Inseminada del Millonario

CAPÍTULO 9: La doctora que tenía una raya en la conciencia

El lunes llegó con un cielo despejado, un sol de cobre y una insolente sensación de normalidad.

Pía London se había propuesto vivir aquel día como si fuera cualquier otro. Con ese fin, y por consejo de nadie, aplicó un método infalible de su invención: hacer cada cosa en el mismo orden de siempre, a la misma hora de siempre, con la misma cara de siempre. Despertador amarillo apagado en el segundo cuatro. Dos tiempos para levantarse y evitar el concierto de resortes. Ducha con agua tibia, a la que pidió las cosas por favor. Un vistazo a Australia, que seguía suspendida sobre su almohada como un presagio de papel pintado.

El método funcionó hasta las siete y diez, momento en que abrió la puerta de la cocina y se encontró con que el café, su café, el que llevaba dos mil mañanas preparando en la cafetera italiana abollada, olía a caucho quemado.

—No —dijo, con la voz de quien reconoce a un traidor.

—Es el mismo de siempre —respondió Rosario desde la mesa, sin levantar la vista del crucigrama—. Lo hice yo.

—Huele raro.

—Huele a café.

—Huele a neumático.

—Hija, el café huele a café. Es lo único que se le puede pedir.

Pía se apoyó contra la encimera con la nariz tapada y los ojos cerrados. A su espalda, Yeimi, que había dormido en el sofá y se había levantado con un chasquido de articulaciones de anciana, observaba la escena con una taza entre las manos y una expresión de culpa profesional. Había sido la más pálida de las dos en toda la noche, la que más veces se había levantado a mirar por la ventana, la que con más empeño había guardado silencio.

—Hoy no tomo café —anunció Pía, con una dignidad que no le salió del todo bien—. Estoy cuidando la tensión.

—Tú nunca has tenido problemas de tensión.

—Estoy previniendo.

—¿Y desde cuándo?

—Desde hoy.

Rosario levantó los ojos del crucigrama. Los fijó en su hija durante un largo instante, con las gafas en la punta de la nariz y la lapicera suspendida a medio camino de una casilla. Después dejó el lápiz sobre la mesa, con un gesto lentísimo.

—Tengo una pregunta —dijo.

—Dime.

—Cinco letras. Empieza con M. Termina con A. Un sentimiento que se parece al miedo, pero con esperanza.

Pía se quedó muda. Yeimi se atragantó con su café.

—No sé —dijo Pía, al fin.

—Yo tampoco —admitió Rosario, sin dejar de mirarla—. Lo dejo para cuando vuelvas.

—Vuelvo temprano.

—Eso espero.

—¿Quieres que te traiga algo?

—Pan.

—Esta vez sí.

—Y la verdad, si tienes un hueco.

—Mamá...

—Es una broma, hija. Una broma de vieja. —Rosario le sonrió con ternura infinita y volvió a su casilla—. Llévate el paraguas.

—Hoy hace sol.

—Los paraguas no son para la lluvia. Son para lo que venga.

Y con esa frase, pronunciada con la naturalidad de quien comenta el precio de las patatas, la madre de Pía London dio por terminada la conversación, dejando en la cocina un silencio denso, brillante, cargado de cosas que nadie se atrevía a poner en palabras.

El autobús largo y ruidoso la llevó al norte con la puntualidad de una condena. Pía se sentó junto a la ventana, con el paraguas de principios entre las rodillas y la bolsa de papel de las galletas saladas en el regazo, y durante cuarenta minutos contempló el paisaje que cambiaba, como siempre, de los cables enredados a los árboles podados en forma de bola. Hoy los edificios de cristal reflejaban un cielo limpio, sin una sola nube, y ella pensó que era una pena que una ciudad pudiera estar tan hermosa justo cuando uno sentía que el estómago se le daba la vuelta.

En la parada frente a la clínica se bajó con las piernas firmes y la sensación de ir a una entrevista de trabajo. Cruzó la acera. Y se detuvo.

La fuente había sido reparada.

El chorro de agua subía y bajaba con su precisión geométrica de siempre, desafiando la gravedad con una arrogancia casi cómica. No gorgoteaba. No gemía. No emitía ningún sonido de ballena. Y en el borde de mármol, apoyado con aire distraído, estaba sentado un hombre alto, de traje azul marino, con una corbata de un gris perla discreto y un café en la mano, que miraba el agua como quien contempla el rostro de un viejo enemigo derrotado.

—Buenos días —dijo el hombre, sin volverse.

Pía se quedó de piedra.

—¿Cómo supo que era yo?

—Por el paraguas.

—Hace sol.

—Es una apuesta personal.

—Pues ha ganado.

Moisés Lynch giró la cabeza. Había algo distinto en su rostro, aunque ella no habría sabido decir qué: una cierta ligereza en el nudo de la mandíbula, un aire de sueño recuperado, o de un cansancio nuevo y agradable. Tenía los ojos oscuros más abiertos que de costumbre, y por primera vez Pía creyó ver en ellos una chispa que no era ni de hielo ni de negocio.

—¿Viene a la cita de las nueve y media? —preguntó.

—Sí. Un control. De rutina.

—Del programa.

—Del programa.

—Qué casualidad. Yo estoy aquí para inspeccionar la fuente.

—¿Es usted el fontanero?

—Soy el dueño.

—Pues yo creía que los dueños no se ensuciaban las manos.

—Eso era antes. —Alzó la mano derecha, y Pía vio, con asombro, que en el costado del puño había una mancha de grasa que la camisa limpia no había logrado ocultar—. He descubierto que me gusta. Resolver cosas con una llave inglesa. Es mucho más honesto que resolverlas con abogados.

—¿Ha arreglado usted la fuente?

—He colaborado. Con la ayuda de un técnico y un patito.

—¿Un patito?

—De goma. Amarillo. Estaba en la válvula.

Pía parpadeó. Y entonces, sin ningún aviso, soltó una carcajada tan limpia y tan repentina que dos palomas que picoteaban en el borde del mármol salieron volando. Moisés la miró reír con una expresión que no habría podido describirse como sonrisa, pero que se acercaba, de forma peligrosa, a una.

—Perdón —dijo ella, secándose los ojos—. Es que me lo imagino. Usted, de traje, con la llave inglesa, peleándose con un patito.




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