Nada anunció que ese martes fuera a ser distinto de los demás martes, y esa es, quizás, la parte que más le costó perdonar a Fausta durante mucho tiempo: que el peor día de su vida hubiera empezado exactamente igual que cualquier otro.
Empezó, como todos los días de aquel otoño, con el olor a pan recién horneado subiendo desde la cocina, y con la voz de su madre cantando la melodía sin letra mientras preparaba las cosas para su viaje: aquel día le tocaba ir al mercado de la villa vecina, un trayecto de una jornada entera que hacía cada dos semanas para vender sus conservas y volver con hilo, sal y noticias del mundo más allá de Puente Gris. Fausta la ayudó a cargar el carro —los frascos envueltos en paja para que no se rompieran, la manta doblada por si refrescaba en el camino de vuelta— y recibió, como cada vez que su madre se iba, la misma lista de instrucciones repetidas con la misma cadencia de siempre: que no dejara a Tobías solo cerca del pozo, que cerrara bien el gallinero antes de que oscureciera, que si algo salía mal, esperara a su padre y no intentara arreglarlo ella sola por más segura que se sintiera.
—Siempre lo mismo, mamá —dijo Fausta, con ese tono de fastidio cariñoso que solo se permiten los hijos que en el fondo disfrutan de que los cuiden tanto—. Ya sé todo eso.
—Lo sé que lo sabes —respondió su madre, subiéndose al carro—. Te lo repito de todos modos porque a mí me tranquiliza más a mí que a ti. Cuídense.
El carro se alejó por el camino que salía del pueblo, y Fausta se quedó un rato mirando cómo se hacía pequeño entre los árboles, con esa sensación tibia y un poco solemne de quedarse, aunque fuera solo por un día, a cargo de algo importante.
Su padre pasó la mañana en el campo, como siempre en esa época del año, vigilando una cosecha que según él "no podía esperar ni un día más", aunque llevaba diciendo eso desde agosto, y solo volvería a comer y a dormir. Eso dejaba a Fausta a cargo de Tobías durante toda la tarde, una responsabilidad que le gustaba llevar con la misma seriedad exagerada con la que Tobías llevaba lo de ponerle nombres.
La tarde empezó bien. Jugaron en el patio a un juego que Tobías se había inventado hacía poco, que consistía en fingir que las gallinas eran soldados de un ejército invisible y que ellos dos eran los generales encargados de que ningún soldado desertara hacia el huerto del vecino; Fausta contó, riendo, hasta veintidós "deserciones" evitadas antes de que empezara a caer la tarde y decidiera que era hora de merendar algo antes de que su padre volviera del campo.
El problema, esa tarde, fue la miel.
Había un tarro de miel guardado en la alacena más alta, reservado para las visitas, y Tobías —que a los seis años entendía las reglas de la casa del mismo modo en que entendía la geometría: de forma aproximada y muy optimista— decidió que él también contaba como visita, técnicamente, porque llevaba puesto su chaleco bueno, el mismo que su madre le había cosido para las fiestas de San Miguel. Arrastró una silla hasta la alacena, con ese sigilo torpe y ruidoso de los niños que creen que están siendo silenciosos. Se subió. Estiró el brazo más de lo que le alcanzaba.
El tarro cayó, no sobre él, por suerte, sino sobre el plato bueno de la abuela, el único que quedaba de un juego de doce que se habían ido rompiendo, uno por uno, a lo largo de generaciones de comidas familiares, y que su madre guardaba en un estante bajo con un cuidado casi religioso. Se partió limpiamente en dos mitades que Fausta, durante un segundo entero, se quedó mirando sin comprender del todo lo que estaba viendo, con la miel derramándose despacio por el borde de la mesa, dorada y espesa, formando un charco que a ella, en ese instante absurdo, le pareció casi bonito antes de que el resto de la escena se le impusiera del todo.
Gritó. No fue un grito enorme, no fue el grito de una tragedia real, fue el grito pequeño y afilado de alguien de trece años que de pronto siente que el mundo entero depende de un plato roto y de lo que va a decir su madre al volver. Tobías, cubierto de miel y de una culpa desproporcionada para el tamaño del desastre, empezó a llorar con esos hipidos entrecortados que solo hacen los niños muy pequeños cuando saben que han hecho algo mal y no encuentran cómo deshacerlo.
Fausta se puso a limpiar con movimientos bruscos, nerviosos, recogiendo los pedazos del plato con una mezcla de rabia y de miedo que no sabía muy bien hacia dónde dirigir, mientras Tobías seguía llorando a su lado, repitiendo entre hipidos un "lo siento, lo siento" que a Fausta, en aquel momento, no le sonó a disculpa sino a estorbo.
—Siempre es lo mismo contigo —dijo finalmente, sin mirarlo, con la voz más dura de lo que ella misma esperaba, más dura de lo que había sonado nunca—. Siempre, siempre hay un problema. Ojalá —y aquí bajó la voz, no porque quisiera guardar el secreto de nadie, sino porque estaba verdaderamente cansada, porque tenía trece años y un plato roto y una madre que volvería al día siguiente a preguntar qué había pasado— ojalá por una vez, una sola vez, no me dieras más problemas.
Lo dijo mirando el plato, no a Tobías. Lo dijo sin pensar, del mismo modo en que uno dice "qué tarde tan horrible" sin querer maldecir realmente el día. Lo dijo con el peso exacto, sin saberlo, que hacía falta.
Afuera, aunque Fausta no lo vio, la niebla que llevaba tres días subiendo del monte por las noches y bajando de nuevo antes del amanecer se quedó, esa tarde, un rato más de lo normal. Solo un rato. Nadie en Puente Gris lo notó, salvo quizás la señora Ordaz, que se persignó dos veces sin saber muy bien por qué, y quizás también el viejo Balbuena, que vivía al final de la calle y que, según contaban, llevaba décadas sin dormir tranquilo en esas fechas.