La semana que siguió a la playa tuvo la textura de una resaca buena. Camila Almonte se despertaba cada mañana con la sensación de haber olvidado algo agradable, como quien sale de un sueño sin recordar de qué trataba pero con el cuerpo todavía tibio. Tardaba unos segundos en reconstruirlo: el cubo de plástico, el sombrero de paja, las empanadillas de Lucía, los dedos quitándole granos de arena de un pelo oscuro. Entonces se tapaba la cara con la almohada y soltaba un gemido corto, parecido al de una tetera que alcanza el punto de ebullición.
—Mami, ¿estás enferma?
—No, mi amor.
—Haces ruidos raros.
—Es mi forma de despertarme.
—Antes no la hacías.
—Antes estaba menos despierta.
Mateo, sentado a los pies de la cama con el cuaderno de tapas duras abierto sobre las rodillas, no se dejó convencer. Había adquirido en los últimos días una costumbre inquietante: observarla con el lápiz verde suspendido en el aire, como un detective que anota pruebas. Camila sospechaba que en alguna página de aquel cuaderno existía un expediente completo sobre su conducta reciente, con fechas, horas y ruidos.
El lunes, durante el desayuno, el niño anunció que había terminado el dibujo de la playa. Lo extendió sobre la mesa con ceremonia. Había un mar de un azul exagerado, un sol con lentes oscuros, una laguna con criaturas de arena y, en primer plano, cuatro figuras: un niño, una mujer, un hombre con un sombrero enorme y una mujer más pequeña de pelo recogido en una cola. Debajo, con su letra temblorosa, había escrito: EL DÍA DEL TIBURÓN QUE NO EXISTE.
—Es precioso.
—¿Te gusta cómo quedó el sombrero?
—Es idéntico.
—Lo hice grande porque tapa la cara. Así nadie sabe de quién es.
—Qué inteligente.
—Se lo voy a enseñar a la maestra Karina.
—Quizás mejor no.
—¿Por qué?
—Porque es un recuerdo especial. Hay cosas que se guardan en casa.
—¿Como los secretos?
—Como los secretos.
Mateo lo pensó con el ceño fruncido y asintió. Dobló el dibujo con cuidado, lo metió entre las páginas del cuaderno y lo cerró con un chasquido de satisfacción. Camila sintió un pequeño alivio, seguido de una punzada de culpa. Cada secreto que le enseñaba era una nueva piedra en la mochila de aquel niño, y aunque él la cargaba con una dignidad admirable, ella sabía que las mochilas, por mucho que se lleven con orgullo, terminan por pesar.
En la oficina, la semana empezó con un anuncio de Marisol que Camila recibió con la resignación de quien ya no se sorprende de nada. El casting para los vídeos de la cervecería comenzaría el miércoles, y se esperaban unas cuarenta personas dispuestas a hablar de su soledad delante de una cámara a cambio de un cheque de regalo y una caja de cervezas.
—¿Cuarenta? —preguntó Camila.
—Hay mucha demanda de soledad en este país.
—Eso suena a titular.
—Suena a oportunidad de mercado. —Marisol se apoyó en el borde del escritorio, con su vestido blanco y una taza de té de jengibre—. Tú te encargarás de entrevistarlos. Queremos historias reales, de las que duelen un poco.
—No sé si soy la persona adecuada.
—Querida, llevas semanas con una cara de persona que sabe cosas. Eso es exactamente lo que necesitamos.
—No sé de qué hablas.
—Lo sé. Por eso funciona.
El martes, al salir del trabajo, Camila se encontró en la cafetería de siempre sin saber muy bien cómo había llegado. Había dejado a Mateo con la señora Ofelia, que ya ni preguntaba y se limitaba a envolver una bolsa de café para el regreso, y había conducido con la certeza de que no había ensayo previsto, ni libreta que repasar, ni cuestión urgente que resolver. Simplemente quería verlo. Era una idea sencilla y aterradora, y la llevó consigo durante todo el trayecto como quien lleva una bandeja demasiado llena.
Leandro estaba en la mesa de la ventana, con las manos alrededor de una taza y el sombrero de paja sobre la silla contigua, como un tercer comensal. Al verla entrar levantó la cabeza, y su cara se iluminó con una sonrisa tan espontánea que Camila tuvo que detenerse un segundo en la puerta para recuperar el paso.
—No teníamos cita —dijo ella.
—No.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Por si venías.
—¿Y si no venía?
—Me tomaba el café solo.
—Qué plan tan melancólico.
—Es mi especialidad.
Se sentó frente a él. La camarera apareció con dos tazas y un plato de galletas, y Camila notó que había añadido, por primera vez, una porción de tarta de limón con dos tenedores. Levantó la vista hacia la mujer, que se encogió de hombros con una sonrisa inocente y se marchó con la dignidad de una cómplice profesional.
—Esto ya es sospechoso —murmuró Camila.
—Es una cafetería con jazz. Aquí pasan cosas.
—Aquí pasa una conspiración.
—Es una conspiración muy rica.
Partieron la tarta entre los dos, sin hablar demasiado. Fuera, la tarde se deshacía en una luz tibia y anaranjada. Dentro, un saxofón perezoso ocupaba el aire con frases largas. Camila le contó lo del casting, los cuarenta candidatos a la soledad pública, el cheque de regalo y la caja de cervezas. Leandro la escuchaba con la barbilla apoyada en la mano y una expresión de profundo interés, y cuando ella terminó, dijo con gravedad:
—Yo me presentaría.
—¿Al casting?
—Tengo una soledad excelente. De las que dan buena imagen en pantalla.
—No eres un hombre solitario.
—Lo era hasta hace unas semanas.
—Leandro.
—Es un dato objetivo.
—Un dato peligroso.
—Es lo que tienen los datos.
Ella bajó los ojos hacia la tarta, sintiendo que la cara se le calentaba. Había aprendido a distinguir sus propios sonrojos según la causa. Este era de los que tardaban en irse.
—Hablando de datos —dijo, para cambiar de tema—. Mi hermano Rafael me escribió ayer.
—¿Qué quería?
—Preguntó si podía pasar por mi apartamento el jueves. Dice que tiene algo que comentarme.