Alquilé un Papá en Temu

CAPÍTULO 12 La casa verde

Camila Almonte pasó la noche del jueves imaginando la casa verde por dentro, y cuando el viernes por la tarde por fin estuvo frente a su portón oxidado, descubrió que su imaginación había sido, como casi siempre, excesivamente dramática y absolutamente equivocada. Había supuesto penumbra, humedad, muebles cubiertos con sábanas, un silencio de museo abandonado. Lo que encontró, cuando Leandro abrió la puerta con una expresión de pánico apenas disimulado, fue un olor a cebolla sofrita, una radio que sonaba bajito y un pasillo estrecho en cuyas paredes colgaban, alineados con una precisión casi militar, veintitrés cuadros de tamaños distintos que representaban, sin excepción, barcos de pesca.

—Mi abuelo —explicó él, antes de que ella preguntara.

—¿Los pintó él?

—Los compraba. Cada vez que cobraba, compraba uno en el mercadillo del puerto. Decía que un hombre que vive del mar tiene que rodearse de él en tierra, por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Nunca lo aclaró. Mi madre decía que era superstición. Mi padre decía que era un vicio.

—¿Y tú qué dices?

—Que tiene una coherencia admirable.

Camila sonrió y avanzó por el pasillo con las manos entrelazadas a la espalda, como una visitante en una galería. Había traído una bolsa con mangos, por pura broma privada, y la sostenía contra el pecho con una dignidad forzada. Leandro la había mirado al verla en el portón, había abierto la boca, la había cerrado, y finalmente había dicho que aquello era una provocación. Ella había contestado que era logística.

La sala era pequeña y estaba ordenada con una obstinación que hablaba de esfuerzo. Un sofá de tela gastada, cubierto con una manta de lana a cuadros. Una mesa baja con un tapete tejido a mano. Una estantería con libros de segunda mano, una radio antigua, un jarrón sin flores. Sobre la ventana rota, el cartón había sido sujetado con tanta cinta adhesiva que formaba una especie de escultura plateada, y alguien, quizás Lucía, había dibujado encima con rotulador negro un sol sonriente con lentes oscuros.

—¿Ese sol lo dibujó tu hermana?

—Lo dibujó Mateo.

—¿Cómo?

—El domingo, cuando subió a dejarlo en la cama. Se escapó un momento al balcón, o eso dijo. —Hizo una pausa—. No, perdona. Eso es mentira. Lo dibujó Lucía, imitando el estilo de un sol que vio en tu nevera.

—¿En mi nevera?

—Lo vio cuando fue a buscarte el sábado, hace dos semanas. Pasó por tu portal para dejarte un tupper y vio el dibujo a través de la ventana.

—¿Lucía estuvo en mi casa?

—En el portal. No subió. Pero dice que el sol tenía mucha personalidad.

Camila tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá. La idea de que aquella mujer menuda, de ojos verdes y manos firmes, hubiera estado a unos metros de su puerta, sin que ella lo supiera, dejando un tupper que nunca había llegado a recibir, le produjo una ternura desconcertante.

—¿Qué había en el tupper?

—Empanadillas.

—¿Y por qué no me lo dio?

—Porque en el último momento le dio vergüenza. Se las comió ella en el autobús.

—Qué desperdicio.

—Dijo que estaban buenísimas.

—Seguro que sí.

Se quedaron un momento mirándose, en la sala pequeña, con la radio murmurando un bolero lejano. Leandro llevaba una camisa de cuadros remangada y unos pantalones de trabajo con una mancha de pintura en la rodilla. Tenía el pelo húmedo, recién lavado, y una expresión tan vulnerable que a Camila le costó sostenerle la mirada.

—Estás nervioso —dijo.

—Muchísimo.

—Es solo una casa.

—Es mi casa.

—Y es muy bonita.

—Es un desastre.

—Tiene veintitrés barcos.

—Veinticuatro. Falta uno en la cocina.

—Quiero verlo.

—No es un buen barco.

—Mejor.

Lo siguió hasta la cocina. Era un cuarto estrecho, con una encimera de formica descolorida, un fregadero de acero, una estufa de dos fuegos y una nevera antigua que zumbaba con la solemnidad de una abuela cansada. En la pared, sobre la mesa, colgaba el barco veinticuatro, un óleo diminuto y torpe de una barca roja sobre un mar de un azul imposible. Y en la puerta de la nevera, sujeto con un imán en forma de pez, había un dibujo hecho con crayones.

Camila se detuvo.

Era el dibujo que Mateo le había regalado el día de la primera cena. La casa de techo torcido. El sol con lentes oscuros. El niño de rizos exagerados, la mujer de pelo largo, y entre los dos, un hombre alto con una corbata azul y una sonrisa enorme. Encima, con letras temblorosas, ya no se leía MI PAPÁ. Alguien había tachado esas palabras con un rotulador y había escrito debajo, con letra grande e inclinada: EL SEÑOR LEANDRO.

—Lo corregí yo —murmuró él, a su espalda.

—¿Por qué?

—Porque no me pertenecía.

Camila sintió que se le cerraba la garganta. Se quedó mirando el dibujo mucho tiempo, sin atreverse a tocarlo. Había en aquella rectificación, tan pequeña, tan callada, una honestidad que la golpeó con más fuerza que cualquier declaración.

—Lo prometí —continuó él—. En la nevera. En el lugar más importante. Y lo cumplí, pero no podía dejarlo con esa palabra. No sería justo con él. Ni contigo.

—Leandro.

—Es solo un dibujo.

—No lo es.

—No lo hagas más grande de lo que es.

—Es lo que me dices siempre.

—Porque siempre se te agranda todo en las manos.

—Es mi especialidad.

—Una de las buenas.

Sonrió, y ella le devolvió la sonrisa con los ojos húmedos. Después, para disimular la emoción, dejó la bolsa de mangos sobre la mesa con un golpe teatral.

—Traje esto.

—Lo sospechaba.

—Es una broma.

—Es una amenaza.

—Es un regalo.

—Entonces los acepto con gratitud.

—Y con miedo.

—Con las dos cosas.

Se echó a reír, y el sonido llenó la cocina con una calidez inesperada. Camila se sentó en una de las dos sillas de madera, y él, tras un momento de duda, se sentó frente a ella. Durante unos minutos hablaron de cosas pequeñas: del tiempo, de la radio, de la manera en que la nevera tenía un ruido que sonaba exactamente como un trombón enfermo. Él puso a hervir agua para un café que ninguno de los dos quería, solo para tener algo que hacer con las manos, y ella lo observó moverse con una soltura doméstica que la conmovió sin que supiera explicar por qué.




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