Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 12: Visita sin cita previa

Eugenia Lynch llegó a la oficina de su nieto a las ocho y cuarto de la mañana, con el bastón de empuñadura de plata, el sombrero ladeado y una caja de pasteles atada con una cinta de raso, que depositó sobre el escritorio con la solemnidad de quien deja una ofrenda en el altar de un dios que no ha dado señales de vida.

—Siéntate —dijo, aunque el único que estaba de pie era ella.

Moisés, que ocupaba su sillón de cuero desde hacía una hora sin haber movido ni un músculo, hizo un esfuerzo visible por reincorporarse al mundo de los vivos. Tenía el patito de goma en la mano izquierda y, en la derecha, una taza de café frío que no recordaba haber servido.

—Abuela.

—Cuéntamelo todo.

—Es una historia larga.

—Tengo ochenta y dos años. Las historias largas son lo único que me queda.

—Es una historia absurda.

—Las mejores lo son.

—Es una historia que probablemente no te va a gustar.

—Si no me gusta, la reescribimos. Tú habla.

Moisés habló. Le contó el apagón, la ficha 114, la bandeja, la R, la pulsera, la enfermera de los hurones, el joven doctor de la cara de dieciocho, la paciente dormida, la beta de doscientos ochenta y cuatro. Le contó, con una precisión algo mecánica, como quien dicta un parte de guerra, cada paso de aquella cadena de errores. Eugenia lo escuchó sin interrumpir, sentada en el sillón de visitas con las manos cruzadas sobre el bastón y los ojos azules cada vez más abiertos, hasta que su nieto pronunció la última frase.

—Y la mujer es la del paraguas.

La anciana se quedó callada. Un segundo. Dos. Tres. Después, con una lentitud pasmosa, se llevó una mano al collar de perlas y empezó a rozar las cuentas, una a una, con las yemas de los dedos, como quien reza un rosario muy caro.

—¿Eugenia? —dijo Moisés, con una cautela casi infantil.

—Dame un momento.

—Tómate todo el tiempo que quieras.

—Estoy procesando.

—Es una reacción razonable.

—Estoy procesando con mucha alegría.

—Eso es lo que me temía.

—Moisés Lynch. —La abuela alzó la barbilla, y en su rostro de papel de seda se encendió una luz tan intensa que a Moisés se le encogió el estómago—. Hace cinco años te pedí un bisnieto. Hace cinco años me dijiste que lo ibas a pensar. Hace cinco años guardaste una muestra en un tanque helado, como un sorbete, y esperaste que el universo se ocupara del resto. Y hoy, por fin, el universo ha tenido la delicadeza de hacerlo en tu lugar.

—No ha sido el universo. Ha sido una enfermera con las gafas empañadas.

—El universo trabaja con los instrumentos que tiene a mano.

—Es una catástrofe, abuela.

—Es un milagro con malas formas.

—Es un delito.

—Es una circunstancia.

—Es un escándalo.

—Los mejores escándalos son los que acaban con cuna. —Eugenia dio dos golpes con el bastón sobre la alfombra persa, y el cerco de humedad que había dejado Brenda vibró levemente—. Cuéntame cómo es.

—¿Quién?

—Ella.

—No la conozco.

—Pero la has visto.

—Tres veces.

—¿Y?

—Y qué.

—¿Cómo es?

Moisés abrió la boca. La cerró. Se pasó una mano por el cabello. Su abuela, que había dedicado la mitad de su vida a interpretar los silencios de aquel hombre, se recostó contra el respaldo del sillón con la sonrisa mínima de una gata que ha oído abrirse una lata.

—Es pequeña —dijo él, por fin.

—Ajá.

—Habla demasiado.

—Ajá.

—Se ríe de todo.

—Ajá.

—Lleva un uniforme verde. Y un paraguas de cinco kilos que, según dice, es de principios. Y me regaló una empanada.

—¿Una empanada?

—De pollo.

—¿Y te la comiste?

—Entera.

Eugenia ahogó una exclamación contra la palma de la mano.

—Entera —repitió, con una voz que le temblaba—. En la calle.

—En una fuente.

—Ramón me lo contó. Pensé que exageraba.

—Ramón exagera siempre.

—Ramón es un hombre de una sobriedad ejemplar. —La abuela se secó una lágrima de risa con un pañuelo de encaje—. Moisés. Escúchame bien.

—Te escucho.

—Vas a ir a verla.

—Ya lo he decidido.

—Pero no vas a ir con esa corbata.

—¿Qué tiene mi corbata?

—Tiene aspecto de tribunal. Vas a ir sin ella. Con la camisa abierta. Y vas a hablarle con la voz con la que me hablas a mí cuando crees que nadie te oye.

—No sé de qué voz hablas.

—La del niño que preguntaba si los barcos tenían sueño.

—Eso fue hace treinta años.

—Y sigues teniéndola. Solo que la guardas en un cajón con llave. —Eugenia se puso de pie, apoyándose en el bastón, y caminó hasta él con pasos cortos y decididos. Se detuvo a su lado y, con una mano temblorosa y fina como una hoja seca, le deshizo el nudo de la corbata—. Y una cosa más.

—Dime.

—No le hables de herederos.

—No pensaba...

—No le hables de apellidos, ni de fortunas, ni de continuidades dinásticas. Esa mujer no ha pedido nada de eso. Ha pedido, probablemente, una lavandería tranquila y un poco de paz. Háblale como a una persona. Pídele perdón. Y luego pregúntale qué necesita.

—¿Y si lo que necesita es que me vaya?

—Entonces te irás. Pero te irás con la cabeza alta. —La anciana le dio unas palmaditas en la mejilla—. Aunque, para ser sincera, no creo que lo necesite.

—¿Por qué?

—Porque una mujer que te regala una empanada no quiere que te vayas.

Octavio, que había entrado sin hacer ruido y esperaba junto a la puerta con una tarjeta en la mano, se aclaró discretamente la garganta.

—Señor. La dirección.

—Gracias.

—Es un barrio al sur de la ciudad. Hay que cruzar por el viaducto.

—¿Es lejos?

—Cuarenta minutos, con tráfico.

—Ramón nos lleva.

—Eso suponía.

—Y llévate algo —dijo la abuela, desde el sillón, con una voz que Moisés recordó de su infancia, la que usaba para recordarle que se pusiera la bufanda.

—¿El qué?

—Algo que no sea dinero.




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