El despertador de Pía London no sonaba. Gritaba. Era un aparato barato de plástico amarillo que había comprado en una tienda de todo a un dólar hacía cuatro años, y desde entonces había desarrollado una personalidad vengativa. A las cinco y media de la mañana empezaba con un pitido agudo, escalaba a un chillido de ave moribunda y, si ella tardaba más de diez segundos en apagarlo, se ponía a vibrar sobre la mesita de noche hasta caerse al suelo, donde seguía gritando boca abajo, como un insecto patas arriba.
Aquel viernes cayó al suelo en el segundo nueve.
Pía alargó el brazo desde la cama, palpó el piso frío con la mano abierta, encontró el aparato, le dio un golpe seco en el único botón que todavía funcionaba y se quedó un rato mirando el techo. Tenía una mancha de humedad con forma de Australia justo encima de la almohada. Había llegado a conocerla tan bien que ya no la veía como una mancha sino como una vecina silenciosa que la observaba dormir. Esa mañana le pareció que Australia había crecido un poco hacia Nueva Zelanda.
—Qué bueno —murmuró—. Ahora el techo también se me quiere ir de viaje.
Se sentó en la orilla de la cama. El colchón gimió. Los resortes de ese colchón sonaban como una orquesta de cámara desafinada, y ella ya había aprendido a levantarse en dos tiempos para que el concierto fuera breve. Se puso las chancletas, se recogió el pelo con una liga que llevaba en la muñeca desde la noche anterior y salió del cuarto con la ropa de dormir, que consistía en una camiseta de una carrera de cinco kilómetros a la que nunca había asistido y unos pantalones de algodón con un agujero en la rodilla izquierda.
El apartamento tenía tres espacios, y contando generosamente. Un cuarto para ella, un cuarto para su madre y una cosa larga y estrecha que hacía de sala, comedor y cocina, y que el casero llamaba "ambiente integrado" en el contrato, como si la falta de paredes hubiera sido una decisión de diseño y no de presupuesto. El baño era una cuarta categoría de existencia, una cabina con una ducha que daba agua tibia si uno la trataba con respeto y fría si uno la maldecía. Pía había aprendido a pedirle las cosas por favor.
Lo primero que hizo fue lo que hacía cada mañana: asomarse al cuarto de su madre sin hacer ruido.
Rosario London dormía de lado, con una mano bajo la mejilla y el rosario de plástico enredado entre los dedos. Era una mujer pequeña, de cabello gris recogido en una trenza fina, y la enfermedad la había vuelto todavía más pequeña, como si el cuerpo estuviera ahorrando espacio por si acaso. En la mesita de noche había seis frascos de pastillas alineados por tamaño, un vaso de agua con una servilleta encima para que no le cayera polvo y una estampita de la Virgen del Carmen pegada con cinta a la pared. Pía contó la respiración de su madre durante diez segundos. Subía y bajaba. Subía y bajaba. Estaba bien.
Aquel ritual de contar respiraciones lo hacía desde hacía ocho meses, desde la tarde en que Rosario se desplomó en la cocina con una cuchara de madera en la mano y los ojos muy abiertos, y Pía corrió descalza escaleras abajo gritando por un taxi mientras los vecinos sacaban la cabeza por las puertas como tortugas curiosas. En el hospital público le dijeron una palabra larga que ella tuvo que pedir que le repitieran tres veces. Estenosis aórtica severa. Una válvula del corazón que se había endurecido y ya no dejaba pasar la sangre como debía. Había un tratamiento, dijeron. Había una operación. Y había una lista de espera que, según la trabajadora social, podía durar entre catorce y veinte meses.
—Su madre no tiene catorce meses —había dicho el cardiólogo, un hombre joven de ojeras profundas que parecía llevar tres turnos seguidos—. Tiene, siendo optimistas, seis. Quizá ocho.
Lo había dicho en voz baja, sin dramatismo, y esa fue la parte que más la asustó. Pía habría preferido que gritara.
Existía otra vía. Un hospital privado en el centro, la Clínica Santa Inés, tenía un equipo de cirugía cardiovascular y un quirófano disponible en tres semanas. El costo total era elevado, pero con un depósito inicial de diez mil dólares, el resto podía financiarse en cuotas. Diez mil dólares. Pía había repetido la cifra en su cabeza tantas veces que ya no sonaba a dinero sino a una palabra inventada, como "abracadabra" o "supercalifragilístico".
En su cuenta de ahorros había trescientos cuarenta y dos dólares con diez centavos.
Cerró la puerta del cuarto despacio y fue a la cocina a hacer lo único que sabía hacer cuando el mundo se ponía imposible: café. El café lo preparaba en una cafetera italiana abollada que había sido de su abuela, y el olor, cuando empezó a subir por el aire estrecho del apartamento, logró lo que no lograba ninguna otra cosa a esa hora. La puso en el lugar correcto. Era viernes, estaba viva, su madre respiraba, y todavía quedaban cuatro horas antes de que el día pudiera hacerle nada peor.
Se sirvió el café en una taza que decía "Mejor Tía del Mundo", regalo de una sobrina que ella no tenía, y lo bebió de pie junto a la ventana. Afuera, el barrio empezaba a despertar. La señora Chelo bajaba la persiana metálica de su puesto de arepas con un estrépito que debía de oírse en el otro lado de la ciudad. Dos niños en uniforme escolar se perseguían alrededor de un poste. Un perro color mostaza dormía enroscado sobre una caja de cartón, y el sol, tímido y rosado, apenas rozaba los cables de luz enredados como el pelo de alguien que se acaba de levantar.
Era un barrio feo y ella lo quería sin remedio. Había nacido a tres calles de ahí.
A las seis y cuarto ya estaba duchada, vestida con el uniforme verde de la lavandería, con el cabello todavía húmedo bajo una gorra, y había dejado preparado el desayuno de su madre: avena tibia en un termo, dos tostadas, las pastillas de la mañana ordenadas en un pastillero de plástico con los días de la semana. Dejó una nota pegada en el termo, como cada día, escrita con letra grande y redonda:
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Editado: 04.11.2026