Alquilé un Papá en Temu

CAPÍTULO 9 El martes de las confesiones

El lunes fue un día de oficina, y Camila Almonte, que había aprendido a desconfiar de los días sin incidentes, lo atravesó con la sensación de caminar sobre una capa fina de hielo. La presentación de la cervecería salió mejor de lo que merecía. Marisol, con un vestido blanco de pliegues dramáticos, aplaudió dos veces al final con las manos muy juntas, como quien bendice una cosecha, y el cliente, un señor de bigote gris llamado don Aníbal, dijo que la soledad compartida le había hecho pensar en su difunta esposa y en un partido de dominó que perdió en 1994. Camila no supo si aquello era una buena o una mala señal para la campaña. Marisol aseguró que era la mejor señal posible.

—Querida, has hecho llorar a un cervecero. Eso no se enseña en ninguna universidad.

—No pretendía hacerlo llorar.

—Ese es el secreto. Las mejores obras nacen sin pretensión.

—Yo solo leí las diapositivas.

—Con alma.

—Con una taza de café frío y poco sueño.

—Con alma, Camila. Acepta el halago.

Lo aceptó, por cansancio más que por convicción, y volvió a su escritorio con la sensación de haber ganado una batalla en una guerra que no recordaba haber declarado. Durante el resto de la tarde, entre correos y llamadas, se sorprendió dos veces mirando el reloj de la pared, y una tercera revisando el teléfono, que permanecía mudo. Habían acordado no escribirse hasta el martes. Lo habían acordado sin decirlo, por esa clase de pacto tácito que ninguna de las dos partes se atrevía a nombrar, y Camila descubrió que el silencio acordado pesa mucho más que el silencio impuesto.

En casa, Mateo la esperaba en la mesa de la cocina con el cuaderno nuevo abierto y una expresión de enorme concentración. Había pasado la tarde con la señora Ofelia, que lo describió como un niño ejemplar y absolutamente incapaz de separarse de un lápiz de color verde.

—Mami, mira —dijo, sin levantar la vista—. Estoy dibujando la familia.

—¿Otra vez?

—Esta es distinta.

Camila se acercó. En la hoja había cuatro figuras trazadas con una paciencia que no solía tener. Un niño de rizos exagerados. Una mujer de pelo largo. Un tiranosaurio de peluche con una oreja torcida. Y, un poco separado de los demás, casi al borde del papel, un hombre alto de camisa azul que sostenía algo en la mano.

—¿Qué lleva en la mano?

—Un mango.

—¿Por qué un mango?

—Porque cuando el señor Leandro llegó con los mangos, tú te reíste.

Camila se quedó inmóvil. No recordaba haberse reído. Pensó en aquel jueves en la cafetería, en la bolsa de plástico negra sobre la mesa, en la discusión sobre la impuntualidad. Quizás había sonreído un poco al final. Quizás lo había hecho sin darse cuenta, y Mateo, con la memoria de los niños, que guarda lo pequeño y olvida lo grande, lo había archivado.

—No me acuerdo de haberme reído.

—Yo sí. Me lo contó la señora Ofelia. Dijo que volviste a casa con cara de mango.

—¿Con cara de mango?

—De feliz.

—Esa señora tiene mucha imaginación.

—Es muy sabia.

—Casi todos lo son.

Se sentó a su lado y miró el dibujo en silencio. No había casco amarillo. No había corbata roja. El hombre del borde del papel no tenía nombre, ni profesión, ni puentes que construir. Era solo un hombre con un mango, de pie junto a la familia, sin pertenecer del todo a ella, sin estar del todo fuera.

—Es muy bonito, mi amor.

—Todavía no lo termino.

—¿Qué falta?

—No sé. Algo.

—Cuando lo sepas, lo añades.

—¿Y si no lo sé?

—Entonces lo dejas así. Hay cosas que están bien sin terminar.

Mateo la miró con una duda profunda y luego asintió, despacio, como quien aprende un principio de física. Camila le besó la sien, se levantó y fue a preparar la cena con el ceño ligeramente fruncido, preguntándose cuándo había empezado a decir cosas sabias sin darse cuenta.

El martes llegó con un cielo cubierto y una brisa fresca que traía olor a tierra mojada, aunque no había llovido. Camila salió de la oficina a las seis y cuarto con un nudo en el estómago que intentó convencerse de que era hambre. Dejó a Mateo con la señora Ofelia, que a esas alturas ya no hacía preguntas y se limitaba a sonreír con una complicidad serena, y condujo hasta Grano y Hoja con la radio apagada y las manos firmes sobre el volante.

Llegó a las seis y veinticinco. Leandro ya estaba allí.

Estaba sentado en la mesa de siempre, pero esta vez no tenía la libreta pequeña ni el vaso de agua. Tenía las manos entrelazadas sobre la superficie de madera y la vista fija en un punto indefinido de la ventana. Llevaba una camisa gris, limpia pero arrugada, y la chaqueta de cuero colgada del respaldo. Cuando la vio, se enderezó, y ella notó que le temblaba un músculo en la mandíbula.

—Hola.

—Hola.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Qué?

—Un plato de arroz con huevo.

—¿A qué hora?

—A las cinco.

—Bien.

—¿Y tú?

—Una barra de cereal.

—Eso no cuenta.

—Es lo que había.

—Pide algo.

—No tengo hambre.

—Camila.

—Está bien.

La camarera, que ya los trataba como a viejos conocidos, se acercó con dos tazas de café y un plato de galletas sin que nadie dijera nada. Camila sonrió con cansancio y agradeció con un movimiento de cabeza. Esperó a que se alejara. Después, con las manos alrededor de la taza, miró a Leandro.

—Tú primero —dijo él.

—No. Tú. Dijiste que tenías algo que contarme.

—Es que lo tuyo es más urgente.

—No lo es.

—Tu tía Nelly te preguntó por un tal Gustavo.

—Lo sé.

—Y te asustaste.

—Me asusté.

—Entonces es urgente.

Camila bajó la vista hacia el café. Tenía la sensación de que, si hablaba, algo se rompería. Pero también tenía la certeza, cada vez más clara, de que callar tenía un precio que ya no podía pagar. Respiró hondo.

—Tía Nelly sabe que Adrián no existe.

Leandro no se movió.




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