Antes de llegar hasta el Feriante, sin embargo, el sendero de jaulas los llevó, sin que Fausta hubiera pedido ese desvío, hasta una carpa violeta y descolorida donde una mujer de edad imposible de calcular —podía tener cuarenta años o podía tener ciento cuarenta, dependiendo del ángulo en que la luz de las velas le cayera sobre la cara— barajaba una y otra vez el mismo mazo de cartas sobre una mesa redonda cubierta de terciopelo gastado.
—Siéntate, siéntate —dijo, sin levantar la vista, en cuanto Fausta asomó la cabeza dentro de la carpa—. Ya sé por qué vienes. Siempre sé por qué vienen, es el problema de mi oficio: las cartas nunca me sorprenden, y eso, después de tantos años, deja de ser un don y empieza a ser una especie de castigo aburrido.
—¿Usted trabaja para el Feriante?
—Yo no trabajo para nadie, jovencita, yo simplemente estoy aquí, del mismo modo en que el puente de tu pueblo simplemente está ahí, cruzando un arroyo que ya no existe. Siéntate. Te voy a leer las cartas, y te voy a decir la verdad exacta que dicen, y tú vas a hacer exactamente lo contrario de lo que yo te aconseje, porque es lo que hace todo el mundo, y sin embargo yo sigo intentándolo cada vez, no me preguntes por qué.
Fausta se sentó, más por curiosidad que por fe en el asunto, con Tobías apretado a su lado y Cuervo observando todo desde su hombro con un escepticismo silencioso.
La mujer extendió tres cartas sobre el terciopelo. La primera mostraba a una niña cargando un farol en medio de un bosque oscuro. La segunda, dos figuras idénticas mirándose frente a frente, sin que quedara claro cuál era la original y cuál el reflejo. La tercera, una puerta abierta hacia una luz gris, ni de día ni de noche.
—La primera dice que ya cargas suficiente luz para salir de aquí sin necesidad de pedirle nada a nadie —dijo la mujer, tocando la carta con un dedo huesudo—. La segunda dice que muy pronto vas a tener que decidir cuál de las dos versiones de algo importante es la verdadera, y que la respuesta correcta no va a ser la más obvia. Y la tercera... —se detuvo, y por primera vez algo parecido a la duda cruzó su cara imposible de calcular—. La tercera dice que hay una salida. Siempre hay una salida, jovencita. Lo que las cartas nunca dicen, porque no está en su naturaleza decirlo, es cuánto va a costarte encontrarla a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
—Eso —dijo la mujer, recogiendo las cartas con un gesto brusco, casi molesto consigo misma— es exactamente el tipo de pregunta que las cartas se niegan a contestar, y créeme que llevo siglo y medio, más o menos, intentando hacerlas hablar más de la cuenta.
Le tendió entonces una única carta, boca abajo, que Fausta no reconoció entre las tres anteriores.
—Toma. Guárdala, no la mires todavía. Es mi consejo equivocado de siempre, el que doy sabiendo que nadie me hace caso: no vayas a ver al Feriante sola. Llévate a alguien contigo que no tenga nada que perder con él, porque tú sí tienes algo que perder, y eso te hace más débil de lo que crees en el momento exacto en que más fuerte necesitas parecer.
Fausta miró a Tobías, mudo, sin nombre que ponerle a nada, y a Cuervo, con su ojo de cristal prestado, y entendió, con una punzada fría, que no le quedaba absolutamente nadie en aquella feria que de verdad no tuviera nada que perder con el Feriante.
—Exacto —dijo la mujer, como si le hubiera leído el pensamiento, guardando el mazo con un suspiro cansado—. Ya te dije que nadie me hace caso nunca. Ve de todos modos. Solo prométeme una cosa, porque esto sí te lo digo de corazón y no de oficio: cuando llegues frente a él, no le ofrezcas lo primero que se te ocurra por miedo. Ofrécele siempre lo último que se te ocurra, después de pensarlo bien. Es la única ventaja pequeña que le puedes sacar a un hombre que nunca ha tenido que pensarlo dos veces en toda su existencia.
· INTERLUDIO ·
No es la voz lo que pesa en la balanza,
ni el segundo robado, ni la mudanza.
Es lo que tú ofreces cuando ya no hay más,
lo último que queda cuando cuentas de más.
Ceniza y niebla, niebla y ceniza,
la feria no roba: la feria te avisa.
Y quien entra oyendo, y sabe escuchar,
a veces consigue lo justo, y en paz.