A la mañana siguiente, Tobías no hablaba.
No es que se negara, no es que estuviera enfurruñado por la miel o el plato o el grito de Fausta —eso Fausta lo habría entendido, incluso lo habría preferido. Era algo más raro y más difícil de nombrar: abría la boca cuando le hacían una pregunta, movía los labios con la forma exacta de una respuesta, y no salía nada. Ni un susurro. Como si la voz se le hubiera quedado un paso atrás, en algún sitio que él mismo no alcanzaba a ver.
—Está resfriado —dijo el padre, sirviéndose el café de la mañana sin sospechar nada—. A los niños se les va la voz cuando se resfrían. Se le pasará antes de que vuelva tu madre.
Pero no era un resfriado, y Fausta lo supo antes que nadie, del mismo modo en que uno sabe que una fruta está mala por el color aunque nadie le haya explicado nunca cómo distinguirlo. Tobías comía, dormía, jugaba con sus soldaditos de madera exactamente igual que siempre, con una única diferencia que a Fausta se le clavó en el pecho como una astilla: había dejado de nombrar las cosas. Señalaba el pan en lugar de pedirlo. Señalaba la puerta en lugar de decir que quería salir. Y por las tardes, cuando volvía del campo a buscarla para el juego de los soldados de gallina, se limitaba a tirarle de la manga y esperar, con esos ojos pacientes y extrañamente tranquilos, a que ella adivinara lo que quería.
El médico del pueblo, un hombre mayor de manos ásperas que llevaba atendiendo a los Duarte desde antes de que naciera Fausta, vino a media semana, le miró la garganta con una cuchara de madera y una vela, le hizo toser dos veces y sentenció, con la seguridad tranquila de quien lleva demasiados años equivocándose sin que nadie se lo reproche, que era "una afección nerviosa, común en los niños sensibles, que se cura sola con reposo y caldo de gallina". Le recetó, además, "evitar sustos", una instrucción que a Fausta le pareció, incluso entonces, dolorosamente inútil, dado que el susto ya había pasado y el daño, fuera cual fuera, ya estaba hecho.
Fue por esos días, buscando cualquier excusa para no quedarse en casa mirando a su hermano callado, cuando Fausta empezó a fijarse en las polillas.
Al principio pensó que se las estaba imaginando. Vio una, pequeña y gris, cosida —no prendida con alfiler, cosida, con hilo y aguja, como un remiendo— en el cuello del abrigo del señor Olmedo, el que vendía la leche cara. La vio de reojo, en la plaza, mientras esperaba a que su padre terminara de discutir el precio del grano, y no le dio importancia: la gente cosía remiendos raros todo el tiempo. Pero al día siguiente vio otra, casi igual, en el bajo del vestido de la señora Ordaz, mientras esta le pesaba los huevos con esa desconfianza suya de siempre hacia cualquier cosa que tuviera que ver con las fechas. Y al otro día, tres más: una en el sombrero del cura, mientras predicaba sobre la paciencia con una vehemencia que a Fausta le pareció, por primera vez, un poco desesperada; dos en el chaleco del panadero, tan bien hechas, tan iguales entre sí, con las alas extendidas exactamente en el mismo ángulo, que dejaron de parecerle remiendos y empezaron a parecerle otra cosa. Un aviso. Una etiqueta.
Nadie más las veía, o nadie más las mencionaba, que en un pueblo pequeño suele ser lo mismo. Fausta empezó a contarlas del mismo modo en que contaba los escalones —una manera de creer que todavía llevaba el control de algo—, y para el sábado había contado catorce polillas en once vecinos distintos, y ninguno de ellos, al preguntárselo con cualquier excusa torpe de niña curiosa, recordaba habérselas cosido.
—Siempre ha estado ahí —le dijo el panadero, encogiéndose de hombros, mirando su propio chaleco como si lo viera por primera vez—. Es del chaleco de mi padre. Vino con él.
Hubo un momento, el jueves de esa semana, en que Fausta estuvo a punto de contárselo todo a alguien. Fue en la plaza, viendo a su padre discutir sobre el grano, cuando se armó de valor y tiró de la manga del propio señor Olmedo.
—Señor Olmedo —le dijo—, ¿usted alguna vez pidió un deseo sin querer pedirlo de verdad?
El hombre se rio, una risa corta y sin maldad, la risa de un adulto que encuentra encantadora la rareza de una niña.
—Todos los días, pequeña —contestó—. Cada vez que digo "ojalá lloviera menos" y luego se me muere media cosecha por seco, pienso que a lo mejor debería haber pedido con más cuidado.
No era la respuesta que Fausta necesitaba, pero algo en su propio tono —esa broma casual sobre deseos que se cumplían al revés de lo esperado— la hizo sentir, por un instante, que no estaba completamente sola con lo que estaba empezando a sospechar. No se atrevió, sin embargo, a preguntarle directamente por la polilla cosida en su cuello. Le pareció, sin saber explicar por qué, que decirlo en voz alta sería como cortar el hilo que la sujetaba, y que entonces sí pasaría algo de verdad malo.
Esa noche, Fausta sacó su libreta azul y, debajo de "equinoccio", escribió una palabra nueva que no había encontrado en ningún libro, que se había inventado ella misma porque no conocía ninguna que sirviera: polillado. Alguien en Puente Gris estaba polillado, y ella no sabía todavía qué significaba eso, solo que tenía que ver con la niebla que ya no bajaba del monte por las noches, sino que se había quedado apoyada sobre el pueblo desde la tarde del plato roto, gris y paciente, como si esperara que alguien más cometiera un error.
Miró a Tobías, dormido al otro lado del cuarto, y por primera vez desde la tarde de la miel se atrevió a levantarle la manga del camisón para revisarle el cuello de la ropa, el dobladillo, el forro de su abrigo colgado en la silla.