El miércoles por la mañana, Camila Almonte descubrió que cocinar para un hombre al que uno ha escrito pendiente en un formulario escolar es una empresa que exige logística militar. Había hecho una lista, por supuesto, aunque se había prometido que no habría más listas. La lista tenía seis puntos, de los cuales cinco eran comida y uno decía, con letra apretada: no ponerse nerviosa. Lo había subrayado dos veces, lo cual, como medida preventiva, resultaba más bien un síntoma.
—Mami, ¿por qué estás hablando con el pollo?
—No estoy hablando con el pollo.
—Le dijiste que se portara bien.
—Fue una expresión.
—Está muerto, mami.
—Por eso mismo. Es un pollo muy tranquilo.
Mateo, sentado en la mesa de la cocina con el cuaderno abierto y el lápiz verde detrás de la oreja, la observaba con la paciencia de un inspector sanitario. Se había levantado más temprano que de costumbre y había exigido participar en los preparativos con el argumento de que el señor Leandro era un invitado importante y que los invitados importantes merecían una decoración. Camila había accedido, sin sospechar la magnitud del compromiso. A las diez de la mañana, la mesa del comedor estaba cubierta de papeles de colores, tijeras de punta redonda y un pegamento que se había derramado sobre un mantel de plástico con una elocuencia pegajosa.
—¿Qué es eso que estás recortando?
—Un dinosaurio.
—¿Para qué?
—Para el centro de mesa.
—¿Y por qué tiene tres cabezas?
—Es un dinosaurio muy listo.
—Parece una hidra.
—¿Qué es una hidra?
—Un monstruo mitológico con muchas cabezas.
—Entonces es una hidra. Pero amable.
Camila cerró los ojos un instante para no reírse. Trabajaba aquel día desde casa, gracias a una excusa de migraña que Marisol había aceptado con una comprensión sospechosamente cómplice, y había decidido emplear la mañana en lo que ella llamaba, para no admitir la verdad, organización doméstica. En realidad llevaba tres horas limpiando superficies que ya estaban limpias, ordenando estanterías que ya estaban ordenadas, y moviendo un jarrón de la mesa al aparador y del aparador a la mesa con la determinación de una escultora indecisa.
A las doce, sonó el teléfono. Era su madre.
—Camila, hija.
—Hola, mamá.
—¿Estás ocupada?
—Un poco.
—Quería preguntarte una cosa sobre el jueves.
El corazón le dio un tirón. Se limpió las manos en el delantal y salió al pasillo, bajando la voz.
—Dime.
—Estaba pensando en los entrantes. ¿Crees que a Adrián le gustan las croquetas?
—Mamá.
—Es una pregunta sencilla.
—Le gusta todo.
—Eso dicen los hombres educados. Pero nunca es verdad.
—Es de buen comer.
—Se le nota. —Una pausa—. ¿Va a venir contigo?
—Iremos cada uno en su carro.
—¿Por qué?
—Porque saldrá del trabajo.
—Ah. —Otra pausa, más larga—. Camila.
—Dime.
—¿Estás bien?
La pregunta la desarmó. Había en la voz de su madre una suavidad que no era la de los interrogatorios, sino otra, más antigua, la de las noches de fiebre y los helados de vainilla. Camila se apoyó contra la pared y miró el techo.
—Estoy bien, mamá.
—No me lo parece.
—Estoy cansada.
—No es solo cansancio.
—No.
—¿Quieres que hablemos?
—Después del jueves.
—¿Por qué después?
—Porque quiero tenerlo todo claro antes. Y quiero decírtelo bien.
Doña Dolores guardó silencio. Camila oyó su respiración, el ruido de una cuchara contra una olla, un reloj de pared que marcaba segundos con la terquedad de siempre.
—Hija —dijo al fin—. Sea lo que sea, te quiero.
—Lo sé.
—Desde antes de que nacieras.
—Lo sé, mamá.
—Y no hay nada que puedas contarme que cambie eso.
—Gracias.
—Come bien. Descansa. Y no te agobies con las croquetas.
—No me agobio.
—Mentirosa.
Camila rio, con los ojos húmedos, y colgó con una sensación extraña, como si le hubieran puesto una manta tibia sobre los hombros y quitado, al mismo tiempo, un peso de las costillas. Volvió al comedor. Mateo había terminado el dinosaurio de tres cabezas y lo había colocado en el centro de la mesa con una solemnidad de escultor. La hidra amable miraba al techo con una mueca de estupor perpetuo.
—¿Te gusta?
—Es perfecto.
—Hoy va a venir mi amigo.
—Lo sé.
—Voy a ponerme camisa.
—Muy bien.
—Y los zapatos azules.
—Excelente.
—¿Y tú qué te vas a poner?
Camila se quedó inmóvil con una tijera en la mano. No había pensado en ello. O mejor dicho, había pensado en ello cuarenta y siete veces en las últimas veinticuatro horas, y las cuarenta y siete había descartado la respuesta.
—No lo sé.
—¿El vestido verde?
—Quizás.
—Te queda bonito.
—¿Cómo sabes que me queda bonito?
—Porque el día de la fiesta el señor Leandro te miró mucho.
—Mateo.
—Es verdad.
—Eso no lo debes decir.
—¿Por qué?
—Porque... —Se detuvo—. Porque no es de buena educación comentar cómo mira la gente.
—Entonces ¿por qué mira?
—No lo sé. Pregúntale a él.
—Lo haré.
—No lo hagas.
—Está bien.
—No hables de esto con él.
—Está bien, mami.
—Prométemelo.
—Prometido. —Alzó la mano con ceremonia—. Pero igual lo pienso.
Camila soltó un suspiro largo y volvió a su lista. Tachó dos puntos. Añadió otro: comprar velas. Lo tachó. Pensó que las velas eran una exageración. Lo volvió a escribir.
A las cinco ya había terminado casi todo. El pollo estaba en el horno, con un adobo de ajo y orégano que había preparado con una devoción casi religiosa. El arroz esperaba en una olla tapada. La ensalada, lavada y escurrida, descansaba en un bol de cristal con un paño encima. Mateo, bañado y vestido con una camisa blanca que le quedaba pequeña en los hombros, desfilaba por el pasillo con los zapatos azules, vigilando la puerta cada tres minutos con la ansiedad de un guardia de palacio.