sería su propio hermano quien la llevaría hasta el puente, casi sin que ella tuviera tiempo de decidir nada.
· INTERLUDIO ·
(que los niños de Puente Gris cantaban saltando la cuerda, sin saber de dónde lo habían aprendido)
Una manzana, dos manzanas, tres,
la niña mayor no cuenta otra vez.
Cuatro manzanas, cinco, y son,
el niño chiquito perdió la voz.
Seis, siete, ocho, nueve, diez,