El Feriante De Otoño

CAPÍTULO CATORCE: La última apuesta

—Un trato final —repitió el Feriante, paladeando la idea como quien prueba un vino nuevo—. Interesante. Nadie me lo había propuesto así, con esas palabras exactas, en... —volvió a mirar su reloj sin manecillas— bueno, en francamente mucho tiempo. Adelante, señorita. Le escucho, aunque le advierto, por pura cortesía profesional, que rara vez acepto tratos que no me convengan más a mí que a usted.

Fausta pensó en el consejo de la mujer de las cartas: no ofrecerle lo primero que se le ocurriera por miedo, sino lo último, después de pensarlo bien. Pensó en la voz de Tobías girando dentro de su jaula pequeña. Pensó en el retazo azul desteñido de su propia cortina, guardado ahí desde antes de que ella naciera. Pensó, sobre todo, en la advertencia de Mudo: que la pregunta importante no era qué le iba a ofrecer el Feriante, sino qué estaba ella dispuesta a decir que sí.

—Le devuelve la voz a mi hermano —dijo, despacio, escogiendo cada palabra como quien cruza un puente viejo probando cada tabla antes de apoyar el peso entero—. Y deshace el trato de mi bisabuela, del todo, para siempre, para toda la familia que venga después de mí. A cambio, yo le ofrezco algo mío. No algo pequeño que ni siquiera note que me falta. Algo que sé, ahora mismo, con toda claridad, que me va a doler perder.

—Continúe —dijo el Feriante, y su sonrisa, por primera vez, pareció genuinamente atenta, no solo fija.

—Le ofrezco mi costumbre de contar —dijo Fausta, y al decirlo sintió que algo se le encogía en el pecho, porque contar los escalones, las tejas, los parpadeos, había sido durante toda su vida la única forma que conocía de sentir que el mundo seguía siendo el mismo de ayer—. Se la doy entera. Sin la costumbre de contar, voy a tener que aprender a confiar en las cosas sin necesidad de verificarlas todo el tiempo, y no sé si voy a saber hacerlo bien. Pero es mía, de verdad mía, no un descuido de mi bisabuela ni un accidente de una tarde. Es lo último que se me ocurre, después de pensarlo, y es real.

El Feriante se quedó en silencio durante un rato que a Fausta le pareció insoportablemente largo, tanto que llegó a temer, brevemente, que el trato no le pareciera suficiente, que le exigiera algo peor, algo que involucrara a Tobías o a Cuervo o al propio Mudo, que observaba todo desde un rincón con una tensión que no intentaba disimular.

—Podría pedir más —dijo finalmente el Feriante, casi para sí mismo, dando una vuelta lenta alrededor de Fausta con las manos cruzadas a la espalda, como un sastre midiendo a un cliente para un traje que este todavía no sabe que va a odiar—. Podría, por ejemplo, pedirle también la libreta azul, con todas esas palabras que colecciona con tanto cariño. O podría pedirle al niño, ya que está aquí y ya ha demostrado ser tan dócil. Nadie me obliga a aceptar la primera oferta razonable que me hacen, señorita, y usted lo sabe, o debería saberlo a estas alturas.

—Sabe que si pide eso, no hay trato —dijo Fausta, con una firmeza que le sorprendió a ella misma más que a nadie—. Y entonces se queda sin la única moneda rara que dice que no sabe procesar. Se queda con la misma colección de siempre: cosas pequeñas, arrancadas a la fuerza o por descuido. Nunca con esto.

Desde su rincón, Cuervo carraspeó un sonido seco que en un pájaro de verdad habría sido un graznido y que en él sonó, más bien, a advertencia calculada.

—Yo en su lugar aceptaría, si me permite opinar como empleado de la casa desde hace catorce años —dijo, con ese tono suyo que mezclaba a partes iguales la insolencia y la lealtad—. No todos los días le ofrecen a usted algo genuino, jefe. La mayoría de la gente, con perdón, le miente incluso cuando cree que le está diciendo la verdad.

Mudo no dijo nada, pero dio un paso al frente, colocándose, sin necesidad de explicarlo, entre el Feriante y Tobías, un gesto pequeño que Fausta no olvidaría con facilidad: el niño que coleccionaba lo que otros perdían, ofreciéndose sin palabras a perder algo él mismo si hacía falta, con tal de que el trato saliera bien para alguien más.

El Feriante los miró a los tres —a la niña que no bajaba los ojos, al cuervo que llevaba catorce años dándole consejos que no siempre le convenían a él, al niño remendado que se interponía sin decir palabra— y algo en su sonrisa fija, por primera vez en toda la tarde, pareció genuinamente divertido, del modo en que se divierte alguien que hace mucho tiempo que nadie lo sorprende.

—Está bien —dijo, con un suspiro teatral que no logró disimular del todo un alivio extraño, casi humano—. Acepto la primera oferta razonable. No porque sea la mejor que podría exigir, sino porque, para serle sincero, señorita, hacía demasiado tiempo que nadie me traía nada nuevo a esta feria, y hasta un comerciante como yo se cansa, de tanto en tanto, de cobrar siempre lo mismo.

—Sabe, señorita —dijo finalmente el Feriante—, la mayoría de la gente que llega hasta aquí me ofrece cosas que cree que no le importan: un recuerdo feo, un miedo incómodo, un hábito que de todos modos quería dejar. Usted es la primera visita en mucho, mucho tiempo, que me ofrece algo que de verdad le va a costar, sabiendo exactamente cuánto le va a costar antes de ofrecerlo. Eso, curiosamente, es la única moneda que jamás he sabido procesar bien del todo. La honestidad genuina, entregada a sabiendas. Es escurridiza. No se deja archivar en ninguna estantería de las mías.

Chasqueó los dedos, sin ninguna teatralidad, casi con desgana, y en algún punto entre el bosque de jaulas y el vientre de la feria, Fausta sintió, más que escuchó, un sonido pequeño y cálido detrás de ella: la voz de Tobías, saliendo por primera vez en días de la boca de su propio dueño, diciendo, con la misma seriedad exacta de siempre:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.