Hay oscuridades que asustan y oscuridades que aburren. La de la sala de preparación B, en los primeros diez minutos del apagón, pertenecía a una tercera categoría, la de las oscuridades que se vuelven cómicas cuando uno lleva una bata de papel y ha pasado más de nueve horas sin comer.
Pía lo comprobó a las diez y cuatro, cuando su estómago, que había estado callado con una disciplina admirable, soltó un rugido tan prolongado que Lorena, a un metro de la camilla, dio un respingo y sacó de algún bolsillo una linterna diminuta con forma de jirafa.
—¿Fuiste tú? —preguntó, apuntando la luz hacia el rostro de Pía.
—Fue mi estómago.
—Ah. Pensé que era el generador.
—Es una confusión frecuente. Los dos están descompuestos.
Lorena soltó una risita nerviosa y bajó la linterna. La luz de la jirafa dibujaba en el techo un círculo amarillento y tembloroso, como un sol pequeño y asustado. Afuera, la lluvia seguía cayendo con una obstinación casi doméstica, y de vez en cuando un relámpago iluminaba la ventana y mostraba, durante un segundo, la ciudad apagada, una maqueta de edificios oscuros bajo un cielo violeta.
—No te muevas, ¿eh? —dijo Lorena—. Voy a ver qué pasa en el pasillo.
—Si me muevo, me llevo el poste del suero y el catéter y la dignidad.
—Pues no te muevas.
—No pensaba hacerlo.
La enfermera salió con su jirafa luminosa, y Pía se quedó sola en la sala, con la cortina entreabierta y el gotero detenido, mirando los reflejos que las lámparas de emergencia dejaban sobre el suelo. Se sintió, por un momento, extrañamente pequeña. Las paredes de la clínica, que durante semanas le habían parecido una catedral de la eficiencia, eran ahora un laberinto de sombras donde cualquier ruido se multiplicaba. Se oían pasos, voces ahogadas, un portazo lejano, el golpeteo regular de una gotera que alguien, en algún piso, no lograba detener.
Entonces escuchó, al otro lado de la pared, una conversación en voz baja.
—No me digas que ya se mojó la sala A.
—Se mojó la sala A, la C y un pedazo del pasillo. Es el techo. Hay una gotera enorme sobre la mesa de procedimientos.
—Dios mío.
—Anselmo trajo cubos de la cocina. Dice que con cuatro cubos aguanta una hora.
—¿Y después?
—Después, a rezar.
Pía cerró los ojos. Quería mucho a su madre, quería mucho a Yeimi, quería mucho los diez mil dólares, y en aquel instante preciso, con la espalda al aire dentro de una bata de papel, quería además, con una claridad conmovedora, un plato de arroz con pollo y una naranja de doña Gladys.
Mientras tanto, por una escalera de emergencia que olía a cemento húmedo y a desinfectante, un hombre de traje gris bajaba los peldaños de dos en dos.
Moisés Lynch no solía correr. Lo consideraba una forma de rendición. Los hombres que corren, decía, son los que llegan tarde, y él no llegaba tarde a ninguna parte porque nunca había salido sin tiempo. Pero aquella mañana, en la penumbra de la escalera, con la carpeta sin etiqueta bajo el brazo y el eco de la alarma retumbando en las paredes, descubrió que sus piernas tenían opiniones propias y que no tenía ganas de discutirlas.
En el rellano del tercer piso se topó con Octavio, que subía con un casco amarillo en la cabeza y un chaleco reflectante sobre el traje, y que sostenía en alto una linterna del tamaño de un bate de béisbol.
—Señor Lynch —dijo, jadeando apenas—. Lo estaba buscando.
—¿Por qué lleva eso en la cabeza?
—Me lo dio el equipo de mantenimiento. Dijeron que era obligatorio.
—Le queda bien.
—Me hace sentir ridículo.
—Eso también le queda bien.
Octavio no dijo nada. Se limitó a ajustarse el casco, con una dignidad que habría hecho llorar a un monje, y comenzó a informar con la precisión de un telegrama.
—El generador principal ha fallado. El interruptor de transferencia, la pieza que ya sabíamos, se quemó con un pico de tensión. Los técnicos calculan entre veinte y cuarenta minutos para un arranque manual. Las lámparas de emergencia cubren los pasillos. Los equipos críticos del laboratorio funcionan con baterías, pero las baterías del criobanco están al sesenta por ciento. El nitrógeno líquido aguanta, pero las alarmas de temperatura saltaron en el nivel dos.
—¿Cuánto margen tenemos?
—Entre cuarenta y cincuenta minutos antes de que las muestras más antiguas corran riesgo.
—¿Cuáles son las más antiguas?
Octavio consultó la tableta, que iluminaba su cara con un resplandor azul de acuario.
—Las del estante C. Entre cinco y siete años. Hay ciento veintidós fichas.
Moisés se quedó quieto durante un segundo. Después reanudó la marcha escaleras abajo, con la mano libre deslizándose por la barandilla fría.
—Me acompaña —dijo.
—Por supuesto.
—Y quítese ese casco antes de que lo vea alguien.
—Ya me he acostumbrado.
El criobanco ocupaba un sótano parcial al que se llegaba por una puerta de acero con teclado numérico y una luz roja que, en aquel momento, parpadeaba con la desesperación de un faro en plena tempestad. Dentro hacía un frío extraño, un frío vegetal y seco que olía a metal y a algo parecido al miedo. Había hileras de tanques cilíndricos, altos como una persona, con tapas de acero y manómetros que marcaban cifras en rojo y verde. De los techos colgaban conductos plateados, y del suelo ascendía una niebla baja que reptaba entre los tanques como una colección de fantasmas sin trabajo.
Allí estaba Anselmo.
Anselmo era un hombre enorme, de manos del tamaño de dos paelleras, con una barba gris hirsuta y un overol azul oscuro. Llevaba más de veinte años cuidando los tanques de la clínica y se movía entre ellos con la ternura de un pastor entre ovejas. Había desarmado una de las tapas, y con unas pinzas largas y unos guantes gruesos sacaba, una por una, unas pequeñas cañas de plástico cada una con su etiqueta, para depositarlas con delicadeza en una bandeja metálica rodeada de hielo seco.
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Editado: 04.11.2026