Hay preguntas que, formuladas en el momento más inoportuno, se convierten en la única respuesta posible. La de doña Gladys, planteada desde el umbral de la trastienda con una escoba en la mano y una expresión de absoluta inocencia, fue una de ellas.
—¿Alguien quiere un té?
Pía y Moisés se miraron. Ella tenía las manos todavía apoyadas en la mesa de las toallas, la coleta torcida, las mejillas encendidas y el aire de quien ha sido sorprendido en medio de una confesión. Él, a dos pasos, seguía con los hombros rígidos, la mandíbula tensa y el pelo revuelto por el gesto repetido de pasarse la mano, que ya era una especie de tic nervioso. Entre ellos, sobre una pila de sábanas, descansaban una bolsa de mangos verdes y un paquete de pan atado con una cinta azul, dos ofrendas absurdas depositadas ante un altar sin dioses.
—No, gracias —dijo Pía.
—Sí, por favor —dijo Moisés.
Se miraron otra vez.
—Qué bien —respondió doña Gladys, con una sonrisa de gato—. Entonces, dos tés. Uno que sí y otro que no, pero lo traigo igual.
—Doña Gladys...
—No me des las gracias. Es mi deber de anfitriona.
—Estábamos hablando de un asunto privado.
—Por eso mismo. Las cosas privadas se hablan mejor con una taza caliente. Les doy diez minutos. Y la puerta se queda abierta.
—¿Por qué abierta?
—Por el vapor.
—No hay vapor.
—Habrá.
Se marchó, con la escoba al hombro, haciendo un ruido de zapatillas sobre el linóleo. Pía se quedó mirando la puerta, con la sensación de haber perdido el hilo de la conversación y, al mismo tiempo, de haberla ganado por incomparecencia. Después se volvió hacia Moisés, y lo vio por primera vez con detalle: la camisa blanca sin corbata, el abrigo abierto, las manos vacías y torpes, la expresión de un hombre que ha dicho una cosa que no quería decir y que no sabe cómo retirarla.
—Lo ha dicho —murmuró ella.
—Lo he dicho.
—Con mucha seguridad.
—Con muchísima.
—¿Lo piensa?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Pía se cruzó de brazos. Se apoyó contra la mesa y lo miró con una ceja arqueada, la barbilla alta y los ojos entornados, como una jueza de paz que se dispone a dictar sentencia en un caso doméstico.
—Señor Lynch.
—Moisés.
—Señor Lynch. Voy a decirle una cosa y voy a decirla despacio.
—Adelante.
—No soy una propiedad.
—Lo sé.
—No soy un tanque de nitrógeno.
—Lo sé.
—Ni una ficha en un estante.
—Lo sé. Y lo siento.
—No me pida perdón todavía. No he terminado.
—Perdón.
—Eso era otro.
—Perdón por el perdón.
—Señor Lynch.
—Perdón.
Pía se mordió el labio inferior con tanta fuerza que le dolió. Algo, una especie de risa traidora, se le agitaba en el pecho, y ella, con una disciplina heroica, la mantuvo a raya. Moisés, por su parte, se llevó una mano a la cara, con una desesperación muda, y se tapó los ojos un segundo.
—Dios mío —dijo—. Esto es un desastre.
—Un poco.
—Mi abuela me dijo que no hablara de herederos.
—¿Su abuela?
—Me dijo que le hablara como a una persona.
—Qué sabia.
—Y que le pidiera perdón.
—Qué anticuada.
—Y que le preguntara qué necesita.
Pía lo miró. Lo miró de verdad, por primera vez desde que había entrado, y vio algo que no había visto antes: que bajo el traje caro, el corte de pelo impecable y la mandíbula de estatua, había un hombre extrañamente joven, de ojos cansados, que estaba haciendo un esfuerzo desmesurado por no hacerlo todo mal. No era un monstruo. No era un villano de telenovela. Era un ser humano que había recibido una bofetada de la vida y que, en lugar de gritar, había cogido una bolsa de mangos y se había plantado en una lavandería.
Y eso, a su pesar, la desarmó un poco.
—¿Qué necesito? —repitió.
—Sí.
—Qué necesito yo.
—Si es posible.
—Necesito sentarme.
—Pues siéntese.
—Y un vaso de agua.
—Se lo traigo.
—Y que usted deje de mirarme como si fuera a romperme.
Moisés se quedó inmóvil. Después, con una torpeza desconocida en él, apartó la mirada hacia la ventana alta y la clavó en un punto cualquiera del cristal.
—¿Así?
—Así mejor.
—Es muy difícil.
—¿Por qué?
—Porque usted es muy interesante de mirar.
Pía parpadeó. El comentario le había salido a Moisés sin filtro, sin estrategia, sin ningún cálculo, y se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir. Se le subió un rubor oscuro por el cuello. Ella, por su parte, abrió la boca, la cerró, y se puso a recolocar con gran atención una toalla que no necesitaba ser recolocada.
—Eso ha sido una frase muy rara —murmuró.
—Lo sé.
—Un poco inapropiada.
—Lo sé.
—Un poco... —Se aclaró la garganta—. Bonita.
—Prefiero que olvidemos que la he dicho.
—Ya es tarde.
—Lo suponía.
Y en ese momento, con una puntualidad digna de una comedia de enredos, la lavadora número siete, la más grande de la tienda, un monstruo de acero con capacidad para treinta kilos de ropa, comenzó a temblar.
Fue un temblor leve al principio, casi imperceptible, una vibración que subía desde el suelo y hacía tintinear los frascos de detergente en las estanterías. Después, un golpe seco. Después, otro. Después, un estruendo de cadenas y de metales, como si en el interior del tambor un ejército de ogros hubiera decidido celebrar una fiesta.
—Ay, no —dijo Pía.
—¿Qué ocurre?
—La siete.
—¿Qué le pasa?
—Se desequilibra cuando carga un nórdico. Y esta mañana llegó uno de plumas.
—¿Es grave?
—Puede explotar.
—¿Explotar?
—Un poco.
Corrieron los dos hacia la sala principal. Al otro lado, la lavandería parecía una escena de un naufragio: los clientes, una señora mayor y dos adolescentes con auriculares, miraban con ojos desorbitados la máquina vibrante, que avanzaba, centímetro a centímetro, hacia el centro del local, arrastrando un cable que se tensaba como una cuerda. Doña Gladys, con una bandeja de té en las manos y las gafas deslizándose por la nariz, gritaba instrucciones contradictorias.
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Editado: 04.11.2026