La teoría de lo inevitable ( La teoría del invierno 2)

Conversaciones nocturnas.

Justin.

Adam se cayó al suelo nada más entrar en la habitación. Me apoyé en la pared y me crucé de brazos.

—Has bebido demasiado —dije.

—Mira quién fue a hablar.

Adam se sujetó a la cama y se incorporó, para, segundos después, tropezar de nuevo y caer de espaldas sobre el colchón.

No pude contener la risa.

—Pedazo de imbécil —gruñó.

Me tumbé a su lado y miré a la ventana, la nieve caía y se estrellaba contra el cristal.

—¿Por qué las mujeres son tan complicadas? —musité.

Adam giró la cabeza en mi dirección y me observó con atención.

—No sabría decirte. ¿Lo preguntas por Anna?

Tardé varios minutos en responder.

—Sí.

—¿Y por qué no le dices de una vez lo que sientes? ¿Es tan complicado?

—¿Por qué no se lo dices tú a Emma?

Ambos guardamos silencio.

—Creo que voy a dormir —dije arropándome con la manta hasta la cabeza. El rarito no respondió, por lo que di por hecho que estaba de acuerdo.

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Desconozco cuánto tiempo estuve dormido, cuando desperté, Adam no se encontraba en la habitación

—Genial —dije.

Me incorporé despacio y miré mi reloj, eran las cuatro en punto. Me levanté y me dirigí hasta la ventana. La nieve había cesado y el viento mecía las ramas de los árboles cercanos.

A lo lejos, Aether estaba hecho una bola entre un par de matorrales. Abrí la ventana, un frío gélido me acarició el rostro.

—Joder, qué frío.

El zorro no se movía. ¿Se encontraría bien?

—¡Eh! —grité, no demasiado alto. —¡Aether!

El cambia formas, levantó la cabeza y me miró confuso.

—¡Muévete de ahí, vas a congelarte! —grité.

El muy imbécil me dedicó una sonrisa traviesa y corrió en dirección al hotel. Le perdí de vista cuando se adentró por la puerta principal.

¿Sería capaz de llegar a mi habitación?

A los cinco minutos varios golpes suaves resonaron en la puerta.

—No me jodas.

Abrí con recelo y el pequeño animal entró como una exhalación, saltando sobre la cama.

—Oye, ¿cómo demonios has llegado aquí?

—No había guardias de seguridad en la puerta.

—¿Y cómo sabías en qué habitación estaba? —pregunté, enarcando una ceja.

—Conté las ventanas.

—Maravilloso, ahora puedes largarte —dije con indiferencia.

—Pensaba que te habías preocupado por mí —sonrió.

—No puedes quedarte aquí, comparto la habitación con Adam...

—¿Y?

—Que no sabe que eres una aberración de la naturaleza —gruñí.

—Muy bien, si me congelo esta noche será culpa tuya.

Aether se acercó a la ventana, pero logré cerrarla, antes de que se escabullera por el tejado.

—¿No querías que me marchara? —exclamó con una sonrisa traviesa.

—Que conste que me estás haciendo chantaje emocional y además... —comencé. —¿Qué...qué haces?

Una luz blanca, inundó la habitación y el zorro volvió a convertirse en el pelirrojo buenorro, sólo había una objeción, estaba en pelotas.

—¿Podrías cubrirte? —exclamé mirando hacia la puerta. —Dios, es asqueroso.

—Pensaba que los seres humanos teníais lo mismo.

—Si amigo, pero no es necesario verte desnudo.

En ese momento Adam abrió la puerta y se quedó perplejo. El chico paseó la mirada del pelirrojo a mí y viceversa.

—Creo que he interrumpido algo...

—Soy Aether —exclamó el pelirrojo, con una sonrisa.

Aquello era demasiado, no iba a volver a beber en mi vida.

—¡Deja de saludar! —gruñí cuando pasé a su lado, justo, cuando Adam iba a marcharse.

—No quiero molestaros —carraspeó.

—Aquí no está pasando nada, este es un tío que me encontré borracho abajo, le hice el favor de esconderle para que las damas no se escandalizaran.

Adam miró a Aether y enarcó una ceja.

—Es normal que se escandalicen, menudo...

—Gracias —sonrió con descaro el pelirrojo.

—¿Queréis parar ya? Joder. —Dije, pasándome la mano por el cabello con frustración.

—¿Por qué vas desnudo? —preguntó Adam, ignorándome.

—Esto no puede estar pasando —suspiré, dejándome caer sobre la cama.

—Me siento cómodo en este estado —respondió el cambia formas.

—¿Eres un exhibicionista? ¿Sabes que es una conducta patológica?

—Bueno en realidad yo no soy...

—No es un competidor —le corté.

Ambos me miraron.

—Y ya se iba, ¿verdad? —dije empujándole hacia la puerta, mientras intentaba no tocarle demasiado.

—¿Pues no decías que no querías que estuviera desnudo por el hotel?

Cogí el primer jersey y los primeros jeans que vi en mi maleta y se los entregué de mala gana.

—Mañana hablaremos de esto —le susurré, mientras le empujaba al pasillo y cerraba tras de mí.

—¿Y tú dónde estabas?

—Estuve con Emma —respondió sin más.

Levanté una ceja.

Iba a abrir la boca para preguntar, cuando llamaron a la puerta.

—Venga ya —me quejé.

Adam abrió despacio. Al otro lado, Aether completamente vestido con mi ropa, sostenía un preservativo en la mano.

—Encontré esto en el pasillo de abajo, tengo entendido que algunos de vosotros los usáis para el apareamiento.

—¿Qué? —exclamó Adam con incredulidad.

Se lo arrebaté de mala gana y le cerré la puerta en la cara.

—Toma —dije extendiendo mi mano hacia el rarito.

—¿Qué haces?

—Si va a pasar algo entre vosotros, no quiero que un bebé gordo y llorón me llame tío Justin.

Adam abrió mucho los ojos y negó.

—Eso no va a pasar.

Le cogí la mano, y le puse el preservativo en la palma. Después me giré y me metí en la cama. Escuché a Adam abrir y cerrar la cremallera de su mochila y sonreí.

— Ya me lo agradecerás —susurré, antes de quedarme completamente dormido.

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A la mañana siguiente fui a buscar a las chicas a su habitación, mientras Adam se daba una ducha rápida.

Anna me miró con una sonrisa sarcástica que no me gustó.

—¿Qué pasa Annita, has tenido una mala noche? Te noto...tensa.




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