La decisión de ir a la playa tardó tres días en tomarse y diez minutos en lamentarse. Camila Almonte la tomó el jueves por la noche, mientras fregaba los platos con una concentración exagerada, cuando comprendió que llevaba setenta y dos horas imaginando la arena, el cubo de plástico, la risa de Mateo, y que la imaginación, a esas alturas, ya había decidido por ella. Se secó las manos en el delantal, buscó el teléfono y escribió un mensaje breve que no corrigió ni una sola vez, lo cual, en su historial de comunicaciones con aquel hombre, constituía un hito.
Camila: Acepto lo de la playa. El domingo. Pero con condiciones.
La respuesta llegó antes de que terminara de secar el segundo vaso.
Leandro: Cuántas.
Camila: Todavía no sé. Las iré descubriendo.
Leandro: Qué método tan científico.
Camila: Es el único que tengo.
Leandro: Acepto. ¿A qué hora salimos?
Camila: A las ocho. Y ni se te ocurra llegar con mangos.
Leandro: Llegaré con sombrero.
Camila: ¿Qué sombrero?
Leandro: Uno que encontré. Es horrible. Te va a encantar.
Camila dejó el teléfono sobre la encimera y se quedó mirando la pared con una sonrisa que le duró más de lo conveniente. Después recordó la frase de su tía Nelly, la de los ojos, y la sonrisa se le quedó a medias, como un cuadro colgado torcido. Terminó de fregar.
El viernes y el sábado transcurrieron con la lentitud engañosa de los días previos a un acontecimiento. En la oficina, Marisol anunció que la cervecería quería ampliar la campaña con una serie de vídeos protagonizados por personas reales que hablaran de sus soledades, y que Camila, por haber sido la mente brillante detrás de la idea, coordinaría el casting. Camila protestó, alegó falta de experiencia, recordó que ella solo había dicho que sonaba a seguros de vida, y Marisol, con una mano en el corazón, respondió que los grandes descubrimientos siempre nacen de una crítica.
—Querida, tú no lo sabes, pero tienes un don.
—Tengo un don para meterme en problemas.
—Es lo mismo. Todos los genios empiezan así.
Pasó la tarde del sábado en un centro comercial, comprando protector solar, un cubo con tres palas, unas sandalias para Mateo que le quedaban grandes y una toalla con estampado de pulpos que el niño había señalado con un dedo reverente. Mientras hacía la fila de la caja, con los brazos cargados y un carrito que se resistía a avanzar recto, sonó el teléfono. Era Joel.
—Cami.
—Dime.
—Mamá dice que mañana tenemos misa y comida. ¿Vienes?
—No puedo. Tengo un compromiso.
—¿Qué compromiso?
—Uno.
—Eso no es un compromiso. Es una evasiva.
—Es un compromiso con Mateo.
—Los domingos son de mamá.
—Esta vez no.
—Cami.
—Joel.
—¿Es con Adrián?
La pregunta la dejó con el carrito a medio camino. Miró a su alrededor, como si alguien pudiera estar escuchando entre las góndolas de pañales.
—Es con Mateo.
—Con Mateo y con Adrián.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Se te nota en la voz.
—¿Qué se me nota?
—Que sonríes mientras mientes.
—No estoy sonriendo.
—Estás sonriendo. Te oigo.
—Eso no se oye.
—Se oye perfectamente. Es un sonido como de gato satisfecho.
Camila colgó sin despedirse. Pagó, cargó las bolsas y salió del centro comercial con las mejillas encendidas, jurándose que aquel hermano suyo merecía un castigo ejemplar, quizás un mes sin chistes o una semana sin café. Pero en el carro, mientras guardaba las compras en el maletero, descubrió que seguía sonriendo, y que lo hacía sin permiso.
El domingo amaneció con un cielo limpio y una brisa suave que traía olor a sal desde algún lugar lejano. Mateo estaba despierto desde las cinco y media. Había recorrido el apartamento entero con el cubo en una mano y el Señor Rexito en la otra, repitiendo en voz baja una lista de cosas necesarias: toalla, pala, galletas, agua, gorra, más galletas. Cuando Camila salió de su cuarto a las seis y cuarto, lo encontró sentado en la puerta con las sandalias puestas, un pie en cada lado equivocado.
—Mi amor, están al revés.
—Es para que se acostumbren.
—Se acostumbran mejor al derecho.
—Pues entonces las acomodo.
Se las cambió con la gravedad de un cirujano. Después, sentado en el suelo con los pies ya correctos, levantó la vista hacia ella con una expresión de profunda satisfacción.
—Mami, ¿hoy es un día especial?
—Es un día de playa.
—Pero con el señor Leandro.
—Con el señor Leandro.
—Entonces es especial.
—No todo lo que tiene al señor Leandro es especial.
—Casi todo.
Camila abrió la boca para discutir y comprendió que no tenía fuerzas ni argumentos. Fue a la cocina, preparó sándwiches con una eficiencia mecánica, llenó una nevera portátil con jugo y fruta y metió en una bolsa de tela una gorra, dos toallas, el protector solar y una novela que no pensaba leer. A las ocho menos cinco sonó el timbre. Tres golpes secos.
Abrió con el corazón desbocado. Leandro estaba en el rellano, con unos pantalones cortos de color caqui, una camiseta blanca de manga corta, unas sandalias de cuero gastadas y, sobre la cabeza, un sombrero de paja tan ancho y tan torcido que parecía haber sobrevivido a un naufragio. Tenía una bolsa de tela colgada del hombro y una expresión de solemnidad total.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Traigo el sombrero.
—Ya lo veo.
—Es horrible, ¿verdad?
—Es espantoso.
—Lo sabía. —Sonrió con orgullo—. Lo encontré en un cajón de mi madre. Era de mi abuelo.
—Tu abuelo tenía un gusto particular.
—Era pescador. Para él, el sombrero era una herramienta, no un adorno.
—Pues cumple su función. Se te ve muy poco la cara.
—Esa es la idea. Así nadie me reconoce.
—¿De quién huyes?
—De los mangos.
Camila soltó una carcajada que le salió sin control. Mateo, que había aparecido detrás de ella con el cubo en alto, se unió a la risa sin saber por qué, y durante unos segundos los tres se quedaron en la puerta riéndose como tontos, con el aire fresco de la mañana entrando por el pasillo. Fue una risa limpia, de las que se contagian y se prolongan y dejan un calor dulce en el pecho.