Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 14: La junta de asesores y las pantuflas de la verdad

El contrato llegó el miércoles a las cinco de la tarde, en un maletín de cuero negro, con cierre de combinación, escoltado por un hombre de chaqueta oscura que se presentó en la puerta de la lavandería con una reverencia tan perfecta que doña Gladys, desde el mostrador, dejó caer la escoba.

—Señorita London —dijo Octavio—. De parte del señor Lynch.

—Ay, Dios —respondió Pía, que salía de la trastienda con un montón de manteles—. ¿Ya?

—Ha pasado un día y medio.

—Para mí han sido nueve años.

—Es una percepción frecuente en estos casos.

Octavio depositó el maletín sobre el mostrador, con la delicadeza de quien deja un huevo de dragón sobre un cojín, giró la rueda de combinación, abrió los cierres con dos chasquidos metálicos y levantó la tapa. Dentro, sobre un fondo de terciopelo azul oscuro, descansaban una carpeta de cuero con las iniciales M. L. grabadas en oro, un sobre blanco, una caja pequeña de cartón y un paquete envuelto en papel de seda.

—El borrador del acuerdo —explicó, señalando la carpeta—. Cuarenta y un páginas. Con anexos.

—Cuarenta y una.

—Y un resumen ejecutivo de dos páginas, por si prefiere empezar por ahí.

—¿Y el sobre?

—Una carta personal del señor Lynch. Escrita a mano. Dos veces. La primera la rompió.

—¿Por qué?

—Decía "estimada señorita", y le pareció que sonaba a embargo.

—Qué sensible.

—Es un hombre complejo.

—¿Y la caja?

—Es una cosa que no sé explicar.

Pía abrió la cajita. Dentro, envuelto en un pañuelo blanco, reposaba un patito de goma amarillo con los ojos pintados de negro y la expresión beatífica de un santo en el desierto. Se quedó mirándolo con la boca abierta. Doña Gladys, a su lado, se inclinó para ver mejor, y soltó un silbido largo.

—Qué mono.

—Es el patito —dijo Pía.

—¿Qué patito?

—El de la fuente.

—Ah, ese. El famoso.

—Lo he oído mencionar muchísimo.

—Es un símbolo —explicó Octavio, con una gravedad de embajador—. El señor Lynch dijo que si usted aceptaba leer el contrato, se lo entregara. Y que si no, también.

—¿Y si no lo acepto?

—Se queda con el patito igualmente.

—Qué generoso.

—Dice que no puede quedarse con él. Que lo mira y se pone a pensar.

Pía cerró la caja. La apretó contra el pecho con las dos manos, sin darse cuenta de lo que hacía. Doña Gladys, que lo vio todo, se llevó una mano a la boca para disimular una sonrisa, y desvió la vista hacia el techo.

—¿Y el paquete? —preguntó Pía.

—Eso no es del señor Lynch.

—¿No?

—Es de su abuela.

—¿De su abuela?

—Doña Eugenia me lo entregó esta mañana con instrucciones muy precisas. Que se lo diera a usted sin leer la tarjeta. Y que, si preguntaba, dijera que no sé nada.

—¿Y usted sabe algo?

—Todo.

—¿Y lo va a decir?

—Jamás.

—Qué lealtad.

—Es mi forma de querer.

Pía desenvolvió el papel de seda con dedos curiosos. Dentro había una caja de bombones, de esas de cartón forrado de terciopelo verde, con un lazo de raso y una pequeña tarjeta color crema. La abrió. Con una letra anticuada, redonda y firme, ligeramente temblorosa por la edad, había escrito:

Querida Pía: No me conoces, pero he oído hablar muchísimo de ti. Mi nieto es un hombre brillante y un completo inútil para casi todo lo importante. Te pido perdón por adelantado por lo que haga. Y te pido, si puedes, que le des una oportunidad. Hay hombres que aprenden tarde, pero aprenden bien. Con cariño, Eugenia Lynch. P.D. Los bombones son de licor. No te los comas. Dáselos a quien los merezca.

Pía soltó una carcajada. Doña Gladys, curiosa, se asomó por encima de su hombro, leyó la nota con los labios moviéndose, y exclamó:

—Me cae bien esa señora.

—Y a mí.

—Dáselos a quien los merezca.

—¿A quién?

—A mí, por ejemplo.

—Doña Gladys.

—Es una sugerencia.

—La tendré en cuenta.

Octavio, impasible, cerró el maletín.

—Si no necesita nada más, me retiro. El señor Lynch pide que lea con calma y que consulte con quien considere oportuno. Ha dispuesto un servicio de asesoría jurídica independiente, a su entera disposición, a cargo del despacho Salgado y Asociados.

—¿Independiente?

—Muy independiente.

—¿Pagado por él?

—Por una cuestión de logística.

—Entiendo.

—Pero si prefiere uno propio, tiene libertad absoluta.

—Tengo un primo.

—¿Perdón?

—Un primo de mi amiga. Tulio.

—¿Especializado en...?

—En tráfico.

—Ah.

—Pero es muy agresivo.

—No lo dudo —dijo Octavio, con la expresión impenetrable de un hombre que ha visto cosas peores—. Hágame saber si necesita aclaraciones. Mi número está en la tarjeta.

Se inclinó una última vez y salió, con la espalda recta y el paso medido. La campanita de la puerta sonó como una lata. Pía se quedó de pie junto al mostrador, con el patito apretado contra el pecho, la caja de bombones bajo el brazo y el maletín abierto sobre la formica, y comprendió, con una claridad casi aterradora, que acababa de entrar en una fase de su vida para la cual no existían instrucciones.

La junta de asesores se reunió esa misma noche, a las nueve, en la trastienda de Burbujas del Sur, con las persianas bajadas y la puerta cerrada con llave.

Había sido idea de Yeimi. Había insistido, con una vehemencia que no admitía réplica, en que una decisión de aquella magnitud no podía tomarse "a pelo", sino con un comité de expertos, un orden del día y una bolsa de patatas fritas. A las nueve en punto, alrededor de la mesa de madera cubierta con el mantel de cuadros de plástico, estaban sentados cinco personas, una caja de bombones abierta, el maletín de cuero, un termo de café y un patito amarillo que presidía la reunión desde el centro, con su mirada de santo.

A la cabecera, en calidad de presidenta, Yeimi, con un vestido amarillo canario y un cuaderno de espiral con una piña en la tapa. A su derecha, doña Gladys, con las gafas en la punta de la nariz y una expresión de absoluta solemnidad. A su izquierda, don Efraín, el zapatero, con su sombrero de pescador sobre las rodillas, que había sido invitado por ser, según Yeimi, "una persona de peso moral". Frente a ellos, la señora Chelo, de bata de flores, con un taper de arepas fritas, que consideraba "una aportación indispensable a cualquier debate". Y en el extremo, ligeramente apartado, con un traje barato color mostaza, una corbata con dibujos de semáforos y una calva reluciente, un hombre de unos cuarenta años que respondía al nombre de Tulio Castellanos, primo de Yeimi, abogado de tránsito.




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