Detrás del carrusel, medio escondida entre dos carpas a rayas, había una tercera carpa más pequeña, con un cartel pintado a mano que decía, en letras torcidas: EL TEATRO DE LAS MARIONETAS SIN HILOS — FUNCIÓN CONTINUA — ENTRADA LIBRE (LA SALIDA SE COBRA APARTE).
—Eso último es una broma del Feriante —aclaró Cuervo, con el tono de quien ha tenido que explicar el mismo chiste demasiadas veces—. O eso creía yo durante los primeros diez años. Ahora ya no estoy tan seguro.
Dentro, un pequeño escenario de madera mostraba una función de marionetas que se movían solas, sin hilos visibles, sin nadie que se viera manejándolas desde arriba. Representaban, con una torpeza casi entrañable, escenas domésticas pequeñas: una marioneta madre barriendo un suelo de madera pintada, una marioneta padre sentado a una mesa sin comer nunca la comida de su plato, dos marionetas niños jugando a un juego que Fausta reconoció con un vuelco en el estómago apenas un segundo después de verlo, porque era, con una exactitud dolorosa, el juego de ponerse nombres.
—Hoy eres... —decía la marioneta niña, moviendo la boca de madera con un chasquido seco, y la frase se cortaba siempre ahí, sin terminar, una y otra vez, como un disco rayado.
—¿Por qué hace eso? —preguntó Fausta.
—Porque nadie le ha terminado la frase —dijo una nueva voz, y Fausta se giró para encontrar, sentado en primera fila del pequeño teatro, a un niño de más o menos su edad, vestido con ropas remendadas de todos los colores, con las manos ocupadas tejiendo algo diminuto entre los dedos—. Las marionetas hacen lo que la gente les enseñó a hacer antes de irse. Si te vas antes de terminar una frase, la marioneta se queda repitiendo la frase sin terminar para siempre. Es bastante triste, si lo piensas mucho rato. Yo procuro no pensarlo mucho rato.
—¿Quién eres tú? —preguntó Fausta, sin soltar la mano de Tobías.
—El niño de las jaulas, supongo, aunque nunca me puse ese nombre yo mismo —dijo él, sin dejar de tejer—. Colecciono cosas que la gente pierde sin darse cuenta. Voces, sombras, el nombre de una canción que se te queda en la punta de la lengua. Tengo una colección bastante decente, si te interesa verla.
Fausta sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que Cuervo, en su hombro, se tambaleó.
—¿Tienes la voz de mi hermano?
El niño de las jaulas dejó de tejer por primera vez, y miró a Tobías con una atención distinta, más cuidadosa, casi profesional.
—Puede ser —dijo—. Tengo muchas voces pequeñas de niños de seis años. Todas suenan parecido, para serte sincero, hasta que las escuchas con calma. Ven conmigo. Pero te advierto una cosa, porque me caes bien y porque el Feriante nunca advierte nada de gratis: encontrar la jaula correcta no es lo difícil. Lo difícil viene después.
—¿Qué viene después?
El niño de las jaulas sonrió, y por un instante, con esa ropa remendada y esa sonrisa torcida, se pareció tanto a un niño normal, a cualquier niño que Fausta hubiera podido conocer en Puente Gris, que le costó recordar que probablemente no lo era, no del todo, no desde hacía mucho tiempo.
—Después viene la parte en la que tienes que decidir si de verdad la quieres de vuelta —dijo—, sabiendo ya todo lo que sabes ahora. Eso, curiosamente, es lo que casi nadie logra hacer.