Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 10: Lo que dice la letra pequeña cuando por fin se lee

Hay noticias que se reciben de pie, noticias que se reciben sentado y noticias que, por razones que la ciencia aún no ha explicado, solo pueden recibirse debajo de una mesa. Pía London, a las tres y cuarto de aquella tarde, estaba a punto de descubrir a cuál de las tres categorías pertenecía la suya.

La doctora Ibáñez había cerrado la puerta del despacho con el pasador. Había descolgado el teléfono. Había bajado la persiana del ventanal, de modo que la luz dorada de la tarde se partía en rayas finas sobre el escritorio de cristal, y había servido, de una jarra de cristal que parecía tener sus propios recuerdos, un vaso de agua fresca que colocó frente a Pía con la delicadeza de quien deposita una bomba en un cojín.

—Beba un poco.

—No tengo sed.

—Beba un poco de todas formas.

Pía bebió un sorbo. El agua tenía un sabor a metal tibio, a monedas viejas, y por un instante pensó que el mundo entero se había puesto de acuerdo para recordarle aquel gusto insoportable. Dejó el vaso sobre la mesa. Cruzó las manos sobre el regazo. Mantuvo la espalda recta y la expresión de quien va a recibir la lectura de un testamento en el que no tiene ni una cuchara.

—Doctora. Me está asustando.

—Esa no es mi intención.

—Entonces dígalo. Sin adornos.

—Muy bien. —Ibáñez respiró hondo, entrelazó los dedos sobre la mesa y miró a Pía a los ojos—. Usted está embarazada.

El silencio que siguió duró lo que duran los silencios en las películas cuando el reparto contiene el aliento, es decir, un tiempo notablemente más largo del que cualquier ser humano podría soportar en la vida real. Pía no parpadeó. No se movió. En el techo, una lámpara de led emitía un zumbido apenas audible, y ella lo escuchó con la atención de quien intenta distinguir una nota concreta en medio de una orquesta.

—Perdone —dijo, al fin—. ¿Podría repetirlo?

—Está usted embarazada, señorita London.

—Ah.

—De aproximadamente dos semanas y un día. Contando desde el procedimiento.

—Ah.

—Con un valor de beta HCG de doscientos ochenta y cuatro, que es perfectamente consistente con...

—¿Y el desencadenante?

—¿Perdón?

—La inyección. La hormona. La que dura catorce días y da falsos positivos.

—Entiendo que usted lo ha investigado.

—Mi amiga lo ha investigado. Con un teléfono.

—Es una buena teoría. Muy sensata. —La doctora le dedicó una sonrisa breve, triste—. Pero la cifra de hoy no corresponde a un residuo. Los residuos disminuyen con el tiempo. La beta de usted, en cambio, va en aumento. Hay un segundo análisis en curso, que compararemos mañana, pero el patrón es inequívoco.

—Ah.

—Y además —continuó la doctora— la ecografía de la semana pasada, la del control de folículos, mostraba un endometrio ideal para la implantación. Si quiere puedo...

—No hace falta.

—Como prefiera.

—¿Podría repetirlo otra vez?

—Estoy segura de que me ha oído.

—Sí, pero quiero comprobar que las palabras no cambian.

—No cambian.

—Ya. —Pía asintió despacio, muy despacio, como una muñeca de cuerda que se detiene—. Es que verá, doctora, hay un pequeño problema. Un detalle. Casi una tontería.

—Dígame.

—Yo no he tenido relaciones sexuales desde hace trece meses.

—Lo sé.

—Trece. Con Julián. Que era un idiota. Y de eso hace mucho. Muchísimo. A estas alturas ni me acuerdo de su apellido.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cómo...?

—Esa es la parte difícil.

—Ah. —Pía levantó una ceja—. Hay una parte difícil.

—Hay varias.

—¿Y la primera cuál es?

La doctora Ibáñez se quitó las gafas, las dejó en el escritorio con un gesto cuidadoso, y por un momento pareció una mujer de otro siglo. Sin los cristales, su rostro de ojos azules y facciones afiladas tenía una vulnerabilidad inesperada, la de un general sin uniforme.

—La primera —dijo— es que lo que ocurrió el jueves, durante la tormenta, no fue una extracción de óvulos.

Pía se quedó mirándola.

—¿Cómo?

—Fue una inseminación.

—¿Una qué?

—Una inseminación intrauterina. Con una muestra de semen congelada. A usted le fue practicado un procedimiento de reproducción asistida que no estaba programado, que no estaba autorizado y que no era el que usted había firmado.

El segundo silencio fue todavía más largo que el primero. Pía, durante diez segundos exactos, no hizo absolutamente nada. Luego, con la cara de una persona que está recorriendo en su cabeza una biblioteca entera de vocabulario, preguntó con una vocecita aguda:

—¿Me han puesto semen?

—En términos médicos, sí.

—¿De quién?

—Eso, señorita London, es lo que voy a explicarle con toda la calma que pueda.

—¿Y por qué?

—Por un error.

—¿Qué error?

—Un conjunto de errores. Una cadena. Un lamentable accidente.

—¿Un accidente?

—Sí.

—¿Con semen?

—Con semen.

Pía se echó hacia atrás en la silla. El respaldo de cuero emitió un chirrido, y ella, que durante tres semanas había soportado hormonas, agujas, tormentas y sándwiches, sintió que algo en su interior se desajustaba con un clic muy fino, como el de una pieza mal encajada. Se llevó las manos a las sienes. Después se las llevó a la boca. Después se las llevó, sin saber por qué, a la barriga.

—Doctora —dijo.

—Dígame.

—¿Esto es una broma?

—Me gustaría que lo fuera.

—¿De la clínica? ¿De un programa de cámara oculta?

—No hay cámaras.

—Mire el techo.

—No hay cámaras, se lo aseguro.

—¿Y si las hubiera?

—Le pediría disculpas por adelantado.

Pía soltó una risa corta, aguda, que no se parecía a ninguna de las suyas. La reprimió con la mano. Luego, otra vez, la risa le escapó entre los dedos, y a la tercera ya no pudo contenerla y se dobló sobre sí misma con la frente a punto de tocar la mesa, sacudiéndose en una carcajada nerviosa y sin sonido que duró casi un minuto entero. La doctora Ibáñez esperó. Había visto reacciones de todo tipo en veinte años de profesión, y sabía que la risa, en un despacho de clínica, rara vez era signo de alegría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.