En esta Vida

Capítulo 1

El mate ya no estaba tan caliente, pero Inés siguió tomándolo de todas formas. Lo sostuvo entre las manos mientras miraba el horizonte, siguiendo con los ojos esa línea imposible en la que el mar parecía terminar aunque supiera perfectamente que no terminaba en ninguna parte.

Había llegado hacía poco más de una hora y todavía no sentía ganas de irse. La mañana estaba fresca, con ese viento costero que obligaba a mantener la chaqueta cerrada aunque el sol apareciera de vez en cuando entre las nubes. Había escogido un lugar suficientemente lejos de la orilla para no tener que preocuparse de las olas y suficientemente cerca para escuchar el agua con claridad. A su lado estaban el termo, el bolso y un paquete de galletas que había abierto al llegar y del que apenas había comido dos.

No hacía nada.

Y estaba bien.

De vez en cuando cebaba otro mate, se acomodaba el pelo cuando el viento se lo tiraba sobre la cara o cambiaba de posición porque empezaba a enterrársele una piedra en alguna parte. El resto del tiempo miraba el mar.

Había poca gente esa mañana. Un hombre jugaba con un perro cerca de la orilla y lanzaba una pelota que el animal perseguía con una perseverancia que a Inés le parecía francamente excesiva. Más lejos, una niña corría detrás de las gaviotas mientras una mujer le gritaba que no se mojara las zapatillas. La advertencia llegó tarde. Una ola alcanzó a la niña hasta los tobillos y ella salió corriendo entre carcajadas, orgullosa de una hazaña que probablemente terminaría con alguien cargando zapatillas mojadas durante el resto del día.

Inés sonrió y volvió a llenar el mate.

El teléfono vibró dentro del bolso.

Lo escuchó, pero no hizo ademán de buscarlo. Bebió tranquilamente y siguió mirando a la niña, que ahora negociaba con su madre la posibilidad de sacarse las zapatillas y continuar descalza.

El teléfono vibró otra vez.

—Ya, ya —murmuró.

Metió la mano en el bolso, encontró el celular debajo de una bufanda y miró la pantalla. Era Julieta.

Mamá compra cereales

Inés levantó las cejas. Ni hola, ni por favor, ni la más mínima pista acerca de cuáles de las aproximadamente cuatrocientas variedades de cereales disponibles en cualquier supermercado eran los que su hija consideraba obvios.

Cuáles

La respuesta apareció casi inmediatamente.

los míos

Inés soltó una risa.

—Excelente información.

Escribió:

Julieta, cuáles son “los míos”.

Los tres puntitos aparecieron y desaparecieron dos veces antes de que llegara la respuesta.

los de chocolate

Unos segundos después apareció otro mensaje.

porfa ❤️

—Ah, ahora sí.

Contestó que ya y guardó el teléfono sin revisar las demás notificaciones.

Volvió al mar.

Durante algunos minutos no pensó en nada que pudiera nombrar. Sintió el calor del mate entre los dedos, el viento frío en las mejillas y la humedad salada pegándose a los labios. Una gaviota aterrizó a pocos metros y comenzó a observarla con una seguridad que Inés consideró sospechosa.

—No tengo nada para ti.

La gaviota dio un par de pasos en su dirección.

—Y aunque tuviera, no te daría.

El animal ladeó la cabeza.

Inés la miró con seriedad.

—No me intimidas.

La gaviota avanzó otro poco.

—Bueno, un poco.

Se rio sola y buscó una de las galletas. Apenas la sacó del paquete comprendió su error. La gaviota enderezó el cuerpo y otras dos, que hasta ese momento parecían completamente desinteresadas en su existencia, aterrizaron cerca.

—Ni cagando. Esto es mío.

Comió la galleta bajo la mirada acusadora de las tres.

Le gustaban esas horas. No porque siempre pensara cosas importantes ni porque regresara de la playa convertida en una versión más sabia de sí misma. A veces pasaba dos horas mirando el agua y volvía a casa exactamente con los mismos problemas con los que había llegado. Otras veces le daba frío antes de lo previsto, el mate se lavaba demasiado rápido o terminaba respondiendo mensajes de trabajo a pesar de haberse prometido que no lo haría.

Pero le gustaba estar ahí.

Eso bastaba.

El sol apareció por unos segundos y le dio directo en la cara. Inés cerró los ojos. No intentó concentrarse en la respiración ni vaciar la mente ni hacer ninguna de esas cosas que alguna vez había leído que una persona debía hacer para estar verdaderamente presente. Simplemente cerró los ojos porque la luz le molestaba y se quedó así hasta que una nube volvió a cubrir el sol.

Cuando los abrió, una pareja caminaba por la orilla.




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