Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 11: El patito que lo sabía todo

El autobús largo y ruidoso devolvió a Pía London a su barrio a las seis y veinte de la tarde, bajo un cielo de color melocotón y con el cuerpo de una mujer que ha recorrido, en una sola jornada, el camino entre dos planetas.

Durante el viaje no pensó en nada. Había intentado pensar, al principio, con la frente apoyada en el cristal y el paraguas de principios entre las rodillas, pero su cabeza, saturada, se había negado a colaborar, y en su lugar se había puesto a hacer cosas inútiles y deliciosamente concretas: contar los semáforos, leer los letreros de las tiendas, observar a una niña de trenzas que hacía burbujas de chicle en el asiento de enfrente y que, a la quinta burbuja, le guiñó un ojo con una complicidad inquietante.

Al bajar en su parada, el aire le llegó cargado de olores. Pan caliente, fritanga, gasolina, ropa tendida, el humo dulce de las arepas de la señora Chelo. Contuvo la respiración por un momento, preparándose para la náusea, pero esta vez no llegó. En su lugar, algo mucho más sorprendente le subió por la nariz hasta el cerebro: una nostalgia inexplicable, una ternura sin motivo, la sensación de que cada detalle de aquel barrio feo y amado, las paredes descascaradas, los cables enredados, el perro color mostaza que dormía sobre su caja, merecía ser protegido.

—Ay, no —murmuró—. Ahora también me pongo sentimental con el paisaje.

El perro mostaza abrió un ojo, la miró con la indulgencia de quien lo ha visto todo, y volvió a dormirse.

Yeimi estaba sentada en los escalones del portal, con el uniforme de dentista, un pañuelo de papel hecho una bola en cada mano y los ojos muy abiertos. Se levantó de un salto al verla, tropezó con su propia bata, recuperó el equilibrio con un molinete de brazos y corrió hacia ella con una expresión de pánico que Pía había visto antes, pero solo en películas de naufragios.

—¿Qué dijeron? —preguntó—. ¿Qué pasó? ¿Es falso? ¿Es el desencadenante? ¿Te dieron el segundo pago? ¿Estás bien? ¿Estás viva? ¿Qué haces con esa cara?

—Hola, Yei.

—¡No me digas hola! ¡Dime algo!

—Tengo hambre.

—¿Qué?

—Quiero un mango verde con sal.

—Pía London, si no me dices ahora mismo lo que ocurrió en esa clínica, te juro por mi vida que te muerdo.

Pía la miró. Su amiga tenía la máscara de pestañas corrida, el moño torcido y una mancha de pasta de dientes en la manga. Llevaba allí, a juzgar por la pila de pañuelos arrugados a sus pies, más de dos horas. Había faltado al trabajo por segunda vez en una semana, con la excusa de una tía abuela que, a aquellas alturas, ya habría muerto tres veces y resucitado cuatro. Y la quería tanto, con una ternura tan absurda y tan enorme, que Pía sintió que se le humedecían los ojos.

—Sube —dijo—. Te lo cuento arriba.

—¿Es grave?

—Es... complejo.

—¿Complejo bueno o complejo malo?

—Complejo con paraguas.

—¿Eso qué significa?

—Que vas a necesitar sentarte.

Subieron las escaleras en silencio, con el eco de sus pasos rebotando contra las paredes de yeso. En el rellano del segundo piso, la señora Chelo las vio pasar con una olla en las manos y les gritó algo sobre una promoción de arepas de queso. En el tercero, don Efraín, desde su puerta entreabierta, levantó su termo en señal de brindis. Pía les respondió con una sonrisa de plástico.

El apartamento estaba en penumbra. En la cocina, Rosario había dejado una olla de sopa sobre el fuego, a medio hervor, y una nota pegada con cinta en la tapa: Me fui a casa de doña Chelo a por azúcar. Vuelvo en veinte minutos. Si llegas antes, remueve. Pía leyó la nota, apagó el fuego y se encerró con Yeimi en el cuarto, bajo la mirada impasible de Australia.

—Siéntate.

—Ya estoy sentada.

—Siéntate más.

—No se puede.

—Entonces agárrate.

—¿A qué?

—A lo que quieras.

Yeimi se agarró al borde del colchón. Pía se sentó a su lado, con las manos entre las rodillas, miró durante un momento la mancha del techo y soltó el aire con una lentitud ceremonial.

—Estoy embarazada.

Yeimi no dijo nada. Se quedó con la boca ligeramente abierta, los ojos fijos en la cara de su amiga, y por un instante pareció una estatua de sal a la que alguien hubiera olvidado dar la orden de seguir existiendo.

—¿Yei?

—Estoy pensando.

—Tómate tu tiempo.

—Es que no sé qué pensar.

—Es normal.

—Es que... es que lo sabía. Lo sabía desde que olí tu aliento a monedas. Pero una cosa es saberlo y otra es que te lo digan.

—Ya.

—Y además, ¿cómo?

—Eso es lo bueno.

—¿Hay una parte buena?

—No. Era ironía.

Pía le contó todo. Le contó el despacho, la persiana a medio bajar, la jarra de cristal, el vaso de agua con sabor a moneda. Le contó la voz de la doctora Ibáñez diciendo "inseminación" con aquella serenidad de funeral. Le contó la entrada triunfal de Brenda, el pasador flojo, la plancha, la R delante del número, el llanto a sus pies sobre la moqueta color perla. Le contó la cláusula de la página diecinueve, con su redacción escurridiza, y el renglón que no decía nada y decía todo. Le contó que la clínica pagaría todo y que la doctora llamaría al día siguiente. Le contó, por último, y con una vergüenza que le puso las mejillas ardientes, que había preguntado por un mango.

Yeimi la escuchó sin interrumpir, con los ojos cada vez más abiertos y las manos, aferradas al colchón, cada vez más pálidas. Cuando Pía terminó, hubo un silencio tan largo que la gotera del baño, tic, tic, tic, parecía marcar el compás de una marcha fúnebre.

—Repite lo de la R —dijo Yeimi, por fin.

—Una R delante del número. R-2709. Una receptora. En vez de 2709, donante.

—Una letra.

—Una letra.

—Una letra cambió tu vida.

—Una letra y un doctor de treinta y un años con cara de dieciocho.

—Dios santo.

—Y un patito.

—¿Qué patito?

—No sé. Es un decir.

Yeimi se levantó de golpe. Dio una vuelta completa por el cuarto, tropezó con la mesilla de noche, tiró el despertador amarillo, que empezó a gritar en el suelo, lo pisó, lo apagó con el tacón y soltó un alarido que debió de oírse hasta en el edificio de enfrente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.