La casa de los Duarte tenía seis escalones hasta la puerta, y Fausta los conocía tan bien que podía subirlos a oscuras sin tropezar ni una vez: el tercero crujía como una queja vieja, el quinto estaba un poco hundido por el lado izquierdo, y el último, el que daba a la puerta, era más ancho que los demás, como si alguien lo hubiera puesto ahí a propósito para que uno se detuviera un momento antes de entrar. A Fausta le gustaba pensar que la casa hacía eso a propósito. Le gustaba pensar que la casa, en general, sabía cosas.
Tenía trece años, una libreta forrada en tela azul donde coleccionaba palabras que le sonaban a otra cosa —crepúsculo, penumbra, desasosiego, palabras que sonaban a postres o a enfermedades según el día— y una costumbre que su madre encontraba encantadora y su padre encontraba preocupante: contaba todo. Contaba los escalones, contaba las tejas del techo del granero, contaba cuántas veces parpadeaba el señor Olmedo cuando mentía sobre el precio de la leche, contaba las costuras de sus propios vestidos y los nudos de la madera de su cama, como si detrás de cada número hubiera una prueba pequeña de que el mundo seguía funcionando según las mismas reglas de siempre. Contar, para Fausta, era una forma de asegurarse de que el mundo seguía siendo el mismo mundo de ayer.
La casa misma parecía llevar la cuenta de las cosas a su propio modo, torpe y cariñoso. Tenía cuatro habitaciones y una cocina, y en cada una de ellas se acumulaba, con los años, una capa distinta de la vida de la familia: en la cocina, los frascos de conservas de su madre, etiquetados con una letra apretada y torcida —ciruela del 09, membrillo del 11, la del 12 no cuajó bien, no comer—; en el cuarto de sus padres, el armario alto donde su padre guardaba, envueltos en un paño, los papeles de la tierra que llevaban generaciones cultivando, aunque nunca dejaba que nadie los leyera del todo; en el cuarto de Fausta y Tobías, una ventana orientada al este por la que entraba, cada mañana de otoño, una luz anaranjada tan espesa que parecía que se pudiera untar en el pan como la mermelada.
Su padre, Herminio Duarte, era un hombre de pocas palabras y muchas costumbres, de esas personas que demuestran el cariño reparando cosas en lugar de diciéndolo: arreglaba las sillas antes de que nadie notara que cojeaban, afilaba los cuchillos de la cocina sin que su madre se lo pidiera, y dejaba siempre las botas mirando hacia la puerta, "por si hay que salir corriendo", decía, medio en broma, aunque Fausta sospechaba que no del todo. Su madre, Casilda, era exactamente lo contrario: hablaba por los dos, cantaba mientras cosía una melodía sin letra que llevaba tarareando desde antes de que Fausta naciera, y tenía la costumbre de anunciar en voz alta cualquier pensamiento que le pasara por la cabeza, de modo que la casa de los Duarte nunca estaba realmente en silencio salvo cuando ella salía de viaje al mercado de la villa vecina, cosa que hacía cada dos semanas, y entonces el silencio se notaba tanto que Fausta terminaba, sin darse cuenta, tarareando ella misma la misma melodía sin letra, como si alguien tuviera que mantenerla viva mientras su madre no estaba.
Su hermano Tobías, de seis años, no contaba nada. Tobías nombraba.
Era un juego que había empezado sin que nadie lo decidiera del todo, una de esas costumbres familiares que un día ya están instaladas y nadie recuerda bien cómo llegaron, como el reloj de péndulo de la sala o la manía del padre con las botas. Cada noche, antes de dormir, Tobías se sentaba al borde de la cama de Fausta y anunciaba, con la seriedad absoluta con la que solo los niños de seis años pueden anunciar tonterías, quién iba a ser ella esa noche.
—Hoy eres la Capitana Fausta —decía, por ejemplo, si había llovido—, porque los capitanes no le tienen miedo a la lluvia.
O bien:
—Hoy eres la Reina del Ático, porque encontraste la caja de botones de la abuela y no se lo dijiste a nadie.
O, en una ocasión que Fausta recordaría durante mucho tiempo por lo mucho que la había hecho reír:
—Hoy eres la Generala de las Gallinas, porque hiciste que volvieran todas al gallinero sin gritarles ni una vez, y eso es más difícil que ser capitana de un barco, porque los barcos no tienen picos.
Fausta fingía que el juego le resultaba pesado, que ya estaba grande para esas cosas, que Tobías debería ocuparse de nombrar sus propios juguetes y dejarla en paz. Pero la verdad —una verdad que jamás habría escrito ni en su libreta— era que esperaba ese momento del día como quien espera que alguien confirme que sigue siendo la misma persona que era por la mañana. Los nombres de Tobías nunca eran iguales dos noches seguidas. Eran, pensándolo bien, la única cosa en la casa de los Duarte que cambiaba todos los días sin que a nadie le preocupara, y quizás por eso a Fausta, que necesitaba que el resto del mundo se quedara quieto para sentirse segura, le gustaba tanto esa única excepción.
El pueblo se llamaba Puente Gris, aunque el puente que le daba nombre llevaba más de cuarenta años sin puentear nada: el arroyo que cruzaba por debajo se había secado antes de que naciera el abuelo de Fausta, y el puente se había quedado ahí, de piedra vieja y musgo, uniendo dos orillas de hierba exactamente igual. A Fausta el puente le parecía el objeto más triste del mundo: una cosa construida entera para un propósito que ya no existía, que seguía ahí de todos modos, por si acaso, terca en su inutilidad del mismo modo en que su padre era terco reparando sillas que nadie le había pedido reparar.
El pueblo entero tenía esa misma cualidad de estar hecho de costumbres que ya no servían del todo para nada, pero que nadie se atrevía a abandonar: la campana de la iglesia que sonaba siempre cinco minutos tarde, la feria de otoño de verdad —la pequeña, la inofensiva, con puestos de manzanas confitadas que se montaba en la plaza cada año por San Miguel— que llevaba celebrándose desde antes de que nadie recordara por qué empezó, y la costumbre, que a Fausta siempre le había parecido la más rara de todas, de que ningún vecino de Puente Gris hablara jamás en voz alta sobre la niebla que bajaba del monte cada otoño, aunque todos, sin excepción, cerraran las ventanas un poco más temprano esas semanas del año.