POV ENZO
Quería desaparecer.
No de una manera dramática. Literalmente quería que, por unos minutos, nadie me hablara, nadie me preguntara nada y, sobre todo, que mi cabeza dejara de funcionar. Estaba sentado dentro del automóvil, estacionado frente a la universidad, con ambas manos sobre el volante y la frente apoyada contra ellas, golpeando ligeramente mi frente contra los nudillos aferrados al volante.
Llevaba varios minutos así, no sabía exactamente cuánto y tampoco me importaba en este momento, solo cerré los ojos respirando profundamente. Volví a respirar.
No sirvió de nada.
La imagen seguía ahí, apareciendo sin permiso en mi mente. Gabriela de pie junto a aquella motocicleta a punto de subir, y yo deteniéndome sin pensarlo demasiado, sin siquiera cuestionarme si tenía algún tipo de sentido. Simplemente lo hice.
—¿Qué demonios estás haciendo, Enzo?
Mi propia voz sonó baja dentro del automóvil. No hubo respuesta, claro que no. La respuesta estaba en mi cabeza y era precisamente lo que no quería escuchar.
Te molestó.
Fruncí el ceño.
—No.
Sí.
—No.
Entonces, ¿por qué te detuviste?
Apreté los dedos alrededor del volante.
Porque iba al colegio.
Porque era mi vecina.
Porque podía llevarla.
Porque…
Porque…
Ninguna explicación parecía suficientemente convincente, por más que intentara enlistarlas. Había otras personas que podían llevarla, el maestro Johnson por ejemplo, también podía tomar el transporte, podía caminar. No era mi problema.
Entonces, ¿por qué había sentido esa necesidad inmediata de detenerme?
¿Por qué, cuando la vi a punto de subir a la motocicleta, algo dentro de mí reaccionó antes de que mi cerebro pudiera intervenir?
Golpeé suavemente el volante con la palma.
—Esto es absurdo—solté un suspiro.
Noah y Sophia habían ayudado esta mañana, eso había sido un golpe de suerte para que no se viera tan extraña mi actitud. Una coincidencia. Una excusa perfecta.
Sophia quiere cantarte una canción.
Casi podía imaginar la expresión de Gabriela si hubiera descubierto que aquello había sido una mentira. Solté nuevamente el aire, ni siquiera sabía por qué estaba pensando en eso. Levanté la cabeza y me incorporé un poco y miré hacia el parabrisas. La universidad estaba frente a mí. Personas entrando. Estudiantes caminando. Profesores hablando. Todo continuaba con absoluta normalidad.
Excepto yo.
Yo estaba sentado dentro de mi automóvil intentando encontrar una explicación lógica para una reacción que no la tenía y eso era lo que más me molestaba. Yo siempre entendía las cosas, tenía la costumbre de analizarlas, dividirlas, encontrar patrones, causas, consecuencias, pero esto… esto no tenía una estructura. No era como las fórmulas que estaba acostumbrado a despejar, no había una ecuación, no había una respuesta. Solo una incomodidad constante que llevaba semanas creciendo. Y sabía perfectamente cuándo había comenzado.
Con ella.
Con Gabriela.
Cerré los ojos.
—Tienes que detener esto.
Lo dije en voz alta.
Como si decirlo fuera suficiente.
—En serio, Enzo. Tienes que detenerlo.
Tenía que tomar el control de mí mismo, de mis pensamientos, mis límites. Todo. Porque Gabriela no tenía la culpa de nada. Ella solo era una mujer encantadora, amable, atenta, cariñosa con mis hijos, y yo…
Yo estaba reaccionando a cosas que ni siquiera deberían importarme. Una motocicleta. Una conversación. Una sonrisa. Un hombre. Un abrazo.
Abrí los ojos de golpe, haciendo que ese último pensamiento me tensara completamente. El abrazo… claro, ese impulso infantil que me estaba haciendo querer desaparecer. Eso había sido todavía peor, porque aquella mañana había cruzado una línea que yo mismo había intentado mantener durante semanas.
La había abrazado.
Sin pensarlo, y después había tenido que huir como un adolescente que acaba de hacer algo estúpido. Me pasé una mano por el rostro con frustración.
—Excelente, Enzo.
Un sonido golpeó la ventanilla, tres pequeños golpes. Levanté la cabeza. Samuel estaba de pie junto al automóvil, mirándome a través del cristal con una sonrisa extraña.
Bajé el vidrio.
—¿Qué? —mi voz salió más molesta de lo que pensaba.
—¿Qué haces ahí tan miserable?
Rodé los ojos.
—Nada.
—Llevas como cinco minutos con la cabeza pegada al volante —Samuel se ajustó los lentes, divertido.
—Estaba pensando.
Editado: 29.09.2026