Hay frases que, pronunciadas en el momento equivocado, tienen el poder de convertir una mañana tranquila en un expediente judicial. La que dijo el doctor Fermín Aguirre a las diez y cuarenta y ocho, mientras se ajustaba el gorro quirúrgico con la muñeca porque tenía las manos enguantadas, fue una de ellas.
—Bueno, esto es pan comido.
Brenda, de pie junto a la mesa auxiliar con la bandeja metálica apretada contra el pecho, asintió con tanto entusiasmo que las gafas se le deslizaron hasta la punta de la nariz.
—¡Pan comido! —repitió—. Qué expresión tan bonita. ¿Es de aquí?
—Es de todas partes, creo.
—Yo conocía "pan con pan, comida de tontos".
—Esa es otra distinta.
—Pero se parecen.
—Un poco.
—Las dos tienen pan.
El doctor Aguirre la miró con una paciencia casi pedagógica, y en lugar de contestar se acercó a la camilla, donde Pía respiraba con la lentitud profunda de las personas que han sido empujadas con suavidad hacia el fondo de un pozo tibio. La bata de papel azul turquesa se le había subido hasta las rodillas, y el chándal gris, doblado a los pies de la camilla, parecía un animal pequeño que se hubiera acurrucado a dormir. En la muñeca izquierda, la pulsera blanca brillaba bajo los tubos fluorescentes con una pulcritud casi insultante.
—Veamos —dijo el doctor, tomando la tablilla del historial—. Paciente de veintisiete años, sin antecedentes... sin antecedentes...
Se detuvo. Frunció el ceño. Sostuvo la tablilla bajo la luz y trató de leer.
Lo que veía era un manchón. Durante el traslado desde el criobanco, una gota gorda de la gotera del pasillo, una de esas que Anselmo había intentado frenar con cuatro cubos de la cocina, había caído justo sobre el papel, y la tinta azul de las primeras líneas se había deshecho en una nube turbia y bonita, de esas que podrían exponerse en una galería de arte moderno bajo el título de "Diagnóstico en tormenta". Allí donde antes ponía un nombre, una fecha y un tipo de procedimiento, solo quedaban unas sombras con aspiraciones de letra.
—Brenda —dijo el doctor.
—¿Sí, doctor?
—Esto está empapado.
—Ah, sí. Eso fue un poco culpa mía.
—¿Un poco?
—Tropecé con un cubo. Pero el cubo estaba en el sitio equivocado, así que también es culpa del cubo.
—Entiendo.
—Y de la gotera.
—Una conspiración.
—Una conspiración de objetos.
El doctor Aguirre suspiró y, en un gesto de profesionalidad muy humana, bajó la mirada hacia la muñeca de la paciente en busca de ayuda. Leyó la pulsera. Leyó la bandeja. Leyó, en el rotulador reciente de Brenda, una secuencia que decía R-2709, y la comparó con la etiqueta de la caña pequeña que descansaba sobre un lecho de hielo seco. El número coincidía. La letra coincidía. Todo coincidía, y precisamente por eso, en el fondo de su cabeza, un rinconcito prudente que él habría podido escuchar sin demasiado esfuerzo, se quedó callado.
—Receptora R-2709 —murmuró—. Inseminación intrauterina. Paciente en ayunas, sedada, con ovulación programada. Qué bien organizada viene la señora Cifuentes.
—¿Es la señora Cifuentes? —preguntó Brenda.
—Eso dice la pulsera.
—Pues parece más joven en persona.
—Los códigos no mienten.
—Lo que no me cuadra —continuó Brenda, y de pronto ladeó la cabeza como un perro que ha oído un silbido lejano— es que ella dijo que su cumpleaños es en agosto, y la señora Cifuentes, según lo que yo me acuerdo, nació en marzo. Pero a lo mejor son dos cumpleaños.
—Todo el mundo tiene un solo cumpleaños, Brenda.
—Bueno, usted no conoce a mi tía Chela. Celebra el de verdad, el del documento y el de la virgen.
—Brenda.
—Dígame.
—Son las diez y cuarenta y nueve. La señora lleva doce horas en ayunas y está bajo sedación. Hay un tanque desbordado en la sala D, una doctora en el sótano y una tormenta fuera. Si empezamos a dudar de cada número de cada pulsera, nos van a dar las doce.
—Claro.
—Y en cualquier caso, para eso tiene su historial.
—Que está borroso.
—Eso es un detalle.
Anselmo, desde el fondo de la sala, hizo ademán de decir algo. Era un hombre de pocas palabras y muchas manos, y en ese momento sostenía con ambas un termo de metal que se había traído de casa y que olía, desde lejos, a café de verdad. Dio un paso adelante, frunció la frente, abrió la boca...
—¡Anselmo! —gritó una voz desde el pasillo—. ¡Se nos está inundando el tanque auxiliar de la sala D! ¡Necesitamos al de las manos grandes!
Anselmo cerró la boca. Miró al doctor, miró a Brenda, miró la bandeja y, con el gesto resignado de un hombre que ha comprendido que la urgencia siempre gana a la duda, dejó el termo sobre la mesa y salió trotando, con el overol azul chapoteando como una vela en una regata.
—Qué hombre tan trabajador —comentó Brenda.
—Y qué voz tan grave —añadió el doctor Aguirre.
—Parece que habla desde un pozo.
—Muy de pozo.
Durante un instante ambos contemplaron la puerta abierta por donde había desaparecido el técnico, con la admiración distraída de dos empleados novatos ante un veterano. Después el doctor se frotó las manos enguantadas, tomó la bandeja y con un gesto casi ritual descubrió la caña pequeña. El hielo seco soltó una lengua de niebla blanca que ascendió en espirales hasta la lámpara del techo.
—Verifiquemos la ficha —dijo.
—Yo la verifico.
—Tú mejor me la lees.
—Con mucho gusto. —Brenda se subió las gafas con el hombro y entornó los ojos hacia la etiqueta, que mostraba una cifra escrita a mano con rotulador negro—. A ver. Ciento... catorce. O cuatrocientos once. No, cuatrocientos once no puede ser, porque el estante C llega hasta ciento veintidós. Entonces es ciento catorce.
—¿Segura?
—Segura al noventa por ciento.
—¿Y el diez restante?
—Es pura humildad.
—Está bien.
—Además, a ver, mire. —Brenda levantó la bandeja y la acercó a la cara del doctor, con una solemnidad de feria—. Aquí abajo hay otra anotación. Es muy pequeñita. Dice "M. L.", y después una fecha de hace cinco años. Y una raya.
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Editado: 04.11.2026