Camila Almonte no durmió, y lo que más le molestaba era no poder atribuírselo a un solo motivo. Si hubiera sido por el pánico, habría podido tomar una infusión. Si hubiera sido por la culpa, habría rezado un rato. Pero lo que le quitaba el sueño era una mezcla indigesta de todo: la cara de Mateo cuando le abrió la puerta a un desconocido, la risa de su hijo en la cocina, el vaso de refresco que alguien había dejado sobre la mesa y, sobre todo, la certeza humillante de que había comprado a un hombre por internet y de que el hombre, para colmo, había resultado ser de verdad.
A las cuatro y media de la madrugada se rindió. Se levantó descalza, puso la cafetera y se sentó a la mesa de la cocina con una libreta de espiral y un bolígrafo que fallaba cada tres palabras. Si algo había aprendido en seis años de trabajo en publicidad era que cualquier desastre se vuelve menos aterrador cuando se convierte en una lista, así que escribió en la parte superior de la página, con mayúsculas y subrayado doble: CONDICIONES.
Debajo, con la letra apretada de quien redacta un tratado con un país enemigo, fue anotando.
Uno. Mateo no es un juguete ni un público. Nada de promesas, nada de regalos grandes, nada de contarle cosas que no le corresponden.
Dos. No se improvisa. Todo lo que se diga delante de mi familia estará ensayado.
Tres. No se habla de dinero en presencia de nadie que lleve el apellido Almonte.
Cuatro. A mi madre se le dice Doña Dolores. Siempre. Sin diminutivos, sin apodos, sin gracias.
Cinco. Nada de contacto físico innecesario delante de la familia, salvo el mínimo que exija la farsa.
Seis. Cada aparición se avisa con un día de antelación. Nada de presentarse a mi casa sin avisar.
Siete. Cuando yo diga que se acabó, se acaba.
Se quedó mirando la lista un buen rato. Le pareció razonable y, al mismo tiempo, absurda, como un manual de instrucciones para domar a un animal del que no se sabe nada. Añadió una octava línea, la tachó, la volvió a escribir y la dejó así: Ocho. Esto es un trabajo, y se paga como tal.
Cuando Mateo apareció en la cocina a las siete y diez, con el pelo convertido en un nido y el Señor Rexito colgando de un brazo, la encontró en la misma posición, con la taza vacía y la mirada fija en el papel.
—Mami, ¿escribes una carta a los Reyes Magos?
—Es una lista de trabajo.
—¿De qué trabajo?
—De uno complicado.
—¿Hay que ponerle un dragón?
—Todavía no. Pero no descarto nada.
Mateo se subió a una silla, se sirvió cereal con una puntería dudosa y esperó a que ella se sentara frente a él antes de plantear lo que, evidentemente, llevaba pensando desde que abrió los ojos.
—¿El señor Leandro va a volver?
Camila dejó la taza sobre la mesa con más cuidado del necesario.
—No lo sé, mi amor.
—Pero tú le dijiste que lo ibas a pensar.
—¿Escuchaste eso?
—Estaba lavándome las manos. Con la puerta abierta.
—Los niños deberían tener derecho a la privacidad de sus madres.
—Los niños tienen derecho a saber.
—¿A saber qué?
—Si van a tener un amigo nuevo.
Camila abrió la boca para responder y se dio cuenta de que no tenía ninguna frase preparada. Había pasado la noche entera ensayando discursos para su madre, para su hermano, para el propio Leandro, pero ninguno para aquel interrogador de cinco años que la miraba con una cucharada de cereal suspendida en el aire.
—El señor Leandro es una persona que vino a ayudarme con unas cosas —dijo despacio—. Es posible que lo veamos otra vez. Pero no es de la familia, Mateo. No es alguien que va a estar siempre aquí. ¿Entiendes la diferencia?
—Entiendo.
—¿De verdad?
—Sí. Pero me cae bien igual.
—A mucha gente le caen bien las personas que no ve todos los días.
—¿Y a ti te cae bien?
—Todavía no tengo suficiente información.
Mateo masticó el cereal con expresión pensativa.
—Eso significa que sí.
—Eso significa que no tengo suficiente información.
—Cuando mamá Chela dice eso del tío Fernando, significa que sí.
Camila se frotó las sienes. Tenía cinco años de experiencia como madre y dos horas de sueño acumuladas, y estaba perdiendo una discusión contra alguien que todavía no sabía atarse los zapatos.
—Come y vístete. Llegamos tarde.
En el camino al colegio, mientras un autobús le cerraba el paso con la elegancia de un elefante, sonó el teléfono. Era Joel. Dejó que sonara hasta que se cortó, y volvió a sonar. Lo dejó sonar de nuevo. A la tercera, con Mateo cantando una canción sobre una vaca astronauta desde el asiento trasero, contestó con el altavoz y un tono de advertencia.
—Estoy conduciendo.
—Buenos días a ti también, hermana adorada. Quiero detalles.
—Estoy conduciendo con tu sobrino atrás.
—Hola, Mateo.
—¡Hola, tío Joel! ¡Ayer vino un señor a casa y comió pizza!
Hubo un silencio de medio segundo, que a Camila le sonó como un trueno.
—Camila —dijo Joel con una voz tan dulce que daba miedo—. Voy a necesitar que me llames cuando estés sola.
—No hay nada que contar.
—Un hombre comió pizza en tu casa. Tú misma lo dijiste ayer. Hay mucho que contar.
—Luego hablamos.
—Dime solo una cosa. ¿Es guapo?
—Joel.
—Es una pregunta sociológica.
Camila colgó. Mateo, en el asiento trasero, preguntó qué significaba sociológica, y ella tuvo que improvisar una definición sobre el estudio de las pizzas que no convenció a ninguno de los dos.
Lo dejó frente al colegio, con un beso en la frente y la mochila enorme sobre los hombros. La maestra Karina la saludó con la mano desde la puerta. Camila le devolvió el gesto con una sonrisa de plástico y arrancó con la sensación de haber escapado por poco de un tribunal.
La mañana en la oficina fue un ejercicio de camuflaje. Se sentó frente a la propuesta de la cervecería, abrió tres hojas de cálculo y fingió una concentración que no sentía. Cada dos minutos revisaba el teléfono sin saber qué esperaba encontrar. A media mañana, Marisol Quezada se detuvo junto a su escritorio con su café en una mano y una expresión de sospecha profesional.