El fin de semana llegó con un cielo del color de una olla vieja y una sensación general de que el universo estaba conteniendo la risa.
Pía lo pasó casi entero en posición horizontal. La hinchazón había alcanzado una fase que Yeimi, con su vocabulario particular, bautizó como "estado de globo aerostático", y que consistía en que ninguna prenda de su armario cerraba con dignidad, que sentarse era una negociación y que levantarse era una operación logística de tres tiempos. El sábado por la mañana intentó ponerse unos jeans y terminó atrapada en ellos hasta las rodillas, con los brazos en alto y la cara roja, como un personaje de dibujos animados a punto de explotar.
—¡Mamá! —gritó.
Rosario llegó arrastrando las chancletas, con el rosario en una mano y un trapo de cocina en la otra. Se detuvo en la puerta del cuarto, observó la escena con una calma absoluta y preguntó:
—¿Estás haciendo ejercicio?
—Estoy intentando vestirme.
—Los pantalones no se visten así. Se meten por abajo.
—Ya lo sé, mamá. Es que la cintura no cede.
—La cintura nunca cede. Por eso las mujeres de esta familia usamos faldas.
—Yo no tengo faldas.
—Pues ya es hora de que las tengas. —Rosario dejó el trapo sobre la cama, se agachó con una lentitud que a Pía le apretó el corazón y tiró de la botamanga izquierda con firmeza—. A la una, a las dos, a las tres.
El pantalón salió disparado. Pía cayó de espaldas sobre la cama con un quejido, y los resortes del colchón interpretaron un acorde final de una sinfonía desafinada. Rosario, de pie junto a ella, se acomodó las gafas con aire triunfal.
—Cuarenta años desvistiendo niños —dijo—. Todavía tengo el pulso.
—Gracias, mamá.
—De nada, hija. Y ahora, ¿vas a decirme por qué estás tan hinchada o vamos a seguir con la historia de la dermatitis?
Pía miró el techo, donde Australia seguía su lento avance hacia la costa de Nueva Zelanda, y se encogió de hombros con una inocencia que no engañaba a nadie.
—Es una dermatitis muy ambiciosa.
—Ajá.
—Ya casi termina el tratamiento. Te lo prometo.
—Ajá —repitió Rosario, y se fue arrastrando las chancletas hacia la cocina, murmurando algo sobre las mentiras de las hijas, que primero son pequeñas y luego se les hacen muy grandes, como los zapatos de los niños.
El domingo, a la una de la tarde, el apartamento del último piso de la torre más alta de la ciudad olía a cordero asado, a cera de muebles y a una sutil amenaza.
Moisés Lynch lo percibió apenas puso un pie en el vestíbulo. Era algo que había aprendido a lo largo de treinta y cinco años de almuerzos familiares: cuando su abuela decía "será una comida íntima", lo que quería decir, en el dialecto de la casa, era que habría un invitado sorpresa, un menú de cinco tiempos y una trampa cuidadosamente instalada.
La mesa del comedor estaba puesta para tres. Mantel de lino blanco, cubiertos de plata, copas de cristal tallado, un centro de flores blancas que había costado más que el sueldo mensual de la mayoría de los empleados de Moisés. Eugenia presidía la cabecera con un vestido de seda azul marino y las perlas de siempre, y a su derecha, con una sonrisa radiante y un peinado tan perfecto que parecía pintado, estaba sentada una mujer joven que Moisés no había visto nunca.
—Moisés, querido —dijo la abuela, con una dulzura que debería haberle ganado una condena—. Qué puntual. Te presento a Clarisa Montenegro, hija de mi querida amiga Amparo, la de la naviera del sur. Acaba de regresar de Ginebra, donde estudió Relaciones Internacionales y Pastelería Francesa.
—Qué combinación —dijo Moisés, con la voz de un hombre que acaba de descubrir que el techo tiene goteras.
—Me gusta mantener la mente y la mantequilla en equilibrio —respondió Clarisa, con una risita musical que sonó ensayada frente a un espejo.
Moisés miró a su abuela. Eugenia lo miró a él, con los ojos azules de cristal y la inocencia de un cordero degollado. Se sentó, desplegó la servilleta sobre las rodillas con un movimiento seco, y tomó la decisión de que, si iba a sufrir, sufriría con elegancia.
El primer plato fue una crema de calabaza. Clarisa habló de Ginebra. Habló de los lagos, de los chocolates, del ritmo pausado de la vida suiza. Habló de su sueño de abrir una escuela de pastelería para niños desfavorecidos, "porque todos merecemos un croissant", y Moisés asintió con la cabeza en los momentos adecuados mientras calculaba mentalmente la distancia entre su silla y la puerta.
El segundo plato fue un cordero asado con papas. Clarisa habló de la importancia de la familia. Habló de lo mucho que le encantaban los niños. Habló de lo bien que se sentía "en las casas grandes, con mucha gente". Moisés cortó su carne en rodajas perfectas, geométricas, y se preguntó si sería posible fingir una llamada de emergencia con el teléfono apagado.
Y a la mitad del tercer plato, una ensalada de peras y nueces, Clarisa colocó una mano delicada sobre el brazo de Moisés y dijo, con una mirada llena de significado:
—Tu abuela me contó que eres un hombre muy reservado. Pero a mí me gustan los hombres reservados. Son como los libros cerrados. Dan ganas de leerlos.
Moisés miró la mano sobre su manga. Después miró a su abuela, que se concentraba con un fervor sospechoso en su copa de agua. Finalmente miró a Clarisa, que le sonreía con los ojos muy abiertos y la cabeza ladeada, como un pájaro esperando una migaja.
—Señorita Montenegro —dijo con voz suave—. ¿Sabe usted lo que les ocurre a los libros cerrados?
—¿Qué?
—Que a veces están cerrados porque no tienen nada bueno escrito.
Hubo un silencio incómodo. Clarisa parpadeó. Eugenia se atragantó discretamente con el agua y tosió contra la servilleta, con los hombros temblándole en una sacudida que en cualquier otra persona habría pasado por risa.
—Qué humor tan refinado —dijo Clarisa al fin, retirando la mano con un tono menos musical.
#788 en Otros
#332 en Humor
#2661 en Novela romántica
humor comdia, millonario amor, inseminación y arrepentimiento
Editado: 04.11.2026