El Feriante De Otoño

CAPÍTULO TRECE: El vientre de la feria

El sendero desde la carpa violeta ya no subió, como todos los anteriores, sino que empezó a bajar, hundiéndose entre lonas cada vez más oscuras, cada vez más viejas, hasta que Fausta comprendió que estaban entrando en algo parecido a las entrañas de la propia feria: un espacio circular, sin carpa visible sobre sus cabezas, solo niebla espesa formando un techo bajo y respirante, donde se acumulaban, ordenadas en estanterías que se perdían de vista hacia arriba y hacia los lados, miles y miles de polillas cosidas, cada una sujeta a un pequeño retazo de tela distinto: un trozo de vestido, un pedazo de chaleco, un fragmento de sombrero.

—Este es el inventario —dijo Cuervo, en voz baja, con un respeto casi religioso que a Fausta le pareció más inquietante que cualquier burla previa—. Cada polilla es un trato cerrado. Cada retazo, la persona que lo cerró. El Feriante nunca tira nada, jovencita. Es, en el fondo, bastante sentimental para ser quien es.

Fausta caminó entre las estanterías, y a medida que avanzaba, empezó a reconocer algunos retazos: un pedazo del chaleco del panadero, un trozo del sombrero del cura, un fragmento del vestido de la señora Ordaz. Cada estantería, notó, tenía una etiqueta pequeña escrita a mano, con una letra antigua y cuidadosa que en nada se parecía a la elegancia teatral del Feriante: más bien parecía la letra de alguien metódico, casi bibliotecario, que llevara siglos catalogando pena ajena con la misma paciencia con la que su madre etiquetaba los frascos de conserva. LEBRÓN, 1780, decía una. DUARTE, decía otra, mucho más grande que las demás, ocupando ella sola casi media pared, con decenas de retazos distintos acumulados a lo largo de generaciones: un pedazo de encaje que debía de ser de algún vestido de novia, un botón militar de un antepasado que Fausta no sabía que había existido, un trocito de cuero que parecía arrancado de una Biblia familiar.

—Su familia ha sido, con diferencia, una de mis clientas más constantes a lo largo de los años —comentó el Feriante, que Fausta no había escuchado acercarse, con ese tono de quien repasa cifras de un balance y encuentra, sinceramente, motivo de orgullo profesional en ellas—. No la más generosa en cada trato individual, pero sí la más persistente. Generación tras generación, siempre alguien encontraba, en el momento justo de desesperación o de cansancio, la frase con el peso exacto. Es casi conmovedor, si me permite decirlo así, la manera en que ciertas costumbres familiares se heredan sin que nadie las enseñe a propósito.

Y entonces, en una estantería baja, casi a la altura de sus propios ojos, encontró un retazo que reconoció de un modo mucho más íntimo, mucho más doloroso: un trozo de tela azul desteñida, del mismo azul exacto de la cortina de su propia sala de estar, la cortina de verdad, la de su casa real.

—Esto no puede ser —susurró—. Nosotros nunca...

—Todo el mundo dice eso —dijo una voz nueva a su espalda, tranquila, casi divertida, y Fausta no necesitó girarse para saber que el Feriante los había alcanzado por fin, sin prisa, con la misma sonrisa fija de siempre—. Y sin embargo aquí está su retazo, señorita, esperándola pacientemente desde hace... —consultó un reloj de bolsillo que no llevaba manecillas, solo una espiral de niebla girando en su interior— déjeme ver, desde hace generaciones, en realidad. Su bisabuela, según tengo entendido, también me hizo una visita en su momento. Pidió algo bastante razonable, la verdad: pidió que su familia nunca pasara hambre. Yo cumplí, por supuesto. Siempre cumplo. Lo que ella no especificó fue durante cuánto tiempo, ni a costa de qué exactamente, así que decidí, con toda la libertad que me otorgó su descuido, cobrarme el resto poco a poco, generación tras generación, en pedacitos pequeños que nadie notara demasiado. Una voz aquí. Un nombre allá. Nada que nadie fuera a extrañar de verdad, hasta ahora.

Fausta sintió que el suelo mismo de niebla se le movía bajo los pies, no porque la información fuera exactamente una sorpresa —después de todo lo que había visto esa tarde, ya nada debería haberla sorprendido del todo—, sino porque entendía, con una claridad helada, que la frase que ella había dicho junto al plato roto no había sido un error nuevo, sino uno más, el último de una fila larguísima de errores diminutos que su propia familia llevaba cometiendo, sin saberlo, desde mucho antes de que ella naciera.

—Entonces esto nunca se acaba —dijo, y su voz sonó, para su propia sorpresa, más furiosa que asustada—. Cada generación paga un poco más, y usted nunca suelta nada del todo.

—Así es como funciona cualquier deuda bien administrada, señorita —dijo el Feriante, con una modestia que resultaba casi peor que la arrogancia—. Yo no inventé el sistema. Solo lo administro con más paciencia que la mayoría.

Fausta apretó, sin darse cuenta, la carta boca abajo que la mujer de las cartas repetidas le había dado, y en ese gesto —solo en ese gesto, sin haber planeado nada todavía— sintió, por primera vez desde que había cruzado el puente, que quizás no venía del todo con las manos vacías.

—Entonces hagamos un trato de verdad —dijo—. Uno solo. El último de la fila. Y que sea el final, para toda mi familia, no solo para hoy.

El Feriante, por primera vez en toda la tarde, dejó de sonreír durante un instante entero, y en ese instante, brevísimo, Fausta pudo ver, debajo de la sonrisa fija que llevaba puesta desde hacía quién sabe cuántas generaciones, algo que se parecía, incómodamente, a la curiosidad genuina de alguien a quien hace mucho tiempo que nadie le propone nada distinto.




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