Teoría del Azul

CAPÍTULO 14

POV ENZO

Desperté lentamente.

No hubo un momento exacto en el que pudiera decir que había recuperado la conciencia. Fue más bien una transición incómoda entre el sueño y la vigilia, como si mi cuerpo estuviera intentando decidir si realmente estaba listo para volver a funcionar. Me removí en la cama y lo primero que sentí fue humedad.

La camiseta estaba pegada a mi piel y tenía el cabello empapado de sudor. El calor insoportable de la noche había desaparecido, pero había dejado detrás un dolor generalizado que parecía extenderse desde los hombros hasta las piernas, producto de la propia fiebre de anoche.

Me moví ligeramente y fue una pésima idea porque un dolor sordo me recorrió todo el cuerpo.

—Mierda…

Me llevé una mano al rostro y permanecí unos segundos con los ojos cerrados, tratando de recordar bien todos los sucesos de la noche, y poco a poco las imagines fueron invadiendo mi memoria.

Primero, Noah entrando a mi habitación después el frio que me caló los huesos, el agua, la voz de Gabriela y sus pequeñas manos acariciándome la frente. Recordé sus brazos alrededor de mí, abrí los ojos lentamente y observé la habitación vacía. Giré la cabeza hacia la silla, pero ella ya no estaba allí.

Me quedé observando el lugar durante unos segundos. No sé por qué esperaba encontrarla todavía dormida.

O quizá sí lo sabía.

Negué lentamente con la cabeza y me senté lentamente en la cama y apoyé los pies sobre el suelo, y entonces recordé todo lo demás. Mi comportamiento con ella los últimos dos días. La manera en que había empezado a irritarme verla hablar con otras personas. La incomodidad que sentía cada vez que estaba demasiado cerca. La conversación con Johnson. La lluvia. Y, sobre todo, las dos veces que le había dejado claro que no tenía que inmiscuirse, que no era su problema.

Me pasé ambas manos por el rostro.

—¿Qué hiciste, Enzo? —a pregunta salió en voz baja, pero claramente no esperaba una respuesta. Aunque mi propia mente parecía tener demasiadas.

Era consciente que había estado distante con Gabriela. No porque hubiera hecho algo, en realidad no había hecho nada y ese era precisamente el problema.

Ella simplemente estaba allí.

Había aparecido en mi vida, en la de mis hijos, en mi casa… y, de alguna manera que todavía no lograba comprender, había comenzado a ocupar espacios que durante años habían permanecido perfectamente vacíos y yo no sabía qué hacer con eso.

Me levanté con cuidado de la cama sintiendo las piernas un poco débiles, pero podían sostenerme. Miré alrededor una vez más.

¿Dónde estaba ella?

Entonces escuché algo, un suave murmullo de voces. Provenían de fuera de la habitación y me hizo agudizar el oído, identifiqué una voz infantil y luego otra. Y finalmente la voz de Gabriela. Lentamente tome rumbo hacia la puerta, el pasillo parecía más largo de lo habitual. Caminé despacio, apoyándome un momento en la pared cuando una pequeña punzada atravesó mi cabeza.

Las voces se hicieron más claras. Ahora identificaba risas, a Noah hablando demasiado rápido y a Gabriela riéndose.

Llegué hasta la cocina y me detuve en el umbral apoyando mi hombre mientras me cruzaba de brazos. La escena frente a mí me tomó completamente por sorpresa. Gabriela estaba sirviendo el desayuno, no estaba simplemente preparando algo, sino que estaba allí como si perteneciera a ese espacio. Había tres platos sobre la mesa y otro frente a una silla vacía. Sophia ya había comenzado a comer por su cuenta. Tenía el cabello un poco desordenado y su pequeño conejo descansaba sobre la silla junto a ella. Noah, en cambio, parecía haber olvidado completamente que estaba desayunando.

—…y entonces algunos científicos creen que ciertos dinosaurios tenían plumas —explicaba con una emoción que no podía ocultar—. Y además, los velociraptores no son iguales a como los muestran en las películas.

Gabriela dejó un plato sobre la mesa.

—¿Noah, no debería gustarte más la física? Las estrellas, el espacio, los planetas… ¿Vas a traicionar a tu padre por los dinosaurios?

Noah abrió los ojos.

—No le digas a papi que me gusta más la biología—dijo susurrando como si fuera un secreto de estado.

Gabriela soltó una carcajada.

—Tu secreto está a salvo conmigo—le guiñó un ojo.

Me aclaré la garganta para que notaran mi presencia.

—Acabo de escuchar algo terrible—dije con supuesta decepción.

Los dos niños se giraron. Noah fue el primero en levantarse.

—¡Papi!

Sophia no dijo nada, pero una enorme sonrisa le iluminó el rostro. Bajó de la silla y caminó rápidamente hacia mí. Me agaché con esfuerzo y ambos terminaron abrazándome. Noah me rodeó por el torso.

—¿Estás bien? —me preguntó con sus ojos verdes parecidos a los míos con un deje de preocupación.

—Sí, campeón—acaricie su cabeza.

—¿Ya no tienes fiebre?

—Creo que no.

Sophia no preguntó nada solo se aferró a mí. Su pequeño cuerpo contra el mío fue suficiente para hacerme comprender cuánto miedo había tenido durante la noche. La abracé con cuidado y besé su frente.




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