Fausta no recordó bien el camino de vuelta. Recordó, sí, en fragmentos sueltos como los de un sueño que se deshace al despertar, la despedida de Cuervo —que insistió en quedarse, "alguien tiene que vigilar el inventario, jovencita, y para serte sincero ya no recuerdo cómo es vivir en otro sitio"—, y la de Mudo, que le regaló, sin explicación, un pequeño ovillo de hilo gris "por si algún día necesitas coser algo que se está deshaciendo", y la voz seca y amable de la mujer de las cartas diciéndole que la carta que le había dado boca abajo ya podía mirarla, ahora sí, cuando quisiera.
Recordó también, con más claridad que ninguna otra cosa, la mano tibia de Tobías en la suya, y su voz —su voz de verdad, con esa entonación particular que Fausta habría reconocido entre mil voces distintas— tarareando por lo bajo, sin darse ni cuenta, la cancioncilla desafinada del carrusel, hasta que ambos cruzaron de nuevo el puente y la niebla se abrió, esta vez sí, sobre el cauce seco de siempre, bajo un cielo que empezaba a clarear de un gris tan suave que casi parecía disculparse por la noche que acababan de pasar.
Puente Gris los recibió exactamente igual que lo habían dejado: los seis escalones de su casa, el tercero crujiendo su queja de siempre, el reloj de péndulo parado a las cuatro y veinte, honesto en su inutilidad. Su padre estaba en la cocina, preparándose un café tardío, y al verlos entrar por la puerta —despeinados, con la ropa oliendo vagamente a niebla dulzona, con Tobías tarareando por lo bajo una melodía desafinada que él no reconoció— solo atinó a preguntarles si habían dormido bien, sin sospechar que la noche que acababan de vivir no se parecía en nada a un sueño normal. Fausta descubrió, con una mezcla de alivio y de tristeza pequeña, que así funcionaban las cosas del otro lado de la niebla: el tiempo, ahí fuera, apenas se había movido.
Su madre volvió esa misma tarde, con el hilo y la sal y las noticias del mercado envueltas en el mismo entusiasmo de siempre, y lo primero que hizo, nada más entrar, fue abrazar a Tobías con esa efusividad automática de las madres que han estado un día entero fuera de casa. Se detuvo, sin embargo, a media frase, con los brazos todavía alrededor de su hijo, y miró a Fausta por encima de su cabeza con una expresión que esta no supo interpretar del todo: no era sospecha, exactamente, ni tampoco preocupación. Era, más bien, el gesto breve de alguien que reconoce, sin saber explicar por qué, que algo en el aire de su propia casa ha cambiado de lugar mientras ella no estaba mirando.
—¿Pasó algo? —preguntó, más tarde, mientras guardaba el hilo nuevo en el costurero, con un tono que pretendía sonar casual y no del todo lo lograba.
Fausta estuvo a punto de contárselo todo: la niebla, el puente, el Feriante, el retazo de tela azul con el nombre de su propia familia escrito encima. Pero miró a su madre doblando el hilo con esas manos rápidas y seguras, tarareando ya de nuevo su melodía sin letra, y decidió, en el último instante, que había cosas que era mejor guardar, no por miedo a que no le creyera, sino por cariño: porque contarlo entero habría significado explicarle también lo de la bisabuela, lo del trato heredado durante generaciones, y a Fausta no le pareció justo cargarle a su madre, de golpe, con un peso que ya no hacía falta que nadie más volviera a cargar.
—Se rompió el plato de la abuela —dijo, finalmente, que era, a fin de cuentas, la única parte de toda la historia que era del todo cierta y del todo explicable—. Lo siento mucho, mamá. Fue sin querer.
Su madre se rio, un poco aliviada, un poco resignada, con esa risa práctica de quien ha visto romperse muchas cosas a lo largo de una vida y ha aprendido a no dejar que ninguna le arruine la tarde.
—Era el último que quedaba —dijo, encogiéndose de hombros—. Ya no tiene arreglo, y la verdad, hija, tampoco es que fuera tan bonito. Anda, ven a ayudarme con la cena, que tu padre debe de estar muerto de hambre.
Fausta ya no contaba los escalones al subir. Le costó, al principio, ese silencio nuevo donde antes había números; le costó no saber, sin mirar, cuántas tejas tenía el techo del granero, y hubo noches, durante ese primer invierno, en que echó de menos esa certeza pequeña con una nostalgia que no supo explicarle a nadie sin sonar como si estuviera loca. Pero aprendió, poco a poco, a cambiar el contar por otra cosa: por observar, sin necesidad de medir, cómo la luz de la tarde le caía distinta a Tobías según el día, cómo su madre tarareaba siempre la misma canción sin letra mientras cosía, cómo el mundo, sin números sosteniéndolo, seguía de todos modos en pie, terco y cálido, exactamente igual que el puente inútil que llevaba toda su vida cruzando un arroyo que ya no existía.
Esa noche, la primera de vuelta en su propia cama, Tobías se sentó en el borde como llevaba haciendo toda la vida, con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños de seis años cuando anuncian algo importante.
—Hoy eres —dijo, y se tomó su tiempo, más tiempo del habitual, como buscando las palabras exactas entre todas las que había recuperado esa tarde— la Guardiana de la Niebla. Porque fuiste a buscarme aunque daba miedo, y porque ya no cuentas los escalones, pero igual sabes cuándo alguien los necesita contar por ella.
Fausta guardó ese nombre en su libreta azul, la misma noche, debajo de "equinoccio" y "polillado" y todas las palabras que había ido coleccionando ese otoño, y por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de verificar si el mundo seguía siendo el mismo de ayer.