El sábado amaneció con olor a pescado frito, y Pía London descubrió, con un espanto científico, que podía olerlo desde la cama.
No era un olor cualquiera. Era el pescado frito de la señora del cuarto piso, la que cocinaba los sábados a las ocho de la mañana con una devoción litúrgica y una ventana siempre abierta, y que en doce años de convivencia en el edificio jamás le había causado a nadie más daño que un leve hambre colectiva. Pero aquella mañana, Pía, tendida bajo la mirada de la mancha con forma de Australia, sintió que el aroma subía por el hueco de la escalera, atravesaba la puerta del apartamento, cruzaba la sala, se colaba bajo la puerta de su cuarto y le daba un abrazo húmedo y aceitoso directamente en el estómago.
—No —dijo en voz alta—. No, no, no, no.
Se llevó la almohada a la cara. La almohada olía a su propio champú de manzana, y por una cuestión de justicia cósmica el champú de manzana, que llevaba años usando con total tranquilidad, le pareció de pronto un perfume químico y agresivo, de una dulzura casi criminal. Tiró la almohada al suelo. Se tapó la nariz con la mano. Respiró por la boca, a pequeños sorbos, como una nadadora que sale a la superficie después de una larga inmersión.
El despertador amarillo, al ver el movimiento, comenzó a gritar.
—Tú también no —le suplicó—. Hoy no. Hoy tengo el cuerpo lleno de opiniones.
Lo apagó en el segundo siete, y se quedó mirando el techo con una expresión meditativa. Había en su vientre una especie de calma tibia, una pesadez dulce, como la que queda después de una comida abundante, y esa calma, por razones que no se atrevía a nombrar, le resultaba más inquietante que cualquier náusea.
Se levantó en dos tiempos. Fue al baño con la nariz tapada. Se lavó la cara con agua fría, cosa que no la ayudó, porque el jabón de lavanda de la ducha, el mismo de toda la vida, el que olía a abuela y a domingo, le provocó una arcada tan sonora que desde la cocina se oyó la voz de su madre preguntando:
—¿Estás bien, hija?
—Perfectamente, mamá. Estoy practicando para el coro.
—¿Qué coro?
—El de la iglesia.
—Tú no vas a la iglesia.
—Estoy pensando en empezar.
Hubo un silencio largo al otro lado de la pared.
—Qué cosas más raras te están pasando últimamente —dijo Rosario, a media voz, y el sonido de una cucharilla contra una taza puso punto final a la conversación.
Pía se miró en el espejo trizado. Tenía los ojos un poco hundidos y las mejillas ligeramente coloradas, y debajo de la nariz una sombra extraña, como si alguien le hubiera pasado un pincel suave. Se pasó la lengua por los dientes. Sabía a metal. Sabía exactamente a haber chupado una moneda de cobre.
—Es el estrés —se dijo, con una voz que pretendía ser firme—. Es la sedación, la tormenta, la cirugía de mamá, el trámite de Santa Inés. Es una avalancha de cosas.
Una avalancha. Una avalancha de cosas con sabor a metal y olfato de sabueso. Era perfectamente lógico. Cualquiera en su situación estaría igual.
Se vistió con el uniforme verde, se recogió el pelo, y salió del baño con la cabeza muy alta y la mano sobre la nariz, como una dama victoriana que pasa junto a una alcantarilla.
La lavandería, aquel sábado, había decidido ponerle a prueba la paciencia de formas muy originales.
A las once de la mañana llegó un cliente con una bolsa enorme de ropa de pescador que olía a océano, a cebo y a siete generaciones de redes húmedas, y Pía tuvo que atender el mostrador con una pinza de tender en la nariz, hablando con una voz gangosa que el hombre tomó por un acento regional. A las doce, una señora le entregó un abrigo de piel con una nota que decía "limpieza en seco, por favor, con delicadeza", y el aroma a naftalina del abrigo le provocó un mareo de tal magnitud que se tuvo que sentar en el suelo detrás del mostrador a contar sus propias respiraciones. A las doce y media, la dueña, doña Gladys, que había pasado la mañana lanzándole miradas oblicuas desde la caja registradora, abandonó su puesto con un suspiro de general que renuncia a su ejército, se acercó, se agachó con dificultad y se sentó a su lado, con la espalda apoyada en el mueble.
—Estás blanca como una sábana de hospital —dijo.
—Gracias.
—Era un diagnóstico, no un piropo.
—Ah.
—Pía.
—Dígame.
—Voy a decirte una cosa y vas a escucharla con la boca cerrada.
—Ya empezamos.
—Hace treinta años tuve un negocio de pasteles. Se llamaba Dulces Mil Sabores y quebró por culpa de un yerno.
—Lo siento.
—No es el punto. El punto es que yo, en aquella época, tuve cuatro embarazos.
Pía contuvo el aliento.
—Y en cada uno —continuó doña Gladys, con una calma casi ceremonial—, durante las primeras semanas, me ocurría exactamente esto. El olor. El mareo. El sabor a moneda. La mirada de asesina cuando alguien freía cebolla.
—Doña Gladys...
—Te dije que escucharas con la boca cerrada.
Pía cerró la boca. Doña Gladys la observó, con las gafas gruesas deslizándosele por la nariz, y su rostro de roble curtido se llenó de una gravedad desacostumbrada.
—No sé en qué estás metida, hija. No te lo voy a preguntar. Pero quiero que sepas que, si hubiera una posibilidad, aunque fuera de una en un millón, de que tu cuerpo estuviera diciendo lo que yo creo que está diciendo, yo estaría aquí. No para juzgarte. Para ayudarte con lo que necesites. ¿Entendido?
—Doña Gladys, le aseguro que no hay ninguna posibilidad.
—Ninguna.
—Ninguna. Ni de una en un millón, ni de una en mil millones. Es físicamente imposible.
—Ajá.
—Se lo juro por mi madre.
—No jures por tu madre, que está enferma.
—Se lo juro por... por Yeimi.
—Yeimi no es una autoridad moral.
—Se lo juro por la lavandería.
—Eso ya es más serio. —Doña Gladys asintió, se puso de pie con un crujido de rodillas y le tendió una mano—. Entonces levántate, que hay manteles por doblar. Y cómete esto.
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Editado: 04.11.2026