Moisés Lynch había negociado, a lo largo de su carrera, la compra de cuatro astilleros, la fusión de dos aseguradoras marítimas y un acuerdo de paz entre dos sindicatos que no se dirigían la palabra desde hacía veinte años. Había mantenido el pulso, sin pestañear, frente a ministros, banqueros y un jeque que lo recibió con un halcón en el hombro. Nada de aquello, sin embargo, lo había preparado para el problema de la sal.
—Octavio —dijo, a las once de la mañana del jueves, de pie en medio de la cocina de su ático, rodeado de bolsas de supermercado y de una cantidad de envases que habría bastado para abastecer a un regimiento—. ¿Cuántas clases de sal existen?
—Según mis cálculos, señor, unas cuarenta y siete.
—¿Cuarenta y siete?
—Sin contar las aromatizadas.
—¿Y yo he comprado cuántas?
—Treinta y una.
—¿Cuál es la correcta?
—Depende de su finalidad.
—Es para mango verde.
—Ah. —Octavio se inclinó sobre la encimera y examinó, con la gravedad de un sumiller, la hilera de frascos de cristal, sobres de papel, tarros de cerámica y cajitas de madera que Moisés había dispuesto con una simetría casi militar—. En ese caso, sal gorda. De la normal.
—¿La que sirven en las empanadas?
—La que sirven en cualquier sitio.
—Pero esta es de los Alpes.
—No lo necesita.
—Esta es de un manantial hawaiano.
—Tampoco.
—Esta tiene trufa.
—Menos aún.
—Entonces, ¿cuál?
Octavio abrió un cajón, rebuscó entre los utensilios y sacó un paquete de un kilo de sal gruesa, con la etiqueta de un fabricante de segunda línea, que había estado perdido en el fondo desde que se inauguró la cocina. Lo depositó sobre la encimera con una dignidad que pocos sabrían sostener.
—Esta.
—Es fea.
—Es honesta.
—¿Estás seguro?
—He observado su preferencia en el episodio de la lavandería. Ella tomó el salero de cristal de la trastienda, que contenía sal de mesa común.
—Es verdad.
—Y la tomó sin una sola mueca de desprecio.
—Tiene usted un ojo notable.
—Es una virtud de mi oficio.
—Entonces lo llevaremos en la bolsa de papel. No en un maletín.
—Eso me parece lo más adecuado.
Moisés se quedó mirando el paquete de sal gorda como quien contempla una reliquia sagrada. Luego, con un suspiro, lo cogió y lo metió con cuidado en una bolsa de estraza, que cerró con un nudo doble. Detrás de él, la nevera, la vitrina de los cristales y los fogones de seis llamas, intactos desde hacía años porque en aquella casa nadie cocinaba, parecían observarlo con una expresión de burla contenida.
—Octavio.
—Dígame.
—Estoy nervioso.
—Lo sé.
—No lo estaba ni cuando firmé la compra del astillero de Rotterdam.
—Eran los astilleros. Esto es una persona.
—Es peor.
—Es mucho peor.
—¿Cómo se negocia con una persona?
—No se negocia, señor. Se escucha.
—Eso es aún más difícil.
—Por eso lo hace tan poca gente.
El teléfono sonó sobre la encimera. Moisés miró la pantalla. ABUELA. Lo cogió, resignado.
—Dime, abuela.
—No te pongas la corbata.
—No me la voy a poner.
—Ni el traje gris.
—Voy de azul.
—Ni el azul.
—¿Entonces de qué?
—De persona.
—No tengo ese uniforme.
—Pues búscalo. Y lleva una cosa pequeña. Algo que no cueste dinero.
—Llevo sal.
—Eso es perfecto.
—¿De verdad?
—Es lo más bonito que te he oído decir en treinta años.
—Abuela, no estoy seguro de que...
—Moisés.
—Dime.
—Cuando tu abuelo vino a pedir mi mano, llevó un tarro de miel. Era lo único que tenía. Y le dije que sí antes de que terminara la frase.
—No voy a pedir su mano.
—Pero podrías.
—Abuela.
—Es un dato histórico. Nada más.
Colgó. Moisés se quedó mirando el teléfono. Luego, con una resolución que lo sorprendió a sí mismo, fue hasta el vestidor, apartó con los dedos una fila de trajes oscuros, de camisas almidonadas y de corbatas de seda, y sacó del último rincón, olvidado desde hacía años, un jersey de lana gris con los codos algo gastados, que le había regalado su madre una Navidad lejana. Se lo puso. Le quedaba un poco estrecho en los hombros. Se miró en el espejo del vestidor, con las manos en los bolsillos de unos pantalones de pana que le sentaban sorprendentemente bien, y se vio por primera vez, desde hacía mucho tiempo, como un hombre cualquiera.
—Esto es ridículo —dijo.
—Le sienta de maravilla, señor —respondió Octavio, desde la puerta.
—Parezco un profesor de filosofía.
—Parece usted mismo.
—Eso es peor.
—Eso es lo que quiere ella.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque no le ha pedido una sola cosa que no sea eso.
Moisés no respondió. Cogió la bolsa de sal, se la colgó del brazo como quien lleva un bolso y salió del vestidor con la frente alta. En el pasillo, la luz de la tarde caía en rayos oblicuos sobre el suelo de mármol. Octavio lo siguió, con la libreta en la mano y una sonrisa discreta que nadie, excepto una pared, llegó a ver.
A las seis de la tarde, la trastienda de Burbujas del Sur se había transformado, por obra y gracia de doña Gladys, en una sala de conferencias.
Habían apartado las montañas de toallas, habían cubierto la mesa de madera con un mantel de lino blanco, que doña Gladys reservaba para ocasiones tales como bodas y entierros, y habían dispuesto sobre él una cafetera, seis tazas desparejadas, un plato de galletas, un jarrón con tres margaritas de plástico y, en el centro, presidiendo la reunión con su expresión eterna de santo, el patito de goma amarillo. A un lado se sentaban Pía, Tulio, Yeimi, que había aceptado el cargo de secretaria de actas y llevaba un cuaderno de espiral con una piña en la tapa, y doña Gladys, que se había puesto su mejor delantal y se sentaba con las manos cruzadas y la mirada de un cuervo. Al otro, en sillas de formica que chirriaban a cada movimiento, aguardaban los representantes del otro bando.
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Editado: 04.11.2026