La chaqueta de cuero pasó la noche colgada del respaldo de una silla de la cocina, y Camila Almonte tuvo la sensación, durante todo el desayuno, de que la prenda la observaba. No era una sensación racional. Era el tipo de pensamiento que a las seis y media de la mañana, con una sola taza de café en el cuerpo, resulta perfectamente razonable. La chaqueta estaba allí, con su cuello gastado y su olor a lluvia y a jabón barato, y cada vez que Camila pasaba cerca, le parecía que la tela se movía un milímetro, como un gato que finge dormir.
—Mami, ¿por qué hay una chaqueta de hombre en la cocina?
Mateo estaba de pie en el umbral, con el pelo hecho un revoltijo y el Señor Rexito colgando de la mano. Había aparecido sin ruido, que era su manera de entrar en las escenas importantes.
—Es de un amigo. La olvidó en casa de la abuela.
—Pero la trajiste tú.
—Para devolvérsela.
—¿Y cuándo se la devuelves?
—Cuando lo vea.
—¿Y cuándo lo ves?
—Mateo, el cereal se está poniendo blando.
—Los cereales no tienen sentimientos.
—Este sí. Es un cereal muy sensible.
El niño la miró con los ojos entornados, y Camila comprendió que había perdido otra ronda. Mateo se subió a su silla, se sirvió con la puntería de costumbre y comió en silencio durante un minuto entero, lo cual era un récord. Después, sin levantar la vista del tazón, dejó caer la frase como quien deja caer una moneda en un pozo.
—Huele a señor Leandro.
Camila se quedó con la cafetera a medio camino de la taza. Se obligó a terminar de servir. Se obligó a no mirar la chaqueta.
—No sé de qué hablas.
—Anoche la olí cuando fuiste al baño.
—¿Que hiciste qué?
—La olí. Huele a lluvia y a galleta.
—Las chaquetas no huelen a galleta.
—Esta sí.
Camila abrió la boca para discutir y descubrió que no tenía ninguna objeción sólida. Lo cierto era que, bajo el olor a papel viejo y a cuero, había en la prenda un rastro dulce, casi imperceptible, que ella misma había notado y que había decidido atribuir a la imaginación. Que su hijo, con la nariz sin prejuicios de los cinco años, hubiera llegado a la misma conclusión la inquietó más de lo que quiso admitir.
—Termina de comer —dijo.
—Ya terminé.
—Pues vístete.
—¿Puedo ponerme la chaqueta?
—No.
—Solo un poquito.
—No, Mateo.
—¿Por qué?
—Porque no es nuestra.
—Pero tú la tienes.
—Eso no significa que sea nuestra.
—Entonces, ¿de quién es?
—De un señor que la necesita.
Mateo asintió despacio, procesando aquello con una solemnidad que le arrugaba la frente. Después bajó de la silla, fue hasta la chaqueta, la tocó con la yema de dos dedos como quien comprueba la temperatura de una plancha y volvió a su habitación sin decir palabra. Camila lo siguió con la mirada, con una mezcla de ternura y de alarma.
En el carro, camino al colegio, el niño habló desde el asiento trasero con una voz neutra, de quien expone un asunto sin importancia.
—Hoy es la reunión de los papás.
—Lo sé.
—La maestra Karina dijo que van todos los papás.
—Y las mamás.
—Y los papás.
—Y los papás.
—¿El mío va a ir?
Camila apretó el volante. Había esperado la pregunta, la había ensayado durante la noche con distintas entonaciones, y aun así sintió que se le quedaba corta cualquier respuesta.
—Hoy voy yo, mi amor.
—Ya sé que vas tú. Pregunté por el otro.
—El otro está muy ocupado.
—Siempre está ocupado.
—Es un trabajo importante.
—¿Más importante que yo?
—Nada es más importante que tú.
—Entonces no está tan ocupado.
La lógica del niño era un cuchillo envuelto en terciopelo. Camila abrió la boca, la cerró, la abrió de nuevo. Por el espejo retrovisor vio que Mateo la miraba con una calma que no le correspondía, la calma de un adulto pequeño que acaba de apuntar una verdad incómoda y ya no necesita escuchar la respuesta.
—Hay cosas que los grandes no sabemos explicar —dijo al fin.
—Lo sé. Mamá Chela dice eso cuando no sabe qué contestar.
—Mamá Chela es una mujer muy sabia.
—Mamá Chela dice muchas cosas.
—Y casi todas tienen razón.
—Casi.
Lo dejó en la puerta con un beso más largo que de costumbre y la mirada pegada a su espalda hasta que desapareció tras el portón. Al volver a sentarse al volante, notó que le temblaban un poco las manos y se quedó un momento quieta, escuchando el ronroneo del motor. Pensó que había una diferencia enorme entre mentirle a una familia entera y mentirle a un solo niño, y que la segunda cosa era infinitamente más difícil, porque ese niño no pedía explicaciones con los puños apretados sino con los ojos.
La mañana en la oficina trajo una novedad inesperada. Marisol Quezada reunió al equipo a las diez para anunciar, con la solemnidad de quien comunica un descubrimiento científico, que la cervecería había aprobado la campaña de la soledad compartida.
—¡Lo aprobaron! —exclamó, dando una palmada—. Dicen que es audaz.
—Dicen que es triste —murmuró alguien.
—La audacia y la tristeza son primas hermanas.
—Marisol, ¿estamos vendiendo cerveza o antidepresivos?
—Estamos vendiendo compañía. —Se volvió hacia Camila con una sonrisa radiante—. Y tú, querida, tendrás el honor de presentar la propuesta al cliente el lunes.
Camila se enderezó en la silla.
—¿Yo?
—Tú fuiste la que dijo que sonaba a seguros de vida. Esa honestidad brutal es exactamente lo que necesitamos.
—No sé si eso es un cumplido.
—Todo lo que dices es un cumplido, querida. Solo que a veces tarda en llegar.
Pasó el resto de la mañana preparando diapositivas con una atención dividida. Cada vez que escribía la palabra compañía, se le iban los ojos hacia el teléfono, que descansaba boca abajo junto al teclado. No había mensajes. Habían acordado no escribirse hasta el sábado, por una de esas cláusulas informales que ninguno recordaba haber pronunciado, y Camila descubrió con fastidio que la ausencia se notaba más que cualquier presencia.