Alquilé un Papá en Temu

CAPÍTULO 13 El hermano que volvió

Hay silencios que se parecen a un vaso a punto de desbordarse: nadie se atreve a respirar fuerte por miedo a que el agua caiga. El que se instaló en el pasillo de la casa verde aquella noche era de esos. Leandro tenía la mano en el pomo de la puerta y no la soltaba, como si el pedazo de metal fuera lo único que lo mantenía en pie. Lucía se había llevado los dedos a la boca. Camila, un paso detrás de ambos, sentía el latido del corazón en las orejas y en la punta de los dedos, y tuvo la absurda certeza de que los veinticuatro barcos de pesca que colgaban de las paredes habían dejado de balancearse para escuchar.

El hombre del umbral, Esteban, no se movió. Tenía el pelo pegado a la frente por la llovizna y una gota le resbalaba por la sien hasta la barbilla sin que él hiciera nada por secarla. Era más delgado que su hermano, de hombros más estrechos, con las mismas manos largas y la misma manera de apretar los labios, pero había en su rostro una fatiga distinta, una fatiga de aeropuertos y de noches sin dormir en habitaciones ajenas. La mochila le colgaba del hombro con el aire de algo que se ha cargado demasiado tiempo.

—Esteban —dijo Lucía, en un hilo de voz.

—Hola, Lucy.

—Dijiste que llamarías antes.

—Lo sé. Pensé en llamar. Marqué el número tres veces desde la parada del autobús. —Esbozó una sonrisa torpe—. A la cuarta me quedé sin batería. Lo interpreté como una señal.

—¿De qué?

—De que ya no podía seguir dando vueltas.

Leandro seguía sin hablar. Miraba a su hermano como se mira una fotografía que uno creía perdida y que de pronto aparece dentro de un libro, más amarilla de lo que recordaba, pero inconfundible. Camila vio cómo le temblaba el músculo de la mandíbula y cómo los nudillos de la mano que sujetaba el pomo se le ponían blancos. Quiso decir algo, cualquier cosa, pero comprendió que cualquier palabra suya sería una intrusión, y se quedó callada.

—Puedo irme —dijo Esteban, con la vista baja—. Si quieres. Si no es el momento. Lo entenderé. Llevo cinco años esperando, puedo esperar otro rato.

—Cinco años y dos semanas —corrigió Leandro, con la voz rota.

—Lo sabías.

—Me lo dijeron los vecinos.

—Ah. —Esteban soltó una risa corta, sin alegría—. Qué vecinos tan eficientes.

—Aquí lo ven todo.

—Siempre fue así.

—Siempre.

Hubo otro silencio, más breve. Fue Lucía quien lo rompió, con un movimiento súbito, como quien no puede contenerse más. Pasó junto a Leandro, cruzó el umbral y se lanzó contra el pecho de su hermano pequeño con tanta fuerza que lo hizo retroceder un paso bajo la llovizna. Esteban dejó caer la mochila y la rodeó con los dos brazos, hundiendo la cara en su pelo, y Camila oyó un sollozo ahogado que no supo de cuál de los dos venía.

—Idiota —murmuró Lucía contra su camisa mojada—. Eres un idiota.

—Lo sé.

—Un idiota enorme.

—Lo sé, Lucy.

—Podrías haber escrito una carta.

—Escribí muchas.

—¿Dónde están?

—En una caja. En Miami. No tuve valor para enviarlas.

—Qué tontería.

—Es lo que tengo.

Leandro los miraba desde el pasillo, con la mano ya suelta del pomo y los brazos caídos a los lados. Camila notó que había dado un paso atrás, como si el espectáculo de aquel abrazo lo empujara fuera de su propia casa. Se acercó a él sin pensarlo y le rozó el codo con los dedos, apenas un contacto, un recordatorio de que no estaba solo. Él no la miró, pero inclinó el cuerpo un centímetro hacia ella.

—Pasa —dijo, al fin, con la voz de alguien que habla desde el fondo de un pozo—. Te vas a mojar.

—Ya estoy mojado.

—Más.

—No creo que sea posible.

—Pasa, Esteban.

El tono no era cálido, ni frío. Era el de un hombre que ha decidido abrir una puerta pero todavía no sabe si la va a dejar abierta. Esteban recogió la mochila, secó sus botas en el felpudo con una meticulosidad de niño bien educado y entró despacio, mirando a su alrededor con ojos de turista en su propia infancia. Los barcos de pesca lo recibieron uno a uno. Alzó la vista hacia el más grande, un óleo de una barca azul sobre un mar verdoso, y sonrió con una mueca a medias.

—Siguen aquí.

—Nunca se han ido.

—El del abuelo.

—El que más le gustaba.

—Se lo compró cuando nació papá.

—Eso decía.

—Nunca supe si era verdad.

—Ni yo.

Los dos se detuvieron un instante, mirando el cuadro, con las manos en los bolsillos, en una postura tan idéntica que Camila tuvo que apartar la vista para no sonreír. Era un parecido de fotocopia, de esos que dos hermanos adquieren sin saberlo y que se intensifican cuando están nerviosos.

En la sala, Lucía acomodó a Esteban en el sofá con una toalla sobre los hombros y le puso una taza de café entre las manos sin preguntar. Él la sostuvo con ambas, mirando el vapor, y durante unos minutos nadie dijo nada. Camila se quedó en el umbral de la cocina, sin saber si debía retirarse o permanecer. Fue Esteban quien levantó la vista, la encontró y frunció el ceño con una curiosidad cortés.

—Perdona, no nos han presentado.

—Soy Camila.

—Camila —repitió, saboreando el nombre—. ¿La de los sándwiches?

Lucía se atragantó con el aire. Leandro cerró los ojos. Camila sintió que le ardía la cara hasta las raíces del pelo.

—¿Cómo...?

—Lucy me lo contó por teléfono. Dijo que mi hermano por fin había encontrado a alguien que lo obligaba a comer.

—Esteban —dijo Leandro, entre dientes.

—¿Qué? Es una buena noticia.

—Es una información privada.

—Está en el pasillo, con un cuadro de barcos, en tu casa. Dudo que sea tan privada.

—Es una compañera de trabajo.

—Claro.

—Una colaboradora.

—Por supuesto.

—Una amiga.

—Qué bonito.

—Cállate.

—Me callo.

Esteban sonrió por primera vez con una sonrisa auténtica, ancha, una sonrisa de familia, y la tensión de la sala se aflojó un grado. Camila, con las mejillas todavía encendidas, hizo una pequeña reverencia ridícula y murmuró que era un placer. Esteban respondió que el placer era suyo y que lamentaba haber aparecido en un momento tan poco oportuno. Leandro, a su lado, lo miró con una mezcla de irritación y de ternura que le recordó a Camila la de Rafael con Joel.




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