La maleta de Pía London tenía cuatro ruedas, de las cuales funcionaban dos, una cremallera que se abría sola con la puntualidad de un reloj suizo y un color indefinible entre el marrón y el verde, que su abuela había elegido en 1987 con el argumento de que "los colores feos no los roba nadie". Había viajado, en toda su existencia, tres veces: a la playa, a un funeral y a un congreso de lavanderías en el que Doña Gladys la había obligado a representar al negocio por razones nunca del todo aclaradas.
El sábado a las siete de la mañana, abierta de par en par sobre la cama, con la tapa apoyada contra la pared y el interior hecho un revoltijo de prendas, la maleta parecía una boca a punto de pedir clemencia.
—No cabe —dijo Pía.
—Cabe —respondió Yeimi.
—No cabe, Yei. Mira. Ya he metido tres camisetas, dos pantalones, la ropa interior, el uniforme de repuesto y mis pantuflas, y todavía me falta el neceser.
—Saca los zapatos.
—Son dos pares.
—Con uno vas bien.
—¿Y si me encuentro con una boda?
—No hay bodas en un ático de once habitaciones. Son todo despachos y salones.
—¿Y si necesito el otro par?
—Pues te lo mando por correo.
—No tienes correo.
—Tengo un cuñado en el gremio de mensajeros.
—No tienes cuñado.
—Es un decir.
Pía se dejó caer sobre la cama, al lado de la maleta, con los brazos en cruz y la vista clavada en el techo. Australia, que había pasado la noche a la deriva, parecía haberse detenido a mirar el espectáculo con una curiosidad solemne. En la cocina, entre el repicar de cacharros y el aroma a café, que esa mañana por primera vez no olía a neumático, se oía la voz de Rosario tarareando, con un fervor casi litúrgico, una canción de los años cincuenta.
—Yei.
—Dime.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—No es miedo de él.
—¿Entonces de qué?
—De mí.
—¿De ti?
—De acostumbrarme. De que me guste. De pensar que puedo quedarme en un sitio donde no pinto nada. De volver aquí, dentro de una semana, y no saber ya quién soy.
Yeimi dejó de doblar una blusa. Se sentó a su lado, en el borde del colchón, y le tomó la mano con las dos suyas, de uñas largas y esmalte amarillo.
—Escúchame bien —dijo—. Tú eres una mujer de lavandería, de barrio, de empanadas frías, de paraguas pesados y de techos con Australia. Eso no se te va a quitar por dormir una semana en un colchón caro.
—Podría.
—No. —Yeimi sonrió, con los ojos húmedos—. Porque si hay algo que no se puede lavar, mi vida, es el carácter.
—Qué profunda eres.
—Lo he leído en una taza.
Se rieron las dos. Y entonces, desde el umbral, con las pantuflas de felpa verde botella y una bolsa de papel de estraza apretada contra el pecho, apareció Rosario. Llevaba el pelo recogido en una trenza fina, la bata de lana bien abrochada y una expresión de gravedad casi ritual, como quien va a oficiar un entierro de segunda categoría.
—Hay que meter esto —dijo.
—¿Qué es?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
—Las necesarias.
Vació la bolsa sobre la cama con un gesto teatral. Cayeron, uno a uno, sobre la colcha: un frasco de aceite de manzanilla, una caja de galletas de mantequilla, un rosario de plástico, una estampita de la Virgen del Carmen plastificada, un paquete de pañuelos de papel, un pastillero con siete compartimentos, una bufanda de lana gris, tres naranjas, un calcetín de bebé de punto blanco, diminuto, casi invisible, y, por último, con un golpe sordo que hizo temblar las ruedas de la maleta, una sartén de hierro.
Pía y Yeimi se quedaron mirándola.
—Mamá —dijo Pía—. ¿Eso qué es?
—Una sartén.
—Ya lo veo.
—De mi abuela.
—¿Para qué?
—Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si hay que dar un escarmiento.
—Mamá, voy a casa de un señor con mayordomo.
—Y yo sé lo que son los señores con mayordomo.
—No tiene mayordomo. Tiene una ama de llaves.
—Peor. —Rosario cruzó los brazos y fijó en su hija una mirada severa—. Quien no tiene dónde guardar un secreto, tiene mil habitaciones donde esconder un cuerpo.
—Mamá.
—Es un refrán.
—No lo es.
—Lo acabo de inventar. —Rosario recogió la sartén, la sopesó, y la dejó otra vez en la cama con una dignidad infinita—. Llévala. Es de hierro. No ocupa mucho.
—Pesa tres kilos.
—Pues llévatela en la mano.
—Mamá, no voy a pasearme por un ático de lujo con una sartén.
—La señora Lynch tendrá curiosidad.
—Seguro.
—Y el hombre se lo pensará dos veces.
—Mamá, por favor.
Fue Yeimi la que, con una rapidez de prestidigitadora, deslizó la sartén en el fondo de la maleta, la cubrió con un montón de camisetas y cerró la cremallera con un movimiento seco. La cremallera, tras un par de segundos de resistencia, se abrió sola con un chasquido y la tapa se levantó, exhibiendo la sartén como un trofeo.
—No cierra —dijo Pía.
—Es la vida.
—Es una señal.
—Es una maleta del 87.
Rosario fue hasta el armario, hurgó entre las mantas y regresó con un objeto cuadrado envuelto en un paño. Lo depositó sobre la cama con una solemnidad aún mayor que la de la sartén. Era la almohada de Pía, la de las fundas de lunares azules, que olía a champú de manzana y a siete años de sueños arrugados.
—La almohada —dijo.
—Mamá.
—La de siempre.
—No hacía falta.
—Cuando uno cambia de casa, necesita algo que huela a casa.
Pía tomó la almohada. La apretó contra la cara, aspiró hondo y sintió, con una claridad devastadora, que nada en el mundo, ni los áticos ni los contratos ni los cincuenta mil dólares, olía tan bien como aquel pedazo de tela con restos de saliva. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Rosario, a su lado, le puso una mano en el hombro y le dio un ligero apretón.
—Y esto —añadió, con la voz algo ronca— es para ti. Para cuando el bebé... si el bebé...
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Editado: 04.11.2026