Los resultados de la búsqueda aparecieron en la pantalla con una rapidez que a Camila le pareció casi insultante, como si internet llevara años esperando a que ella tocara fondo para ofrecerle un catálogo de soluciones. Había anuncios de agencias de eventos, de actores de teatro que hacían animación para fiestas infantiles, de un tal Maestro Zacarías que aseguraba resolver cualquier problema sentimental con una vela morada y una foto del interesado, y de una academia que enseñaba a improvisar en público en doce semanas.
Camila se bebió lo que quedaba del vino, que ya estaba tibio, y empezó a leer con la seriedad de quien estudia un contrato de arrendamiento.
La primera página era de una agencia llamada Escenas Reales, con un logotipo de dos máscaras sonrientes. Prometía acompañantes profesionales para bodas, cenas de empresa y reuniones familiares. Camila hizo clic, leyó la lista de servicios y encontró, entre la opción de novio ficticio para ex celosa y la de invitado sorpresa para cumpleaños, un apartado titulado Padre de familia. El precio no aparecía por ningún lado, solo un botón que decía Solicita tu cotización personalizada.
—Cotización personalizada —repitió en voz alta—. Eso significa que cuesta un riñón.
Cerró la pestaña y abrió otra. La segunda agencia se llamaba Familia a Medida y tenía una fotografía de una pareja de modelos de catálogo abrazados en un jardín que no existía en ninguna parte del Caribe. Los precios sí eran visibles. La opción más económica costaba treinta mil pesos por una cena de tres horas, y debía reservarse con un mes de antelación y un depósito del cincuenta por ciento. Camila hizo la cuenta mental de su cuenta bancaria, recordó que todavía debía la cuota del seguro del carro y que Mateo necesitaba zapatos nuevos para el acto de fin de año, y soltó un gemido.
—Treinta mil pesos para que un desconocido me llame cariño delante de mi madre —murmuró—. Habría sido más barato casarme de verdad.
Entró en un foro de consejos donde alguien con el nombre de usuario Mamá_Cansada_82 contaba que había contratado a un amigo de un amigo para hacerse pasar por su esposo ante sus suegros. Los comentarios eran un festival de desastres. Una usuaria aseguraba que su falso marido se había emborrachado y había confesado todo en el brindis. Otra contaba que el suyo había terminado enamorándose de la cuñada. Un tercero, con una sinceridad que a Camila le pareció brutal, decía que lo mejor era no mentir nunca, y que si ya habías mentido, no empeorarlo con teatro.
Cerró también esa pestaña.
Eran casi las once. El apartamento seguía sumido en el silencio de la noche, solo interrumpido por el zumbido de la nevera y el ronroneo del ventilador de techo. Camila se levantó, fue hasta la habitación de Mateo y se asomó a la puerta. El niño dormía de lado, con un brazo colgando fuera de la cama y la boca ligeramente abierta, abrazado a un peluche de dinosaurio al que llamaba Señor Rexito y que tenía una oreja medio descosida. Camila sintió que algo se le ablandaba en el pecho, y volvió a la sala con una determinación renovada y una pizca de desesperación.
Se sirvió un segundo vaso de vino, aunque sabía que no era buena idea, y volvió al portátil.
Probó con otras palabras. Padre de alquiler. Papá por un día. Esposo temporal. Figurante familiar. Cada búsqueda la llevaba a rincones más extraños de la red, a páginas con diseño de los años dos mil, a perfiles de redes sociales con fotografías sospechosamente pulidas, a anuncios en los que alguien ofrecía sus servicios como mayordomo, como chofer, como novio de verano. En una de ellas encontró a un señor de cincuenta y tantos años, con bigote y camisa hawaiana, que se presentaba como Papá Profesional con veinte años de experiencia, y su foto era tan inquietante que Camila cerró la ventana de inmediato.
—No —dijo en voz alta—. Definitivamente no.
Se recostó contra el respaldo del sofá y se frotó los ojos. Un cansancio profundo le subió desde los pies, el cansancio de una semana larga y de un domingo peor. Pensó que quizás Rafael tenía razón en algo. Quizás había llegado el momento de contarlo todo. De sentarse ante su madre, tragarse el orgullo y explicarle lo ocurrido. Y entonces recordó la frase de la abuela Chela, tan seca y tan cierta, que decía que cada uno se defiende como puede.
Aquello no la ayudó. Solo la hizo sentirse más tonta.
Había una pestaña que todavía no había cerrado, la de una aplicación de compras en la que llevaba meses guardando cosas en el carrito sin decidirse a pagarlas. La abrió casi por inercia, buscando algo de consuelo en la contemplación de objetos baratos, que era una de sus formas favoritas de relajación. Allí estaba su carrito abandonado, con una lámpara en forma de luna, un organizador de cables, unas pantuflas de unicornio y un cargador portátil que prometía tres cargas completas. Pasó los dedos por la pantalla, distraída, y empezó a navegar por las ofertas relámpago, que parpadeaban con cuentas regresivas y descuentos que parecían una broma.
Cosas que Camila vio en los siguientes diez minutos: un cepillo para peinar perros con forma de guante, un sombrero con ventilador integrado, una máquina para hacer espuma de leche con forma de pato, un set de cuarenta cuchillas para cortar verduras en formas de flores, unas medias que tenían bolsillos en los dedos, un cojín con la forma de una tostada con cara y una caja de cartón con forma de gato que, por razones incomprensibles, tenía casi cinco mil reseñas favorables.
Y entonces, con la lentitud con que ocurren los grandes desastres, escribió en la barra de búsqueda de la aplicación, medio en broma, medio en delirio: papá.
La pantalla cargó. Salieron tazas con la frase Mejor papá del mundo, camisetas de Feliz Día del Padre, llaveros, corbatas, relojes, una colección entera de herramientas en miniatura para regalar a hombres que no necesitaban herramientas. Camila soltó una risa floja y repasó los resultados, divertida, hasta que algo en el fondo de la lista le llamó la atención.