Alquilé un Papá en Temu

CAPÍTULO 16 La reunión de padres

El martes amaneció con un mensaje que Camila Almonte leyó antes de abrir los ojos del todo, con el teléfono pegado a la cara y la luz azulada de la pantalla dibujándole sombras en las pestañas.

Leandro: Buenos días. Pan con queso, café y una mandarina. La mandarina fue por ti.

Sonrió contra la almohada. Después recordó que tenía una reunión en el colegio a las cuatro, una cena el jueves, una decisión pendiente sobre un mural y una familia entera a la que tendría que mirar a los ojos, y la sonrisa se le quedó a medias, como una puerta que se cierra despacio. Aun así respondió con un pulgar levantado y una frase que le pareció de una frialdad ejemplar: Muy bien. Sigue así. Él contestó con un solo signo, una interrogación, y ella entendió que la frialdad no había engañado a nadie, ni siquiera a ella.

Mateo desayunó con una calma que a Camila le resultó casi sospechosa. Se comió el cereal sin protestar, se puso los zapatos azules sin negociar y caminó hasta el carro con el cuaderno bajo el brazo y el Señor Rexito colgando de la mano, como cada mañana. Pero cuando ella le abrochó el cinturón, el niño la miró con una seriedad nueva, la de quien ha dormido sobre una noticia grande y ha despertado con ella ya digerida.

—Mami, ¿hoy es la reunión?

—A las cuatro.

—¿Vas a decir lo de mi papá?

—No lo sé todavía.

—Si lo dices, ¿me van a mirar raro?

—Quizás algunos.

—¿Y a ti?

—También.

—¿Te da miedo?

—Mucho.

—A mí no.

—¿No?

—Un poquito. Pero Sebastián dice que a su papá lo han visto llorar en una película de perros, y nadie lo mira raro.

Camila se rio, sorprendida, y el nudo del estómago se aflojó un punto. Arrancó el carro con una sensación extraña, mitad vértigo y mitad ligereza, pensando que había en la lógica de aquel niño una sabiduría de bolsillo que ningún libro de psicología había logrado enseñarle a ella.

La mañana en la oficina fue una sucesión de tareas hechas con medio cerebro. Marisol, de blanco y con un pañuelo de seda color mostaza, la interceptó junto a la fotocopiadora para informarle de que el cervecero había pedido reunirse con ella en persona.

—Quiere conocer a la autora de la soledad compartida.

—No soy la autora. Soy la que dijo que sonaba a seguros.

—Eso es lo que lo ha conmovido. Dice que la honestidad es un bien escaso.

—Tengo una vida llena de excepciones.

—Querida, eso no se lo cuentes.

—No pensaba hacerlo.

—Mejor. Los clientes aman la autenticidad, siempre que sea la aprobada.

Camila rio sin ganas y se refugió en su pantalla. A las doce y media, mientras fingía almorzar, recibió un mensaje de Joel.

Joel: Mamá me ha preguntado si Adrián tiene alergias.

Camila: ¿Por qué?

Joel: Para el menú del jueves. Está cocinando como si recibiera al presidente.

Camila: Dile que no tiene ninguna.

Joel: Ni al cilantro.

Camila: Ni al cilantro.

Joel: Qué conveniente. Tampoco a la verdad, supongo.

Camila miró la pantalla durante un largo rato. Tenía la sensación de que su hermano pequeño, con esa intuición suya de gato de azotea, acababa de lanzar una piedra a un pozo para medir la profundidad.

Camila: Joel. ¿Puedes venir el jueves una hora antes?

Joel: Para qué.

Camila: Para ayudarme.

Joel: ¿A qué?

Camila: A no desmayarme.

Joel: Mi especialidad.

Camila: Gracias.

Joel: Cami. ¿Qué vas a hacer?

Camila: Todavía no lo sé. Pero voy a hacer algo.

Joel: Entonces cuenta conmigo.

A las cuatro menos diez, Camila estaba sentada en la última fila del salón principal del colegio, junto a la ventana, con el bolso sobre las rodillas y la misma rigidez de quien espera un veredicto. Había unas treinta personas. Las sillas de plástico crujían, los abanicos de papel se agitaban en un vaivén perezoso, y un olor a tiza y a crayones recién abiertos flotaba en el aire caliente. En la pared del fondo, el mural de animales seguía mirándola con el jaguar de sombrero, que parecía haber ganado en burla desde la última vez.

—Camila.

Yamilet se dejó caer a su lado con su bolso verde y una sonrisa que, por una vez, llegaba tarde a la cara. Traía ojeras discretas y el pelo recogido con un lápiz.

—Hola.

—Qué cara.

—Es el calor.

—No es el calor.

—Es la semana.

—Eso es más creíble. —Se inclinó, bajando la voz—. Oye, ¿sabes lo del mural?

—Algo.

—Dicen que quieren poner nombre y profesión de los padres. Mi marido ya ha escrito bombero con una letra que parece un jeroglífico. Lo han visto los de la secretaría y dicen que lo van a pasar a limpio.

—Qué amable.

—Pero hay un detalle.

—¿Cuál?

—Que alguien ha pedido que se verifiquen los datos.

El corazón de Camila dio un golpe seco.

—¿Verificar?

—Por lo visto, una madre protestó porque su hijo dijo que su padre era astronauta, y el padre resultó ser contable.

—Qué escándalo.

—El director dice que es para evitar confusiones.

—Ya veo.

—No te asustes. Es una tontería.

—No me asusto.

—Te has puesto del color de la pared.

Camila se miró las manos. Eran, efectivamente, del tono exacto de la cal. Respiró hondo. Pensó que el momento había llegado sin avisar, con la puntualidad cruel de los acontecimientos que uno ha pospuesto, y que no tenía sentido seguir mirando las paredes en busca de una salida.

La maestra Karina entró a las cuatro en punto, con la carpeta bajo el brazo y una sonrisa algo más tensa de lo habitual. Detrás venía el director, un hombre grueso de bigote gris llamado don Evaristo, que tenía la costumbre de aclararse la garganta antes de cada frase, como quien afina un instrumento. Se colocó frente a las sillas, sacó unos papeles del bolsillo y empezó a hablar con voz de locutor de radio de pueblo.

—Estimados padres y madres, gracias por su asistencia. Como saben, la actividad del mural ha sido un éxito entre los niños. Sin embargo, hemos recibido algunas inquietudes. Se ha sugerido que cada dibujo incluya una dedicatoria con el nombre y la ocupación del familiar representado.




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