La pizza fue una ceremonia silenciosa. Camila y Mateo se sentaron en una mesa del fondo de la pizzería, bajo un ventilador que giraba con asma, y pidieron una grande de queso con una mitad de jamón. Mateo comió con una concentración devota, doblando cada porción por la mitad como le había enseñado alguien que ya no hacía falta nombrar, y de vez en cuando levantaba la vista hacia su madre con una expresión de examen, como quien comprueba que un objeto frágil sigue entero después de una caída.
—Mami, no te has comido tu parte.
—Estoy pensando.
—Se enfría.
—Ya lo sé.
—Cuando la pizza se enfría, el queso se pone triste.
—No quiero que el queso se ponga triste.
—Entonces come.
Obedeció. Masticó sin sentir el sabor, con la mente todavía en la acera de la zapatería, en las manos pequeñas secándole una mejilla, en la palabra aliviado pronunciada con la torpeza solemne de quien estrena un vocabulario. Había esperado que la verdad, al salir, hiciera un ruido enorme. Había imaginado llantos, preguntas desesperadas, un niño roto entre los brazos. En cambio había encontrado a un pequeño ingeniero que recibía la noticia con la serenidad de quien confirma un plano, y esa serenidad, lejos de tranquilizarla, le abría una pregunta nueva y vertiginosa: cuánto sabía de verdad aquel niño, y desde hacía cuánto.
—Mateo.
—Dime.
—¿Puedo preguntarte yo algo?
—Si me contestas después otra.
—Trato.
—Pregunta.
—¿Cómo supiste lo de la playa? Lo de que el señor Leandro no era tu papá.
Mateo masticó despacio, mirando el techo. Había aprendido ese gesto de ella, y Camila lo reconoció con un pequeño vuelco.
—Porque cuando un papá de verdad se equivoca, se pone nervioso. Y él no se puso nervioso.
—¿Cómo?
—Cuando Sebastián se cayó en el parque, su papá corrió como loco y se le cayeron las llaves. El señor Leandro, cuando yo me caí en el foso, se agachó muy tranquilo y me preguntó si quería un abrazo.
—Eso es ser buen amigo.
—Y buen papá. Pero los papás de verdad se asustan más porque son tuyos.
Camila no supo qué decir. Bajó los ojos hacia su porción de pizza, intacta, y sintió que algo le subía por la garganta, una mezcla de risa y llanto que reprimió con un largo trago de refresco. La lógica del niño tenía una limpieza de cristal. Era absurda y era exacta.
—Ahora me toca a mí —dijo Mateo.
—Adelante.
—¿El señor Leandro se va a ir?
La pregunta llegó sin aviso, con la misma calma. Camila dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque tú dijiste que estaba para ayudarte con unas cosas. Y si las cosas se arreglan, ya no hace falta.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Porque ya no es solo un ayudante.
—¿Entonces qué es?
—Es... —Se detuvo. Buscó las palabras con una prudencia de relojera—. Es una persona importante. Para ti. Y para mí.
—¿Como un amigo?
—Como un amigo muy especial.
—¿Como Yamilet y Sebastián?
—Un poco más.
Mateo asintió, satisfecho, y volvió a su pizza. Camila lo miró con una ternura que le dolía en las costillas. Pensó que los niños tienen una forma milagrosa de aceptar lo grande si se les entrega en trozos pequeños, y que quizás la tragedia de los adultos consistía en haber olvidado ese método.
Llegaron a casa a las ocho. Mateo estrenó sus zapatos azules en el pasillo, caminando de un extremo a otro con pasos de desfile, hasta que Camila lo convenció de que los dejara junto a la puerta para que descansaran. Lo bañó, le leyó un cuento sobre un dragón que no sabía volar y lo arropó entre los dinosaurios, con el Señor Rexito bajo el brazo y el cuaderno de tapas duras sobre la mesita. Cuando apagó la lámpara, el techo se llenó de estrellas fosforescentes, pálidas y suaves, como un mar pequeño suspendido sobre la cama.
—Mami.
—Dime.
—Gracias por decirme la verdad.
—No tienes que agradecerlo.
—Sí. Porque era difícil.
—Lo era.
—Pero lo hiciste.
—Lo hice.
—Entonces eres valiente.
—Estaba muerta de miedo.
—Eso es ser valiente. Lo dice el señor Leandro.
Camila se quedó un momento inmóvil, con la mano en el interruptor. Después sonrió en la penumbra, se inclinó y le besó la frente.
—Duérmete, mi vida.
—Buenas noches, mami.
—Buenas noches.
Cerró la puerta dejando una rendija de luz. En el pasillo se apoyó contra la pared y respiró hondo, una, dos, tres veces. El apartamento estaba en silencio, un silencio distinto al de otras noches, más ligero, como el de una casa donde han abierto una ventana después de mucho tiempo. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando el teléfono, que reposaba sobre la mesa junto a la libreta de condiciones, que había vuelto a sacar del cajón sin saber por qué.
Tenía que llamarlo. Lo sabía desde la acera de la zapatería. Pero cada vez que cogía el teléfono, algo le ataba los dedos, y se descubría pensando en lo que diría, en cómo lo diría, en qué cara pondría él al oírla. Le había prometido que esperaría. Le había pedido que esperara. Y ahora tenía que decirle que la mentira, por lo menos la más grande, había terminado sola, en una acera, entre zapatos azules y pizzas frías.
Escribió un mensaje. Lo borró. Escribió otro. Lo borró también. Finalmente, con la sensación de arrojarse a un río, lo hizo sin pensar.
Camila: ¿Puedes hablar?
La respuesta llegó en menos de un minuto.
Leandro: Siempre.
Camila: Es largo.
Leandro: Tengo toda la noche.
Camila: No. Mejor mañana. Es tarde.
Leandro: Camila.
Camila: Dime.
Leandro: Si me escribes a las nueve de la noche con un es largo, no voy a dormir de todas formas. Llámame.
Sonrió. Se llevó el teléfono a la oreja y marcó. Sonó una vez y él contestó, con la voz baja y ronca, la voz de alguien que ha estado esperando al otro lado de la línea con las manos apoyadas en una mesa.