Antes de llegar al bosque de jaulas, el niño de las jaulas —que dijo llamarse, cuando Fausta insistió, simplemente Mudo, "porque es más corto que explicar la historia completa, y la historia completa no es tan interesante como crees"— los hizo pasar, "por si les apetece reírse un rato, que buena falta les hace", junto a una tómbola pintada de rayas descoloridas donde nadie atendía y, sin embargo, un cartel invitaba a girar la manivela "UNA VEZ, SOLO UNA, LA CASA SIEMPRE GANA IGUAL".
Fausta, más por nervios que por curiosidad, giró la manivela.
Del interior de la tómbola cayó un pequeño paquete envuelto en papel de periódico viejo. Lo abrió con cuidado. Dentro había una sombrilla diminuta, del tamaño de un dedal, perfectamente funcional, que se abría con un chasquido satisfactorio.
—Ah —dijo Cuervo, con auténtico deleite—, el deseo del señor Balbuena. Pidió, hace ya bastantes años, "una sombrilla que nunca se rompiera con el viento", porque odiaba profundamente que se le rompieran las sombrillas. Consiguió exactamente eso. El problema es que solo mide un centímetro y no cubre absolutamente nada, ni siquiera a un dedo mojado. El señor Balbuena, según tengo entendido, sigue mojándose exactamente igual que antes, solo que ahora con una sombrilla indestructible en el bolsillo, lo cual, para ser honesto, lo pone de peor humor que antes.
Tobías, para sorpresa de Fausta, soltó una risa silenciosa —un movimiento de hombros, un gesto en la cara, sin ningún sonido, pero inconfundiblemente una risa— al ver la sombrilla diminuta abrirse y cerrarse en la palma de su hermana.
Era la primera vez en días que Fausta lo veía reaccionar así a algo, y aunque el motivo era ridículo, aunque no era ni por asomo la voz que había venido a buscar, sintió un calorcito extraño en el pecho, la sensación de que su hermano, en algún lugar debajo de todo ese silencio, seguía siendo exactamente él mismo.
—Sigue girando —animó Mudo—, hay más. La tómbola es lo único de la feria con lo que de verdad se puede reír uno sin pagar nada de vuelta. El Feriante la odia por eso, si te soy sincero. Dice que le hace perder seriedad al negocio.
Fausta giró otra vez. Salió una peluca perfectamente calva —"del hombre que pidió no volver a preocuparse jamás por su pelo", explicó Cuervo, encantado—; luego un reloj de bolsillo que sonaba las horas al revés, contando hacia atrás desde las doce hasta que llegaba a la una y volvía a empezar sin parar nunca en ningún punto en concreto; luego una carta de amor perfectamente redactada, con caligrafía impecable, dirigida "a quien pueda interesarle", firmada por nadie en particular, que según Cuervo pertenecía a un joven tan tímido que había pedido "poder decir lo que sentía sin tener que decirlo yo mismo", y ahora tenía la carta perfecta, y ningún modo de saber si alguna vez se la había entregado a alguien.
Cada premio era, a su manera, un pequeño chiste triste, y Fausta se sorprendió riendo —de verdad, en voz alta, la primera risa auténtica que soltaba desde la tarde del plato roto— al mismo tiempo que sentía que algo se le apretaba en la garganta, porque entendía, cada vez con más claridad, la lógica espantosa y perfectamente justa de aquel lugar: la feria nunca le quitaba nada a nadie que no hubiera pedido, con sus propias palabras, exactamente eso.
—Ya basta de tómbola —dijo finalmente, guardándose la sombrilla diminuta en el bolsillo, porque a Tobías parecía gustarle demasiado como para dejarla atrás—. Llévanos al bosque de las jaulas.
Mudo asintió, ya sin sonreír, y por primera vez desde que lo habían conocido, su expresión se pareció mucho a la de alguien que sabe exactamente lo difícil que va a ser lo que viene a continuación.
· INTERLUDIO ·
Colgada de un árbol, una jaula vacía,
otra más allá, y otra todavía.
No preguntes qué guardan, no preguntes por qué:
lo que cabe en una jaula, ya no es lo que fue.
Guarda bien tu nombre, guárdalo detrás,
la niebla se lleva lo que sueltes de más.
Y si oyes tu risa cantar sin ti,
no la sigas, niño: ya no vive ahí.