Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 2: Pinchazos, abuelas y otras formas de violencia doméstica

La llamada llegó el martes a las once y cuarto de la mañana, justo cuando Pía tenía los dos brazos metidos hasta los codos en una lavadora de carga frontal que se había atascado con una sábana de hotel del tamaño de una vela de barco.

El teléfono sonó en el bolsillo de su delantal, con aquel tono de timbre antiguo que ella nunca había cambiado porque no sabía cómo. Intentó sacarlo con la barbilla. Intentó sacarlo con el codo. Finalmente, en un acto de dignidad perdida, se tiró de espaldas contra el suelo mojado, con la mitad del cuerpo dentro de la máquina y la otra mitad fuera, y contestó con la oreja pegada al hombro.

—¿Aló?

—¿Señorita London? Le habla Marcela, de Atención al Paciente de la Clínica Lynch. ¿Le llamo en mal momento?

—No, no, para nada. —Una gota de agua jabonosa le resbaló por la nariz—. Estoy en una reunión de alto nivel.

—Perfecto. Le informo que sus resultados de laboratorio y su evaluación médica han sido revisados por el comité clínico, y me complace comunicarle que ha sido aceptada en nuestro programa de donación.

Pía se quedó mirando el interior del tambor, donde un calcetín huérfano giraba en círculos lentos, como un planeta solitario.

—¿Aceptada?

—Aceptada. Su perfil es excelente, según palabras textuales de la doctora Ibáñez. Si le parece bien, podemos agendar su primera sesión de orientación para el jueves a las diez, donde se le entregará el protocolo de estimulación hormonal, la medicación y el calendario completo.

—Jueves a las diez. Sí. Perfecto.

—Muchas felicitaciones, señorita London. Que tenga un día maravilloso.

La llamada se cortó. Pía permaneció tendida en el suelo mojado, con las piernas fuera de la lavadora y el teléfono en el pecho, mirando el techo de la lavandería, que tenía una grieta en forma de rayo y una araña que llevaba tres años viviendo allí con total impunidad. Respiró hondo. Respiró hondo otra vez.

—Aceptada —le dijo a la araña—. Soy un perfil excelente. Textualmente.

La araña no respondió, pero Pía tuvo la impresión de que, en cierto modo, la aprobaba.

—¿Con quién hablas en el suelo? —dijo la voz de doña Gladys desde la puerta, con los brazos en jarra y el ceño de quien acaba de encontrar a una empleada en una posición poco profesional.

—Con nadie, doña Gladys.

—Estás medio dentro de mi lavadora.

—Estoy desatascando la sábana.

—¿Y por qué sonríes como una boba?

Pía se dio cuenta de que, efectivamente, sonreía. Una sonrisa ancha, involuntaria, desproporcionada para un martes de sábanas mojadas. La borró tan rápido que le dolió la cara.

—Gas —dijo.

—¿Cómo?

—Nada. Me dio un gas. Un gas feliz.

Doña Gladys la miró con los ojos entornados durante cuatro segundos completos. Después sacudió la cabeza, murmuró algo sobre las nuevas generaciones y la ausencia de pudor, y se alejó hacia el mostrador. Pero a la hora del almuerzo le dejó sobre la mesa un plato de arroz con pollo y una naranja, y sobre la naranja una nota que decía, con su letra gruesa y desordenada: Lo que sea que estés haciendo, hazlo con cuidado.

Pía guardó la nota en el bolsillo. Ya empezaba a acumular una colección de notas de mujeres que sabían más de lo que decían.

El jueves, la Clínica Lynch tenía el mismo silencio de catedral que la vez anterior, pero Pía lo atravesó con otra postura, la espalda más recta y la barbilla un poco más alta, como una persona que ya tiene un lugar en el mundo, aunque ese lugar fuera una silla de plástico en una sala de orientación. Esta vez había venido sola. Yeimi tenía turno doble en el consultorio dental, y le había hecho jurar tres veces, con la mano sobre un frasco de esmalte de uñas, que le contaría todo en cuanto saliera.

La sala de orientación quedaba en el segundo piso. Era un cuarto cuadrado, de paredes blancas, con una pantalla en una pared y ocho sillas dispuestas en semicírculo, como si fueran a presenciar un espectáculo de magia. Había tres mujeres más. Una rubia de unos veinticinco años con las uñas perfectas y un bolso que probablemente costaba lo mismo que el depósito de la cirugía. Una universitaria con gafas redondas y una mochila llena de llaveros. Y una mujer mayor, de unos treinta y un años, con ojeras y expresión estoica, que sostenía un vaso de café como si fuera un salvavidas.

Se saludaron con la inclinación de cabeza de las personas que comparten un secreto vergonzoso, aunque nadie hubiera dicho todavía de qué se trataba.

La encargada de la orientación fue una enfermera que se presentó como Lorena, una mujer menuda, de voz clara y gestos exagerados, que hablaba como si estuviera presentando un programa infantil de televisión. Llevaba una bata con estampado de pequeñas jirafas y un pin que decía "Pregúntame sobre tus hormonas".

—¡Buenos días, chicas! —exclamó—. ¡Bienvenidas al principio de su aventura!

Pía miró a la universitaria, que se encogió de hombros con resignación.

—Hoy vamos a aprender todo sobre el protocolo de estimulación ovárica controlada. Suena complicado, ¿verdad? ¡Pues no lo es! Es como regar una planta. Una plantita muy especial. Que vive dentro de ustedes.

—Qué cosa más rara —susurró la rubia.

—Ahora, ¡las inyecciones! —continuó Lorena, con un entusiasmo que parecía incompatible con el tema—. Durante diez a doce días se aplicarán una inyección subcutánea diaria. Se las damos preparadas en estas cositas lindas.

Levantó un estuche azul turquesa del que sacó, con la ceremonia de un joyero, una pluma de plástico con una aguja diminuta en la punta.

—Es una pluma precargada. Se gira esta ruedita para marcar la dosis, se limpia la piel con alcohol, se pellizca un poquito de abdomen así —hizo una demostración sobre su propio estómago, por encima de la bata— y se clava. ¡Pum! Sin dolor. Bueno, con poco dolor. Bueno, con un dolor llevadero. ¿Alguna pregunta?

La mujer del café levantó la mano con parsimonia.




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