El domingo, su madre seguía sin volver —el mercado de la villa vecina se había alargado, decía la nota que había mandado con el carretero, por un problema con las mulas que Fausta no entendió del todo y que en el fondo no le importó, porque tenía cosas más urgentes en la cabeza que las mulas de nadie— y su padre pasaba las noches en el campo, vigilando una cosecha que según él "no podía esperar ni un día más", aunque llevaba diciendo eso desde agosto.
Fausta aprovechó esa tarde de soledad para hacer algo que llevaba pensando desde el sábado: siguió a Tobías.
No fue difícil. Su hermano, con la voz perdida en algún sitio que ella todavía no localizaba, había desarrollado la costumbre nueva y silenciosa de caminar hasta el puente viejo cada tarde, sentarse en el segundo escalón de piedra —el que Fausta sabía, por costumbre de contar, que estaba ligeramente hundido, igual que el quinto escalón de su casa, como si todos los escalones hundidos del mundo estuvieran de acuerdo entre sí—, y quedarse ahí, mirando el arroyo seco, hasta que empezaba a oscurecer.
Ese domingo, Fausta se sentó a su lado sin decir nada, porque había aprendido en los últimos días que hablarle demasiado a Tobías, hacerle demasiadas preguntas, solo conseguía que él bajara más los hombros, como un caracol que se repliega. Se quedaron los dos mirando el cauce vacío, con el puente encima de ellos, inútil y viejo y fiel a su tarea de no servir para nada.
Y entonces, con esa lentitud con la que cambian las cosas que llevan cambiando desde hace rato sin que nadie se dé cuenta, Fausta notó que la niebla, en vez de quedarse arriba, junto al monte, como todas las tardes de su vida, bajaba esta vez hasta el propio cauce del arroyo. Bajaba y se quedaba ahí, espesa, blanca, cubriendo el fondo seco como si el arroyo hubiera decidido, después de cuarenta años, volver a llenarse de algo.
Tobías se puso de pie.
—Toby —dijo Fausta, y la palabra le salió más pequeña de lo que pretendía—. Toby, espera.
Pero Tobías ya estaba bajando los escalones de piedra hacia el cauce, hacia la niebla, con esa calma de sonámbulo que a Fausta le heló algo en el pecho, y no le quedó más remedio que bajar detrás de él, agarrándolo del brazo justo cuando sus pies tocaban la primera hebra de blanco.
La niebla no era fría, como Fausta esperaba. Era tibia, casi cómoda, con un olor dulzón que le recordó vagamente a la miel derramada aquella tarde, y en cuanto los envolvió a los dos, el puente de piedra que llevaba toda su vida encima de ellos —inútil, fiel, siempre en el mismo sitio— dejó de estar donde debía estar.
Fausta se giró. El puente seguía ahí, en efecto, pero ya no cruzaba un arroyo seco entre dos orillas de hierba: cruzaba, ahora, un sendero de tierra oscura que se perdía entre árboles que ella nunca había visto en Puente Gris, árboles demasiado altos, demasiado juntos, con las hojas de un naranja tan intenso que parecían arder sin quemarse.
—Esto no estaba ayer —dijo Fausta, en voz alta, aunque no había nadie más que Tobías para escucharla, y Tobías, sin habla, sin nombre que ponerle a nada, se limitó a señalar el sendero con un dedo firme, sin miedo, como si llevara toda la semana esperando a que ella se decidiera a seguirlo.
Fausta contó los árboles a su alrededor —era lo único que se le ocurrió hacer, contar, siempre contar, como si los números pudieran sostener el mundo cuando todo lo demás dejaba de tener sentido— y llegó hasta veintitrés antes de rendirse, porque los árboles no dejaban de aparecer, cada vez más atrás, cada vez más adentro, y en algún punto entre el árbol doce y el árbol trece, Puente Gris —la casa, los seis escalones, la nota de su madre sobre las mulas— dejó de verse del todo por encima de su hombro.
No había vuelta atrás visible. Solo había sendero, adelante, y niebla, detrás, y un hermano de seis años que caminaba hacia lo desconocido con la seguridad tranquila de quien ya no le teme a nada porque le han quitado, junto con la voz, el lugar del cuerpo donde vive el miedo.
Fausta le apretó la mano y caminó con él.