Hay momentos en la vida de una persona en los que el tiempo se comporta de manera extraña, estirándose como un chicle bajo el sol o encogiéndose hasta no dejar espacio para respirar. Camila Almonte descubrió, en aquella tarde de jueves, que existe un tercer tipo de tiempo, el más cruel de todos: el que avanza con normalidad absoluta mientras todo lo demás se desploma. El reloj de la cocina seguía marcando las cuatro y veinte. La lluvia seguía repiqueteando contra los cristales. La nevera seguía zumbando con su monotonía de siempre. Y sin embargo, un hombre desconocido estaba de pie en medio de su sala, mirando a su alrededor con las manos en los bolsillos de una chaqueta de cuero que goteaba sobre el piso de porcelanato.
—Bonito apartamento —dijo Leandro, con el tono de quien evalúa una propiedad en venta—. Pequeño, pero con carácter. Me gusta el sofá. Tiene pinta de haber sobrevivido a muchas cosas.
—Ha sobrevivido a un niño de cinco años. Es lo mismo.
—Eso explica la mancha de lo que parece ser jugo de uva.
—Es jugo de uva.
—Y las huellas de crayones en el brazo izquierdo.
—Esas son una obra de arte.
—Ya veo. —Se inclinó para examinarlas con fingida seriedad—. Periodo azul, quizás. O rojo. Es difícil de determinar.
Camila cerró la puerta tras él con más fuerza de la necesaria y se quedó un momento de espaldas, con la frente casi pegada a la madera, contando hasta diez como le habían enseñado en aquel video. Llegó al seis. Se rindió. Se dio la vuelta y lo encontró sentado en el sofá, con un pie apoyado sobre la rodilla contraria, estudiando la colección de portarretratos de la estantería con una expresión de curiosidad descarada.
—No te sientes —dijo ella.
—Ya me senté.
—Pues levántate.
—¿Por qué?
—Porque no te he invitado a sentarte.
—Me invitaste a pasar. Sentarse viene incluido en el paquete. Es como el pan con el café.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo. —Sonrió y se acomodó mejor contra el respaldo—. Además, llevo cuarenta minutos caminando bajo la lluvia, y la rodilla izquierda me está pasando factura.
Camila abrió la boca para replicar, pero se detuvo. Había algo en la manera en que lo dijo, un tono apenas perceptible de cansancio real bajo la capa de ironía, que la hizo dudar. Lo observó con más atención. La chaqueta estaba empapada en los hombros, el pelo le goteaba sobre la frente y las botas habían dejado un rastro de agua sucia sobre la alfombra de la entrada. Parecía, a pesar de su sonrisa de anuncio, un hombre que llevaba un día largo.
Suspiró.
—Espera aquí. No toques nada.
—Prometido.
—Y no hables con mi hijo.
—Ya hablé con él.
—Pues no hables más.
—Intentaré mantener mis encantos bajo control.
Camila entró en el pasillo con una mezcla de indignación y desconcierto, y se detuvo en la puerta del baño para respirar. Se miró al espejo y comprobó que tenía las mejillas encendidas, el moño a medio deshacer y una expresión de sonámbula. Abrió el grifo, se mojó la cara con agua fría y repitió en voz baja una frase que se le ocurrió de pronto, una especie de mantra desesperado: esto tiene solución, esto tiene solución, esto tiene solución.
Después abrió el armario del pasillo, sacó una toalla limpia, la más vieja y más fea de las que tenía, una verde descolorida con un pato bordado en una esquina, y volvió a la sala. Se la lanzó sin ceremonias y él la atrapó al vuelo con un reflejo sorprendente.
—Gracias, anfitriona. ¿Es de la colección de lujo?
—Es de la colección de las visitas indeseadas.
—Qué honor.
Mientras él se secaba el pelo con la toalla del pato, Camila fue a la cocina, donde Mateo, sentado a la mesa, seguía comiéndose las galletas con la concentración de un notario. La miró con los ojos muy abiertos.
—Mami, ¿es mi papá?
La pregunta le cayó como una piedra en el estómago. Se acercó, se arrodilló junto a su silla y le apartó un rizo de la frente.
—No, mi amor. Es un señor que ha venido a... a ayudarme con unas cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas de adultos.
—¿Cosas de la aduana?
—Algo así.
Mateo asintió, pero la miró con una duda profunda, la misma duda que ella le había visto cuando le explicaba que los Reyes Magos tenían un horario muy estricto y no podían dejar regalos fuera de fecha.
—Pero se parece a papá.
—¿A cuál papá?
—Al del dibujo.
Camila sintió que el aire se le quedaba atascado en los pulmones. Se volvió despacio hacia el pasillo y espió, a través de la rendija, al desconocido que seguía sentado en el sofá. Era alto. Tenía el pelo oscuro, casi negro. Llevaba una camiseta blanca. No tenía corbata roja ni casco amarillo, pero, con un poco de imaginación infantil, era imposible negar el parecido general con el hombre de crayones que su hijo había dibujado.
—Es solo un parecido —dijo, tratando de sonar tranquila—. Hay muchos hombres altos de pelo oscuro en el mundo.
—Pero este está en nuestra casa.
—Eso es una casualidad.
—¿Como cuando encontré una moneda en el parque?
—Exactamente como eso.
Mateo se terminó la galleta, se limpió las manos en el pantalón del colegio y, con la solemnidad de quien ha tomado una decisión trascendental, anunció:
—Voy a invitarlo a ver mi colección de dinosaurios.
—No, Mateo, espera...
Pero el niño ya había saltado de la silla y corría por el pasillo con la velocidad de un cohete. Camila se levantó de un salto y salió detrás de él, y cuando llegó a la sala, encontró a Mateo plantado frente al sofá, con las manos en las caderas.
—Señor Leandro —dijo con voz firme—, ¿le gustan los dinosaurios?
Leandro dejó caer la toalla sobre su regazo y miró al niño con una seriedad escrupulosa.
—Son mi segunda cosa favorita en el mundo.
—¿Y cuál es la primera?
—La pizza.
—¡La mía también!
—No me digas.
—Con mucho queso.