El sábado llegó con un cielo despejado y un calor húmedo que se pegaba a la piel como una sábana mojada, y Camila Almonte lo recibió con la resignación de quien sabe que el día entero va a ser una prueba. Se despertó antes que el despertador, mirando el techo, repasando mentalmente una lista que no estaba escrita en ninguna libreta: la chaqueta, el regalo para su sobrina, el vestido, el peinado, la sonrisa que tendría que ponerse en la puerta y que no sabía si le saldría.
Había pasado la semana entera evitando pensar en la casa verde. Lo había logrado a ratos, en el trabajo, entre diapositivas y llamadas con la cervecería, pero en cuanto cerraba los ojos volvía a ver a la mujer de la bolsa de basura, con aquellos ojos del mismo verde grisáceo y aquel cansancio en los hombros. Se había repetido que no era asunto suyo. Se lo había repetido tantas veces que la frase había perdido todo significado, como una palabra que se dice hasta que suena a otro idioma.
—Mami —dijo Mateo desde la puerta, ya vestido, con una camisa de cuadros abotonada hasta arriba y el pelo mojado y peinado con una raya heroica—. Estoy listo.
—Son las ocho de la mañana.
—La fiesta es a las doce.
—Faltan cuatro horas.
—Quiero estar preparado.
—Para un cumpleaños.
—Para un cumpleaños importante.
—¿Por qué es importante?
—Porque va a ir el señor Leandro.
Camila se incorporó en la cama con un movimiento lento. Había dejado de sorprenderse hacía tiempo, pero la manera en que su hijo anunciaba las cosas, con tanta naturalidad, seguía produciéndole un pequeño vértigo.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie. Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque dijiste que le ibas a devolver la chaqueta. Y la chaqueta está en la cocina con una bolsa de regalo.
—Es una bolsa para protegerla.
—Es una bolsa con un lazo.
Camila cerró los ojos. Había, efectivamente, un lazo. Lo había añadido la noche anterior, en un impulso que ahora le parecía incomprensible, y que había justificado diciéndose que una prenda de cuero merecía un trato cuidadoso.
—Es por si llueve.
—Hoy no va a llover.
—Nunca se sabe.
—Mami.
—Dime.
—Estás roja.
—Es el calor.
—Son las ocho de la mañana.
—Es un calor muy temprano.
Mateo se encogió de hombros con una elegancia de diplomático retirado y salió de la habitación tarareando una melodía inventada. Camila se tapó la cara con la almohada y se quedó así un minuto entero, respirando contra la tela, maldiciendo con cariño la capacidad de observación de los niños de cinco años.
A las once y media, después de un desayuno apresurado, un intento fallido de domar sus propios rizos y tres cambios de vestido, salieron del apartamento con una bolsa de regalo para Priscila, un pastel de chocolate comprado en la panadería de la esquina y la bolsa con la chaqueta, que Camila llevaba colgada del brazo con la naturalidad forzada de quien transporta una bomba. Mateo cantaba en el asiento trasero. Ella conducía en silencio, con las ventanillas bajadas y el viento revolviéndole el pelo recién peinado.
En el cruce de Arroyo Hondo, el teléfono vibró en el soporte del tablero.
Leandro: Estoy en la esquina. ¿Te espero o entro?
Camila miró la pantalla de reojo. Respiró hondo.
Camila: Espérame. Entramos juntos.
Leandro: Entendido.
Camila: ¿Estás nervioso?
Leandro: Un poco.
Camila: Yo también.
Leandro: Eso me tranquiliza.
Camila: No debería.
Leandro: Pero lo hace.
Dejó el teléfono en su sitio con una sonrisa que no pudo contener. En el espejo retrovisor, Mateo la miraba con las cejas levantadas.
—Mami, ¿con quién hablas?
—Con una persona.
—¿Una persona alta?
—Una persona puntual.
—¿Es el señor Leandro?
—Es un asunto de adultos.
—Eso significa que sí.
Doblaron la esquina y lo vieron enseguida, de pie junto a un poste, con las manos en los bolsillos y una camisa blanca remangada hasta los codos. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, aunque un mechón rebelde le caía sobre la frente, y en los pies unos zapatos que, aunque viejos, brillaban como espejos. A su lado, apoyada contra el poste, había una bolsa de papel con el logotipo de una juguetería.
Camila aparcó junto a la acera, apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante.
—Mateo —dijo, sin volverse—. Quédate quieto.
—Estoy quieto.
—Más quieto.
—Los niños no se quedan más quietos.
—Hazme el favor.
Bajó del carro. Leandro se acercó con pasos tranquilos, con una sonrisa pequeña que no llegaba a ser del todo una sonrisa, y se detuvo a un metro, como si hubiera calculado la distancia exacta. Tenía ojeras de cansancio, pero los ojos verdes brillaban con una claridad cuidadosa.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Estás muy guapa.
—Eso incumple una norma.
—No hay norma sobre cumplidos.
—Debería haberla.
—Pues añádela.
—La añadiré.
—Hasta entonces, estás muy guapa.
Camila sintió que se le encendían las orejas. Para no responder, abrió la puerta trasera y desabrochó el cinturón de Mateo, que saltó del asiento con un grito de alegría y se abrazó a las piernas de Leandro con una fuerza que casi lo derriba.
—¡Señor Leandro!
—¡Hola, campeón!
—¿Trajiste algo?
—Mateo —advirtió Camila.
—Solo es una pregunta.
—Es una pregunta interesada.
—Traje un regalo para la cumpleañera —dijo Leandro, alzando la bolsa—. Y una cosa para ti, pero la abrimos después.
—¿Qué es?
—Si te lo digo, pierde la gracia.
—¿Es un dinosaurio?
—Podría ser.
—¿Es un diplodocus?
—Un braquiosaurio.
—¡Es lo mismo!
—Para ti sí.
Camila los miró con los brazos cruzados. Era imposible no sentirse conmovida, y era imposible no sentirse alarmada. Había una grieta que ensanchaba un poco más cada día, y ella no tenía ni idea de cómo cerrarla.