Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 4: El día en que se fue la luz

El despertador amarillo no tuvo oportunidad de gritar.

Pía abrió los ojos a las cuatro y cuarenta y siete de la mañana, con la certeza total de que algo se había roto en el universo, y tardó casi un minuto en comprender que lo que había cambiado era el sonido. Ya no era el silencio espeso de la madrugada. Era un estruendo continuo, una cascada ruidosa que se descolgaba sobre el techo de zinc con la furia de mil tambores, y que mezclaba su estrépito con el silbido del viento y con el tintineo desesperado de una lata que rodaba por la calle.

Llovía. No, no llovía. El cielo se estaba desplomando.

—Buenos días, Australia —murmuró, mirando la mancha del techo, que a esa hora parecía un continente a punto de independizarse.

Se incorporó con cuidado. El colchón entonó su acorde de siempre. Tenía el estómago vacío desde la medianoche, tal como exigía el protocolo, y esa ausencia se le manifestaba como una especie de eco cavernoso, un hambre con acústica propia. Se llevó una mano al vientre hinchado y le habló en voz baja, como se le habla a un pasajero incómodo.

—Hoy se acaba esto. Aguanta un poco más.

El baño, esa mañana, decidió cooperar. La ducha ofreció agua tibia durante cuarenta segundos completos, un récord, y Pía lo agradeció con un "gracias, gracias, qué amable" que le salió del alma. Se vistió con lo único que le cabía, un pantalón de chándal gris de talla grande y una camiseta que le llegaba a las rodillas, y se miró en el espejo trizado del pasillo con una mezcla de resignación y ternura. Parecía una bolsa de ropa sucia con ojos.

—Bueno —se dijo—. Por lo menos soy una bolsa con propósito.

Antes de salir, fue a la cocina a prepararle el desayuno a su madre. La avena de canela en el termo, las dos tostadas, el pastillero con los días de la semana. Escribió la nota con el pulso un poco más inestable que de costumbre, y la dejó apoyada contra el termo, con la fórmula ya sagrada:

Mamá, hoy llueve mucho. NO salgas al balcón a ver los truenos. Las pastillas azules con comida, las blancas sin comida. Te quiere, tu hija favorita.

P.D. Soy tu única hija, así que técnicamente también soy la menos favorita.

Se quedó mirando la nota unos segundos. Luego, por un impulso que no supo explicar, añadió una tercera línea, más pequeña, casi escondida en el margen:

P.P.D. Hoy va a salir todo bien.

La puerta del cuarto de Rosario crujió a su espalda.

—Los que dicen que va a salir todo bien —dijo la voz de su madre, ronca de sueño— suelen estar más asustados que los que no dicen nada.

Pía se giró. Rosario estaba parada en el umbral, con la bata de lana y el cabello suelto, sosteniendo el rosario en una mano y un paraguas negro, enorme, de varilla oxidada, en la otra. Tenía ese aire de centinela despeinada que adoptaba cuando decidía que su hija no iba a salir de casa sin pasar por su inspección.

—Mamá, ¿qué haces levantada?

—Escuchando la lluvia. Hacía años que no caía así. —Extendió el paraguas hacia ella—. Toma. Es el de tu abuelo.

—Mamá, ese paraguas pesa cinco kilos.

—Es un paraguas de principios. Resiste huracanes y gobiernos.

—No me hace falta.

—Te hace falta. —Rosario la miró fijamente, y Pía vio, bajo la luz amarilla del pasillo, que sus ojos oscuros brillaban de un modo particular, como si hubiera dormido poco y pensado mucho—. No sé a dónde vas hoy. No sé qué haces los jueves, ni los martes, ni todos los días que dices que no haces nada. Pero sé que tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La que ponías de niña antes de subirte al escenario del acto escolar. Mitad terror, mitad decisión.

Pía sintió que se le humedecían los ojos y, por una vez, no culpó a las hormonas.

—Mamá...

—No te voy a preguntar nada. Pero llévate el paraguas. Y vuelve a casa, ¿me oyes? Sea lo que sea, vuelve a casa.

—Voy a volver.

—Más te vale.

Se abrazaron en el pasillo, bajo un cuadro de la Virgen del Carmen que había visto pasar tres décadas de dramas domésticos. Rosario olía a manzanilla, a jabón de lavanda y a ese perfume invisible de madre que no se puede embotellar. Pía hundió la cara en su hombro, respiró, y se separó con un resoplido de determinación.

—Vuelvo en la tarde —dijo.

—Y trae pan.

—Mamá, estoy en ayunas, no puedo ni mirar el pan.

—Pues entonces trae pan para mí.

—Trato hecho.

Salió al descansillo con el paraguas de cinco kilos al hombro, como un fusil de guerra, y escuchó a su espalda cómo su madre, con una voz muy baja, murmuraba un padrenuestro al cierre de la puerta.

La calle era un río. Literalmente. Las alcantarillas, desbordadas, vomitaban agua marrón que bajaba por la pendiente arrastrando hojas, bolsas, latas, un zapato izquierdo de mujer y lo que parecía una peluca. Los vecinos, asomados a los balcones con impermeables improvisados y expresiones de profundo fatalismo, contemplaban el desastre con la serenidad de quien ha visto cosas peores. La señora Chelo había cerrado su puesto de arepas con tres tablones de madera y una sábana clavada, y en el cartel de latón, bajo el chorro, alguien había escrito con marcador: "CERRADO POR DILUVIO. VOLVEMOS CUANDO DIOS QUIERA".

—¡Pía! —gritó una voz desde un balcón—. ¿A dónde vas con ese paraguas, hija? ¡Te lleva el viento!

Era don Efraín, el zapatero, con un sombrero de pescador y una sonrisa bonachona, sentado en una silla de plástico bajo un toldo con goteras.

—¡Al médico, don Efraín!

—¡Con este tiempo, solo los valientes y los tontos salen de casa!

—¡Soy las dos cosas!

—¡Se nota!

Pía rio, ajustó el paraguas, que se abrió con un chasquido seco de catapulta, y se lanzó a la calle. El viento la golpeó en el costado con una fuerza casi personal. Dio tres pasos arrastrada hacia la izquierda, dos hacia la derecha, y uno hacia atrás, en una especie de danza torpe que habría merecido aplausos en cualquier festival folclórico. A la altura de la esquina, el paraguas intentó llevársela por los aires, y ella, aferrada al mango con las dos manos y los dientes apretados, tuvo que improvisar un movimiento circular con la cadera para mantener el equilibrio.




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