Alquilé un Papá en Temu

CAPÍTULO 1La mentira perfecta

Camila Almonte tenía una teoría sobre las mentiras: las pequeñas se mantienen solas, como las plantas resistentes, pero las grandes necesitan riego diario, poda constante y una memoria de elefante. Ella había descubierto, con los años y con un cansancio que no aparecía en ningún manual de maternidad, que su mentira había crecido tanto que ya no cabía en la maceta.

Aquel domingo de principios de noviembre amaneció con un sol descarado que se colaba por las persianas del apartamento, un segundo piso pequeño y luminoso en un edificio de Naco donde el ascensor funcionaba solo cuando le daba la gana. Camila abrió un ojo, después el otro, y comprobó que el reloj de la mesita marcaba las siete y cuarenta. Era una hora criminal para un domingo, pero no tenía manera de renegociarla, porque a los pies de su cama, con los brazos cruzados y una expresión de solemnidad impropia de sus cinco años, estaba Mateo.

—Mami —dijo el niño—. Tengo una pregunta importante.

—Las preguntas importantes se hacen después del café —murmuró ella, hundiendo la cara en la almohada.

—Pero el café es tuyo, no mío.

—Exacto. Por eso es el café lo que tiene que estar listo antes de la pregunta.

Mateo lo pensó con el ceño fruncido, que era el gesto que había heredado de ella y que solía aparecer cuando se enfrentaba a una injusticia o a una lógica con huecos. Después, con la paciencia de un diplomático curtido, se sentó en el borde de la cama y esperó. Camila conocía esa estrategia. Era la técnica del silencio acusador, y funcionaba mejor que cualquier despertador.

Se incorporó con un suspiro, se recogió el pelo castaño en un moño improvisado y estudió a su hijo. Tenía el cabello oscuro y rizado, siempre despeinado, y unos ojos grandes de un color entre miel y avellana que cambiaban según la luz. Llevaba puesta la camiseta del pijama al revés, con la etiqueta asomándole por debajo de la barbilla, y en la mano derecha apretaba una hoja de papel doblada en cuatro.

—Está bien. Suelta la pregunta.

Mateo desdobló la hoja con extremo cuidado y la extendió sobre el edredón, alisándola con la palma. Era un dibujo hecho con crayones, de esos que parecen un mapa del tesoro dibujado por un pirata con prisa. Había una casa con el techo torcido, un sol con lentes oscuros, una mujer de pelo largo con una sonrisa que le ocupaba media cara, un niño con rizos exagerados y, a la derecha, un hombre muy alto con una corbata roja y un casco amarillo de obrero.

—Es la actividad de la escuela —explicó Mateo—. La maestra Karina dijo que cada uno tiene que dibujar a su familia para el mural de Navidad. Y yo dibujé a mi papá con casco porque tú dices que construye puentes.

A Camila se le heló la sangre en el tramo exacto entre el estómago y la garganta.

—Muy bonito —logró decir—. El casco te quedó perfecto.

—Gracias. Pero la pregunta es esta: ¿mi papá tiene el pelo negro o marrón? Porque Sebastián dice que si no sé de qué color tiene el pelo, mi papá no existe.

Hubo un silencio largo, de esos en los que se oye el motor de la nevera y el ladrido lejano de un perro en el patio del vecino. Camila sintió el peso de cinco años de pequeñas decisiones, cada una razonable en su momento, cada una un ladrillo en la pared de una casa que ahora amenazaba con caerle encima.

—Tu papá —dijo despacio— tiene el pelo oscuro. Casi negro. Pero con la luz del sol se le ve un poquito marrón.

—¡Lo sabía! —Mateo levantó el puño con aire triunfal—. Se lo voy a decir a Sebastián. Y le voy a decir que mi papá es más alto que su papá.

—Cariño, no hace falta competir con Sebastián.

—Sí hace falta, porque Sebastián dice que su papá es bombero.

—Los bomberos son muy valientes.

—Pero los puentes son más grandes que los incendios.

Era imposible discutir con esa clase de razonamiento. Camila besó la coronilla de su hijo, aspiró el olor a champú de manzana que todavía le quedaba del baño de la noche anterior y se levantó rumbo a la cocina con la sensación de que alguien le había puesto una bolsa de arena sobre los hombros.

Mientras la cafetera gorgoteaba, apoyó la frente contra la puerta del gabinete y se permitió, durante exactamente diez segundos, cerrar los ojos y contar hacia atrás. Era un ejercicio que había aprendido en un video de relajación y que, en teoría, ayudaba a controlar la ansiedad. En la práctica, lo único que lograba era darle tiempo a su cerebro para repasar, como un noticiero cruel, la historia entera de cómo había llegado hasta aquí.

Todo había empezado hacía seis años y medio, con un hombre llamado Gustavo Peña. Gustavo era encantador de la manera en que lo son los hombres que han practicado mucho ser encantadores: contaba chistes, recordaba los cumpleaños, tenía una sonrisa que parecía sacada de un anuncio de pasta dental y un talento natural para prometer cosas que nunca pensaba cumplir. Habían salido un año y tres meses. Camila había creído, con la ingenuidad de sus veinticuatro años, que aquello era el principio de algo permanente. Cuando una prueba de embarazo con dos rayitas rosadas le cambió el rumbo de la vida, se lo contó con el corazón en la mano y una cena casera que le había salido bastante decente.

Gustavo escuchó la noticia, dejó el tenedor sobre el plato, dijo que necesitaba aire y bajó a comprar cigarrillos. Nunca volvió. Camila lo esperó hasta pasada la medianoche, luego hasta el amanecer y después durante tres semanas más, porque la esperanza es una cosa terca y no entiende de dignidad. Cuando por fin entendió que el hombre se había evaporado, cambiado de número y mudado de ciudad, ya tenía ocho semanas de embarazo, un trabajo que apenas le alcanzaba para el alquiler y un problema enorme: su familia.

Porque los Almonte no eran una familia cualquiera. Eran una institución. Eran seis tíos, doce primos, una abuela con opiniones sobre todo, una madre con una intuición de detective y dos hermanos que se consideraban, cada uno a su manera, los guardianes de su honra. En esa casa se celebraban los cumpleaños con dos pasteles, las graduaciones con una misa y los chismes con una puntualidad envidiable. Camila los quería con locura. También le tenía pavor.




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