El Feriante De Otoño

CAPÍTULO SIETE: La sala idéntica y el reloj sin ruido

La primera carpa a la que el Feriante los condujo —"solo para que se orienten, señorita, después ya caminan solos, se lo prometo"— no era una carpa por dentro.

Era la sala de estar de la casa de los Duarte.

Fausta se quedó parada en la entrada durante un rato demasiado largo, incapaz de moverse, porque todo estaba en su sitio: el sofá verde con el brazo derecho más gastado que el izquierdo, de tanto que su padre se sentaba siempre del mismo lado; el retrato de la abuela sobre la repisa, con ese gesto de perpetua desaprobación que llevaba toda la vida de Fausta juzgando silenciosamente a toda la familia; el reloj de péndulo que su padre nunca había terminado de arreglar y que, desde que Fausta tenía memoria, se había quedado detenido a las cuatro y veinte.

Solo que ahora el péndulo se movía.

Se movía despacio, de un lado a otro, con una regularidad perfecta, y sin embargo no hacía ningún ruido. Ni un tictac. Ni un roce. Fausta se acercó, fascinada y horrorizada a partes iguales, y comprobó que las agujas tampoco avanzaban: seguían marcando las cuatro y veinte, exactamente igual que en su casa de verdad, mientras el péndulo se balanceaba, mudo, como si el tiempo dentro de esa sala hubiera decidido moverse sin ir a ningún lado.

—Toby, no toques nada —dijo Fausta, aunque Tobías, con la voz perdida y la costumbre de nombrar perdida junto con ella, ya se había acercado al retrato de la abuela con una curiosidad tranquila que a Fausta le pareció, de pronto, más peligrosa que cualquier miedo.

Porque en el retrato de la abuela, la abuela sonreía.

Fausta no recordaba que la abuela supiera sonreír así. En la foto de verdad, la que colgaba en su casa de verdad, la abuela tenía la boca apretada en una línea fina, como si estuviera a punto de decir algo que nadie quería escuchar. En esta, sonreía con una calidez tan completa, tan perfecta, que a Fausta se le puso la piel de gallina de un modo que no supo explicar hasta que, mirando con más atención, encontró la razón: era la sonrisa del Feriante. La misma exacta sonrisa fija, puesta encima de la cara de su abuela como quien pega una estampilla sobre otra.

Retrocedió un paso, y al hacerlo, su hombro rozó la cortina de la ventana —una cortina que en su casa de verdad era de un azul desteñido y aburrido, y que aquí tenía el mismo azul, exactamente el mismo, salvo por algo cosido en el borde, algo pequeño y gris que a Fausta le costó un segundo reconocer.

Contó las polillas cosidas en el dobladillo de la cortina —una, dos, siete— y decidió, con una claridad repentina que le supo a alivio y a náusea al mismo tiempo, que ya no quería seguir contando.

—Esta casa no es nuestra casa —le dijo a Tobías, tomándolo de la mano para alejarlo del retrato—. Se parece, pero no lo es. ¿Ves cómo el reloj no hace ruido? En nuestra casa el reloj tampoco funciona, pero al menos hace un ruido honesto cuando uno intenta arreglarlo. Este ni siquiera se molesta en fingir bien.

Fue entonces, buscando la puerta por la que habían entrado —una puerta que, por supuesto, ya no estaba exactamente donde recordaba— cuando Fausta escuchó, desde un rincón de la sala que ella habría jurado que estaba vacío un momento antes, una voz seca y quejumbrosa que dijo:

—Yo que tú no tocaría ese retrato. La última visita que lo tocó terminó cosida al sofá, literalmente. Costó un buen rato descoserla.

Fausta se giró tan rápido que Tobías dio un saltito a su lado. En un estante, entre dos libros que Fausta no recordaba haber visto nunca en su casa —ni la de verdad ni esta copia—, había un cuervo disecado, con un solo ojo de cristal en su sitio y una cuenca vacía y polvorienta donde debería estar el otro.

—¿Tú... hablas? —preguntó Fausta, con la voz más pequeña que le había salido en toda la tarde.

—Hablo, opino, y en general me arrepiento de las dos cosas casi al mismo tiempo —dijo el cuervo, sacudiendo un ala que tenía visiblemente rota, como quien se despereza después de una siesta demasiado larga—. Llevo aquí sentado, por lo que puedo calcular, unos catorce años, así que perdona si mi conversación resulta un poco oxidada. Lo primero que necesito saber, jovencita, y esto es importante: ¿trajiste, por casualidad, algo parecido a un ojo de cristal en los bolsillos? Porque si no, esta conversación va a ser mucho más corta y mucho menos útil de lo que a ti te conviene.




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